![]() |
| Portada de la Revista de la Universidad de México (2012) |
Recuerdo al dramaturgo atlixquensito Héctor Azar como un ejercicio en contra de los que se duelen sin estar
lastimados, esos que para
reconocer a alguien, debe estar muerto. Me
refiero al que conmemora
una vez y deja de hacerlo, y al que insiste
en ver en el artista a una diva, como
el político que se proyecta de esa manera y “compite” con él, suponiéndole un ego sobredimensionado que no le permite reconocerlo en vida.
Arturo
por: HÉCTOR ESTRADA CASAS
Arturo:
Tiene
razón el dramaturgo poblano Marco Polo Rodríguez al decir que no se trata solo
de recordar a Héctor Azar poniendo en escena sus obras teatrales, sino haciendo
saber quién fue. Así que comienzo por ahí, con la referencia que de él hace el
CADAC Coyoacán:
Héctor Azar nació en
Atlixco, Puebla, en octubre de 1930. Dramaturgo, director de escena, formador
de actores, promotor teatral y cultural, escritor y maestro. En pocas palabras,
un Zoon Theatrykón, animal teatral,
como él mismo se definía.
Héctor Azar es una
presencia insustituible en el teatro y la cultura nacional. Recorrió incansable
los escenarios del teatro y la cultura de nuestro país durante más de cincuenta
años para dejar su huella imborrable: como director llevó a escena más de un
centenar de obras teatrales; como dramaturgo nos legó obras como La
Appassionata, El Alfarero, Inmaculada, Olímpica, La higiene de los placeres y
los dolores, y Diálogos de la clase medium, entre otras. Como promotor teatral,
el teatro mexicano le debe la creación de instituciones como Teatro en Coapa,
el Centro Universitario de Teatro, la Compañía de Teatro Universitario, la
Compañía Nacional de Teatro, el Foro Isabelino y el Centro de Arte Dramático,
CADAC.
Recibió el Primer
Premio del Festival Mundial de Teatro Universitario en Nancy, Francia, como
director del Departamento de Teatro de la UNAM; el premio Xavier Villaurrutia
al teatro estudiantil en cuatro ocasiones; las Palmas Académicas que otorga el
gobierno francés; el Premio Universidad Nacional Autónoma de México 1987; la
medalla Nezahualcoyotl de la Sociedad de Escritores de México; la Orden del
Cedro de la República de El Líbano; la medalla Sánchez Duarte de la República
Dominicana; el Doctorado Honoris Causa de la Benemérita Universidad Autónoma de
Puebla, entre otras distinciones. Fue miembro del Seminario de Cultura
Mexicana, de la Academia Mexicana de la Lengua, de la Sociedad de Geografía y
Estadística de México, de la Academia Nacional de Arquitectura. Dirigió el
Departamento de Teatro de la UNAM y el del INBA y fue Secretario de Cultura del
Estado de Puebla.
Las Jornadas Alarconianas
Héctor Azar fue uno de
los fundadores de las Jornadas Alarconianas, que
también en el mes de mayo se realizan en Taxco, Guerrero, y fue en el
desaparecido CADAC Atlixco (hoy oficinas del DIF municipal), donde él
y
José Francisco Ruiz Massieu, gobernador del estado de Guerrero, pulieron la
idea de crear este festival para el teatro internacional.
Las Jornadas
Alarconianas se instituyeron por decreto en 1987, con el objetivo de reconocer
las aportaciones del dramaturgo oriundo de Taxco Don Juan Ruiz de Alarcón y
Mendoza, de quien por cierto el gobernador de Puebla, Mariano Piña Olaya
develó, a propuesta de Héctor Azar, el busto que hoy se encuentra en la
Plazuela del Ahuehuete de Atlixquito.
Este Festival realza la
importancia de las puestas en escena, especialmente del Siglo de Oro Español,
del cual Juan Ruiz de Alarcón es uno de los más grandes representantes, por lo
que su nombre está inscrito al lado de poetas de la talla de Garcilaso de la
Vega, Fray Luis de León, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo; de dramaturgos
como Lope de Vega, Tirso de Molina y Pedro Calderón de la Barca, y de
novelistas como Miguel de Cervantes Saavedra.
La ciudad natal de Juan
Ruiz de Alarcón, hace propicio que la festividad cultural guerrerense se
instituyera en la Ciudad Teatro,
como se le conoce a Taxco desde 2003, por sus
calles, construcciones y rincones que la hacen
parecer una gran escenografía colonial.
Entonces Taxco se
convierte cada año en el lugar donde se encuentran el siglo
XVI y la modernidad, para rendir tan merecido homenaje.
Pero
te decía: Las
primeras Jornadas Alarconianas estuvieron organizadas por el maestro Héctor
Azar, y desde entonces se estableció también la entrega del Premio Nacional de
Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas
Artes (INBA) y el gobierno del estado de Guerrero.
Este premio lo han
recibido Antonio Caballero Caballero, Sergio Magaña, Luis G. Basurto, Rafael
Solana, Vicente Leñero, José Agustín y Elena Garro,
entre otros.
Lo privado, lo oficial; coincidir
En una entrevista que
le hizo la Jornada de Oriente, el 29
de septiembre de 1999, Héctor Azar declaró que toda su labor de promoción y
difusión teatral culmina en lo que es su “primer proyecto privado”: el Centro
de Arte Dramático (CADAC).
