sábado, 14 de mayo de 2016

Héctor Azar

Portada de la Revista de la Universidad de México (2012)

Recuerdo al dramaturgo atlixquensito Héctor Azar como un ejercicio en contra de los que se duelen sin estar lastimados, esos que para reconocer a alguien, debe estar muerto. Me refiero al que conmemora una vez y deja de hacerlo, y al que insiste en ver en el artista a una diva, como el político que se proyecta de esa manera y “compite” con él, suponiéndole un ego sobredimensionado que no le permite reconocerlo en vida.
Arturo


por: HÉCTOR ESTRADA CASAS


Arturo:
Tiene razón el dramaturgo poblano Marco Polo Rodríguez al decir que no se trata solo de recordar a Héctor Azar poniendo en escena sus obras teatrales, sino haciendo saber quién fue. Así que comienzo por ahí, con la referencia que de él hace el CADAC Coyoacán:

Héctor Azar nació en Atlixco, Puebla, en octubre de 1930. Dramaturgo, director de escena, formador de actores, promotor teatral y cultural, escritor y maestro. En pocas palabras, un Zoon Theatrykón, animal teatral, como él mismo se definía.

Héctor Azar es una presencia insustituible en el teatro y la cultura nacional. Recorrió incansable los escenarios del teatro y la cultura de nuestro país durante más de cincuenta años para dejar su huella imborrable: como director llevó a escena más de un centenar de obras teatrales; como dramaturgo nos legó obras como La Appassionata, El Alfarero, Inmaculada, Olímpica, La higiene de los placeres y los dolores, y Diálogos de la clase medium, entre otras. Como promotor teatral, el teatro mexicano le debe la creación de instituciones como Teatro en Coapa, el Centro Universitario de Teatro, la Compañía de Teatro Universitario, la Compañía Nacional de Teatro, el Foro Isabelino y el Centro de Arte Dramático, CADAC.

Recibió el Primer Premio del Festival Mundial de Teatro Universitario en Nancy, Francia, como director del Departamento de Teatro de la UNAM; el premio Xavier Villaurrutia al teatro estudiantil en cuatro ocasiones; las Palmas Académicas que otorga el gobierno francés; el Premio Universidad Nacional Autónoma de México 1987; la medalla Nezahualcoyotl de la Sociedad de Escritores de México; la Orden del Cedro de la República de El Líbano; la medalla Sánchez Duarte de la República Dominicana; el Doctorado Honoris Causa de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, entre otras distinciones. Fue miembro del Seminario de Cultura Mexicana, de la Academia Mexicana de la Lengua, de la Sociedad de Geografía y Estadística de México, de la Academia Nacional de Arquitectura. Dirigió el Departamento de Teatro de la UNAM y el del INBA y fue Secretario de Cultura del Estado de Puebla.

Las Jornadas Alarconianas

Héctor Azar fue uno de los fundadores de las Jornadas Alarconianas, que también en el mes de mayo se realizan en Taxco, Guerrero, y fue en el desaparecido CADAC Atlixco (hoy oficinas del DIF municipal), donde él y José Francisco Ruiz Massieu, gobernador del estado de Guerrero, pulieron la idea de crear este festival para el teatro internacional.

Las Jornadas Alarconianas se instituyeron por decreto en 1987, con el objetivo de reconocer las aportaciones del dramaturgo oriundo de Taxco Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, de quien por cierto el gobernador de Puebla, Mariano Piña Olaya develó, a propuesta de Héctor Azar, el busto que hoy se encuentra en la Plazuela del Ahuehuete de Atlixquito.

Este Festival realza la importancia de las puestas en escena, especialmente del Siglo de Oro Español, del cual Juan Ruiz de Alarcón es uno de los más grandes representantes, por lo que su nombre está inscrito al lado de poetas de la talla de Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo; de dramaturgos como Lope de Vega, Tirso de Molina y Pedro Calderón de la Barca, y de novelistas como Miguel de Cervantes Saavedra.

La ciudad natal de Juan Ruiz de Alarcón, hace propicio que la festividad cultural guerrerense se instituyera en la Ciudad Teatro, como se le conoce a Taxco desde 2003, por sus calles, construcciones y rincones que la hacen parecer una gran escenografía colonial.

Entonces Taxco se convierte cada año en el lugar donde se encuentran el siglo XVI y la modernidad, para rendir tan merecido homenaje.

Pero te decía: Las primeras Jornadas Alarconianas estuvieron organizadas por el maestro Héctor Azar, y desde entonces se estableció también la entrega del Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el gobierno del estado de Guerrero.

Este premio lo han recibido Antonio Caballero Caballero, Sergio Magaña, Luis G. Basurto, Rafael Solana, Vicente Leñero, José Agustín y Elena Garro, entre otros.

Lo privado, lo oficial; coincidir

En una entrevista que le hizo la Jornada de Oriente, el 29 de septiembre de 1999, Héctor Azar declaró que toda su labor de promoción y difusión teatral culmina en lo que es su “primer proyecto privado”: el Centro de Arte Dramático (CADAC).

Azar recordó que motivado por Ángel María Garibay y Rosario Castellanos, “ante las lamentaciones que yo les hacía a causa de las presiones que tenía como funcionario, me dijeron: cuando seas capaz de romper el cordón umbilical de papá gobierno y de mamá universidad, y pongas tu propio centro de trabajo, tendrás que sentirte mejor”.

Arturo, cito esta declaración para abusar con el paréntesis:

Hallo coincidencia en esa declaración porque son palabras muy similares a las que alguna vez me dijeron amigos para sugerirme no seguir como funcionario del ayuntamiento de Atlixquito por segunda ocasión. Sin embargo acepté y luego de colaborar con Salvador Escobedo lo hice con José Luis Galeazzi, después con Felipe Velázquez y finalmente con Manuel Vargas Martínez.

En ese entonces no hice caso porque para poder sobrevivir en Atlixquito sólo me quedaba el periodismo escrito en Encuentro, y la verdad —que me perdone esta noble empresa la desconfianza alimentada también por el desinterés de otros sectores y las fuertes demandas familiares—, tuve temor de atender la recomendación de amigos y seguir viviendo, como hasta ahora, con el propósito aplazable de que la mejor profesión del mundo me tendrá algún día de tiempo completo y con la suficiencia que me permita seguir respirando al menos, y sin pedir más porque siento que lo que cargo es la culpa de deberle todavía mucho al periodismo.

A lo que voy es a que Héctor Azar, a partir de la Teoría CADAC comenzó a manejar insistentemente las palabras “independiente” y “privado”, para que cualquier liga gubernamental dejara de inhibir la creación artística de una u otra manera.

Entiendo lo que sintió cuando sus amigos le sugirieron buscar su independencia, y el hecho de que en aquella entrevista lo haya mencionado me hace suponer que guardó silencio y que la idea la llevó a la cama para robarle el sueño. Igual estoy convencido de que estaba cierto de haber escuchado una verdad de quienes lo apreciaban, de quienes vivían esperando más de él.

Sin embargo volvió al gobierno para desempeñarse como secretario de Cultura con Manuel Bartlett, solo que para entonces la Teoría CADAC ya era una institución privada, propiedad de la familia de Héctor Azar Barbar, y en estas circunstancias las instituciones oficiales o privadas participaban ahora con subsidios eventuales que le encargaban programas culturales a esta institución.

Azar encontró la fórmula, la que le funcionó; la halló en 1975, y yo todavía no sé si estoy a punto o no de aceptar lo que tengo claro: el periodismo en la mayoría de los casos es proveedor del gobierno, es decir, va por el subsidio para quedarle solo el atrevimiento de intentar la verdad.

Colérico

En el cine teatro del centro vacacional de Metepec, Héctor Azar esperaba al gobernador Marino Piña Olaya. Quería que presenciara el arranque de un simposium internacional sobre Atlixquito y su entorno, pero el gobernador se había entretenido en un recorrido que tenía que ver con la próxima pavimentación de la carretera Metepec-San Baltazar Atlimeyaya. Azar estaba molesto por la espera de más de una hora, y cuando se le informó que no llegaría, el dramaturgo hizo gala de su carácter iracundo y no pudo contenerse al momento de poner en marcha los trabajos. Tomó el micrófono y no omitió la falta de seriedad de los gobernantes, aunque en la espera ya había echado pestes mientras impaciente iba de un lado a otro. El “qué poca madre” que le escuché, sin ser su intensión compartirlo (lo dijo silencioso) lo soltó recargando la cabeza en el muro de la entrada del cine teatro, con los ojos inyectados y mirando al techo, con las manos atrás y los pies cruzados. Era la furia contenida de quien había sido burlado por la autoridad local, eclipsándole la presencia del gobernador con otra actividad.

Arturo, muchos aquí recuerdan casos que tuvieron que ver con la ira expresa de Héctor Azar. Cuando alguien habla de él, le es inevitable referir la facilidad con la que le venía el enojo. Por eso esto que te cuento lo termino con lo que escribió Alejandro Aura, y que publicó el 4 de junio de 2007:

Desconcierto ante la
muerte de Héctor Azar

O sea que también el ogro era mortal.
El que nos inspiraba tanto miedo,
ante el que no nos atrevíamos a hacer
circular la sangre por el rostro,
el que nos apabullaba con
su gesto de autoridad
–una vez, en el 68, afuera del
Foro Isabelino, se subió a un camión
de agentes judiciales que habían
retenido a unos de nosotros
y con sólo su solemne magistratura
sometió a los guaruras
y rescató a los nuestros–,
pero resultó mortal.
Yo creía que era un roble, uno de esos
árboles duros que no se caen,
pero veo, con el azoro de la noticia, que todos somos de condición igual.
El que me decía poeta con una gentileza contradictoria
que lo emocionaba, que le daba luz,
que apuntaba deudas impagables
de réditos irascibles que
trastornaban su sueño,
resultó mortal, contra todo lo que yo
hubiera previsto.
Qué me queda. De qué puedo vanagloriarme.

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