Azar recordó que
motivado por Ángel María Garibay y Rosario Castellanos, “ante las lamentaciones
que yo les hacía a causa de las presiones que tenía como funcionario, me
dijeron: cuando seas capaz de romper el cordón umbilical de papá gobierno y de
mamá universidad, y pongas tu propio centro de trabajo, tendrás que sentirte
mejor”.
Arturo,
cito esta declaración para abusar con el paréntesis:
Hallo coincidencia en
esa declaración porque son palabras muy similares a las que alguna vez
me dijeron amigos para sugerirme no seguir como funcionario del ayuntamiento de
Atlixquito por segunda ocasión. Sin embargo acepté y luego de colaborar con
Salvador Escobedo lo hice con José Luis Galeazzi, después con Felipe Velázquez
y finalmente con Manuel Vargas Martínez.
En ese entonces no hice
caso porque para poder sobrevivir en Atlixquito sólo me quedaba el periodismo
escrito en Encuentro, y la verdad —que me
perdone esta noble empresa la desconfianza alimentada también por el desinterés
de otros sectores y las fuertes demandas familiares—, tuve temor de atender la
recomendación de amigos y seguir viviendo, como hasta ahora, con el propósito
aplazable de que la mejor profesión del mundo me tendrá algún día de tiempo
completo y con la suficiencia que me permita seguir respirando al menos, y sin
pedir más porque siento que lo que cargo es la culpa de deberle todavía mucho
al
periodismo.
A lo que voy es a que
Héctor Azar, a partir de la Teoría CADAC comenzó a manejar insistentemente las
palabras “independiente” y “privado”, para que cualquier liga gubernamental dejara
de inhibir la creación artística de una u otra manera.
Entiendo lo que
sintió cuando sus amigos le sugirieron buscar su independencia, y el hecho de
que en aquella entrevista lo haya mencionado me hace suponer que
guardó silencio y que la idea la llevó a la cama para robarle el sueño. Igual
estoy convencido de que estaba cierto de haber escuchado una verdad de quienes
lo apreciaban, de quienes vivían esperando más de él.
Sin
embargo volvió
al gobierno para desempeñarse como secretario de Cultura con Manuel
Bartlett, solo que para entonces “la Teoría
CADAC ya era una institución privada, propiedad de la familia de Héctor Azar
Barbar, y en estas circunstancias las instituciones oficiales o privadas
participaban ahora con subsidios eventuales que le encargaban programas
culturales a esta institución”.
Azar encontró la
fórmula, la que le funcionó; la halló en 1975, y yo todavía no sé si estoy a
punto o no de aceptar lo que tengo claro: el periodismo en la
mayoría de los casos es proveedor del gobierno, es decir, va por el subsidio para
quedarle solo el atrevimiento de intentar la verdad.
Colérico
En
el cine teatro del centro vacacional de Metepec, Héctor Azar esperaba al
gobernador Marino Piña Olaya. Quería que presenciara el
arranque de un simposium internacional sobre Atlixquito y su entorno, pero el
gobernador se había entretenido en un recorrido que tenía que ver con la
próxima pavimentación de la carretera Metepec-San Baltazar Atlimeyaya. Azar
estaba molesto por la espera de más de una hora, y cuando se le informó que no
llegaría, el dramaturgo hizo gala de su carácter iracundo y no pudo contenerse
al momento de poner en marcha los trabajos. Tomó el
micrófono y no omitió la falta de seriedad de los gobernantes,
aunque en la espera ya había echado pestes mientras impaciente iba de un lado a
otro. El “qué poca madre” que le escuché, sin ser su intensión compartirlo (lo
dijo silencioso) lo soltó recargando la cabeza en el muro de la entrada del
cine teatro, con los ojos inyectados y mirando al techo, con las manos atrás y
los pies cruzados. Era la furia contenida de quien había sido burlado por la
autoridad local, eclipsándole la presencia del gobernador con otra actividad.
Arturo, muchos aquí
recuerdan casos que tuvieron que ver con la ira expresa de Héctor Azar. Cuando
alguien habla de él, le es inevitable referir la facilidad con la que le
venía el enojo. Por eso esto que te cuento lo termino
con lo que escribió Alejandro Aura, y
que publicó el
4 de junio de 2007:
Desconcierto ante la
muerte de Héctor Azar
O sea que también el
ogro era mortal.
El que nos inspiraba
tanto miedo,
ante el que no nos
atrevíamos a hacer
circular la sangre por
el rostro,
el que nos apabullaba
con
su gesto de autoridad
–una vez, en el 68,
afuera del
Foro Isabelino, se
subió a un camión
de agentes judiciales
que habían
retenido a unos de
nosotros
y con sólo su solemne
magistratura
sometió a los guaruras
y rescató a los
nuestros–,
pero resultó mortal.
Yo creía que era un
roble, uno de esos
árboles duros que no se
caen,
pero veo, con el azoro
de la noticia, que todos somos de condición igual.
El que me decía poeta
con una gentileza contradictoria
que lo emocionaba, que
le daba luz,
que apuntaba deudas
impagables
de réditos irascibles
que
trastornaban su sueño,
resultó mortal, contra
todo lo que yo
hubiera previsto.
Qué me queda. De qué
puedo vanagloriarme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario