domingo, 29 de mayo de 2016

Mis aguacates, que



Arturo:

En 1911, un investigador norteamericano de nombre Carlos Schmith descubrió en Atlixquito un árbol de aguacate de la variedad fuerte del que sacó unas púas para propagarlas primero en California y después en el resto del mundo.

Ese árbol lo encontró en la casa de Don Alejandro Leblanc, hoy conocida como la Casa del Aguacate, ubicada en la calle 3 Poniente No. 1102, calle que por cierto se llamó primero Las Uvas y Buenrostro después.

La casa de Alejandro Leblanc (Casa del Aguacate)
Cabe decir que diversos investigadores, incluido el Dr. Popenoe del Departamento Americano de Agricultura, se habían dedicado por mucho tiempo a buscar entre las variedades de aguacate que se hallaban en América Latina, llevando púas de árboles sin obtener resultados, hasta que Carlos Schmith pudo reproducir en California la que llevó de la casa de Alejandro Leblanc, con lo que la variedad de Atlixquito se convirtió en la apropiada para reproducirse primero en Estados Unidos y después a nivel mundial.


27 años después

El éxito que Carlos Schmith tuvo en la prolongada y escrupulosa búsqueda, se vio reflejado en ingresos millonarios dentro del mercado californiano, gracias al típico sabor a mantequilla que caracteriza al fruto atlixquensito, por lo que la Sociedad Californiana de Aguacateros visitó Atlixquito en 1938 (27 años después del hallazgo de Carlos Schmith) para mostrar su agradecimiento por tan grande aportación de nuestra parte, colocando una placa conmemorativa al pie del árbol del que se sacaron las púas.
En la primera visita (1938) que hizo la Sociedad
Californiana del Aguacate para rendir homenaje
al Aguacate Padre. Aquí en el Puente de
Las Ánimas (Puente de Altavista). Foto:
"Atlixco: un siglo fotográfico", de Ricardo
Pérez Quitt.

Pero déjame decirte que aquella visita para la colocación de esa placa, fue un acto sin precedentes en nuestra región, pues se le dio tanta importancia que 38 días antes el entonces alcalde de Atlixquito, Gabriel Cuevas, lanzó a los ciudadanos atlixquensitos una “proclamación” también de inusitadas instrucciones y que cualquier gobernante de hoy no se atrevería hacer:

“Que adornen y pinten el frente de sus casas, reparen las banquetas que están en malas condiciones, que quiten del pavimento objetos y piedras que obstruyan, que el sábado 17 de abril, a las 9:30 hrs. la ciudad esté bien limpia y que el frente de cada casa esté adornada con los colores nacionales y con los colores de la bandera de Estados Unidos; todos los comercios sin excepción deberán cerrar a las 9 de la mañana; que todos se preparen para dar una calurosa bienvenida a los visitantes, y que todos, en la medida de sus posibilidades, contribuyan a sufragar los gastos que origine la recepción de la organización”.

El acto se realizó el 17 de abril de 1938 con la presencia del gobernador Maximino Ávila Camacho. Los atlixquensitos respondieron y presenciaron la develación de la placa en la casa de Alejandro Leblanc, donde Gabriel Cuevas narró una breve historia del hecho, recordando que “desde 1856 se estaba intentando introducir en California alguna variedad de aguacate”.

Pronóstico adelantado

Fachada Casa del Aguacate
El trayecto para llegar a Atlixquito a la celebración del 17 de abril de 1938, fue para la sociedad californiana una verdadera excursión, recordó el superintendente del Departamento Promocional de Ferrocarriles Nacionales de México, quien publicó que la excursión estaba compuesta por alrededor de 125 personas, y se adelantó a pronosticar que “para Atlixco sería un acto de grandes consecuencias porque era a favor de una futura gran producción mundial del fruto”.

Y así fue, lo que hizo que la Sociedad de Aguacateros Californianos colocara en 1948, en el zócalo de Atlixquito, otra placa conmemorativa y plantó un hijo de aquel árbol del que Schmith sacó las púas en 1911 en la casa de los Leblanc.


80 años después

Hace 25 años (1991), es decir, después de 80 años del hallazgo de Carlos Schmith, dos importantes razones trajeron a nuestra ciudad a investigadores y productores de aguacate de diez países: conocer lo que aquí se hacía para combatir enfermedades en este cultivo y recordar los pormenores sobre el legado que Atlixquito hizo a la producción mundial del aguacate de la variedad fuerte.
En el zócalo, el hijo del Aguacate Padre.


Era el 8 de abril de 1991 y el presidente municipal José Domínguez González dio la bienvenida a productores de Estados Unidos, Chile, Australia, África, España, Colombia, Perú, Israel, China, Japón y México.

Se colocaron al pie de la placa y del árbol en el zócalo, y ahí José Domínguez, tras hacer una breve reseña del Aguacate Padre que tanto prestigio nos dio, terminó su intervención diciendo: “Solo me resta hacer patente reconocimiento y un grato recuerdo al señor Alejandro Leblanc, propietario del árbol origen de esta variedad, y a Carlos Schmith, promotor del aguacate variedad del fuerte de California”.

Esta visita se hizo rumbo al segundo congreso mundial a realizarse ese año en California, e incluyó visitar nuevamente la casa de Alejandro Leblanc, donde también en una ceremonia los congresistas plantaron, junto a la placa colocada en 1938, un arbolito de la misma variedad, es decir, en el mismo lugar en el que se encontraba el Aguacate Padre, el cual, se dijo ese día, murió por la enfermedad conocida como tristeza del aguacate.

El nuevo arbolito que se plantó esa ocasión era integrado por un patrón llamado G-755, o Martín Grande, que es una colección de Guatemala resistente a esa enfermedad.
En el zócalo, el hijo del
Aguacate Padre.

La familia Leblanc

Los Leblanc es una familia de franceses que llegó a Atlixquito por ahí de 1850. Hasta principios del nuevo siglo (2000) se registraban seis generaciones y en todas hay un Alejandro.

El primer Alejandro que llegó a Atlixquito fue con el fin de fundar el molino de trigo de El Volcán. Este primer Alejandro era Leblanc Dumont. La segunda generación fue Leblanc Martin, la tercera Leblanc Dion, la cuarta Leblanc Smith, la quinta Leblanc Lezama, y para 1991 era un niño de 2 o 3 años de edad, de nombre Alejandro Leblanc Bermudez, siendo las familias Guyot Leblanc y Leblanc Lezama las que participaron en lo que ha sido hasta ahora la última visita de la Sociedad Californiana de Aguacateros.

Hilda Guyot Leblanc dijo ese día:

“Mi abuelo era dueño de esta casa cuando Carlos Schmith nos visitó y cuando la Sociedad Californiana de Aguacateros regresó en 1938. Ya no vivía mi abuelo, él murió en 1926. En 1938 vivía el abuelo de mi sobrino, Alejandro Leblanc Smith, quien donó las púas a principios de siglo (1911), y esta casa nos quedó como un recuerdo a ellos. Les damos las gracias porque vinieron aquí a testimoniar o dar una muestra de gratitud por lo que les ha producido el aguacate en California. Muchas gracias.”

Y Alejandro Leblanc Lezama expresó:
Vista desde el interior de
la Casa del Aguacate.

“Distinguidos representantes de la sociedad de California del aguacate, a nombre del gobierno del estado, de la ciudad de Atlixco, de la familia Leblanc y de todos los aquí presentes, les doy la más cordial y afectuosa bienvenida, agradeciéndoles su honrosa visita a la casa de mi bisabuelo Alejandro Leblanc Smith, quien donó las púas a principios de siglo del famoso árbol del aguacate padre, hoy conocido como aguacate fuerte cuyo fruto ha sido reconocido por su calidad en todo el mundo. Para mí ha sido un orgullo recibirlos nuevamente en este lugar, como lo hiciera mi bisabuelo hace 53 años”.

El Colegio de Postgraduados

Después de la ceremonia en nuestro zócalo y de la visita a la casa de los Leblanc (la Casa del Aguacate), los congresistas se trasladaron a la huerta Las Bugambilias, donde el Colegio de Postgraduados explicó el manejo para combatir enfermedades en el cultivo del fruto, como son la tristeza del aguacate, la araña roja y el barrenador de tronco y ramas.

La huerta Las Bugambilias era un espacio de investigación del Colegio de Postgraduados, el cual tenía otras cinco áreas para transferencia de tecnología que se encontraban en Lomas de Temaxcalapa y en las colonias Valle Sur, Cabrera, Soto y Gama y El Tronconal.

Esta institución realizaba estudios en Atlixquito desde 1979 con proyectos recientes, y sobre transferencia inició en 1988, persiguiendo tres objetivos: transferir la tecnología generada por la investigación hacia productores e instituciones, diseñar un método de transferencia y retroalimentar la investigación.
Martín Grande en interior
Casa del Aguacate.

México, primer productor del mundo

El año pasado, Benjamín Grayeb Ruiz, presidente del Consejo Nacional Agropecuario dijo que “México es productor global monstruo de aguacate” con más del 50 por ciento de la producción mundial. Este sitio también se dimensionó en aquella histórica visita de aguacateros que hicieron diez países a Atlixquito en 1991, año en el que nuestro país, con 30 por ciento de la producción global, ya se colocaba como el primer productor del planeta.

Este dato en aquella ocasión lo proporcionó Eulogio De la Cruz, investigador del Programa de Estudios Genéticos del Aguacate, al informar que a nivel nacional en variedades mejoradas, Atlixquito todavía ocupaba en 1991 “un lugar importante en la producción, teniendo el primer lugar Michoacán, el segundo Puebla y el tercero el Estado de México”.   

En el palacio municipal

Terminados los trabajos en el huerto Las Bugambilias, los congresistas se trasladaron al palacio municipal, donde se sirvió helado… ¿de qué crees? Exacto.

Placa en el interior Casa del Aguacate
Ahí entrevisté algunos y se me informó que en Colombia la producción todavía era incipiente, que apenas estaban empezando con las variedades mejoradas y con muchos problemas, sin investigación y con insectos que perforan el tallo y la fruta; que producían 70 mil toneladas al año pero de aguacate criollo, y que algunos cultivaban las variedades hass y fuerte en lo alto de las montañas, pensando en la exportación.

Chile me dijo que era el segundo consumidor de aguacate después de México con 40 mil toneladas anuales en 5 y 6 mil hectáreas de superficie, consumiéndose en ese país el 80 por ciento y exportando el resto a Argentina y un poco a Estados Unidos, y que tenían las variedades sudano, hass y fuerte, orientando la producción al mercado europeo.

Perú me comentó que para ellos también era una industria incipiente pero con magnífico potencial futuro, principalmente en la costa peruana, y que producía para consumo local.

Y España me contó que para ellos aumentaba la importancia del aguacate, por lo que habían entrado al mercado común europeo, toda vez que en Europa era poco conocido; que sus cultivos los tenían en 900 hectáreas de Málaga y de las Islas Canarias, pues el clima les permitía el cultivo solo en el sur de ese país (…) y que “desde principios de siglo hubo una gran emigración a Cuba, trayendo de allá el aguacate, y hará como diez años que se empezó con el cultivo”.
Placa en fachada Casa del Aguacate.


Arturo, debes observar por ejemplo que hasta 1991, Atlixquito destinaba 900 hectáreas al cultivo del aguacate, según información del Centro de Apoyo al Desarrollo Rural, cuando con la misma superficie en España el fruto aun no era reconocido por sus habitantes.

En fin, el tiempo pasó y es hasta 2002 cuando la SAGARPA, con el atlixquensito Rubén López Hidalgo en la delegación de Puebla, retomó el tema con trabajos de evaluación rumbo a la implementación de alternativas que reactiven el cultivo en el estado.

Y es que Puebla había iniciado el nuevo milenio con una superficie estimada de 2 mil 300 hectáreas y una producción de 12 mil toneladas, cuando en el pasado tuvo hasta 4 mil hectáreas con alrededor de 20 mil toneladas, colocándose entre los cuatro estados más importantes en la producción de aguacate.

Placa en el zócalo.
Y tampoco debes perder de vista que nuestros aguacateros de hoy, aunque con la variedad hass, con 700 hectáreas de cultivo están por alcanzar la superficie que Atlixquito tuvo en 1991. Asimismo es importante decir que nuestros productores, dentro de sus trabajos de promoción, el año pasado llevaron a cabo lo que para ellos fue la primera feria del aguacate, y que en lo personal me significa dar continuidad a ese primer ejercicio de feria del aguacate que muchos siguen recordando y que se realizó por única vez en 1976, en el ex cuartel (ex convento del Carmen), organizado por el Club Rotario Atlixco que entonces encabezaba Don Julián Torres y Pineda, nombre que por cierto hoy lleva el palenque del recinto ferial, por representar quizá el primer impulso a la creación de una feria en Atlixquito, tema que en su momento pediré nos cuente Don Julio Gallardo D´ Martini.

Un pasaje

Por ahí de 1987, un grupo de atlixquensitos veinteañeros decidió organizar una fiesta anual para premiar al mejor amigo (a), a la mejor pareja, a los más fiesteros, a los mejor vestidos, a los más populares…, premios que hacían referencia a la película del año. Por ejemplo, para la más guapa el premio fue alguna vez Pretty Woman… Para esto se levantaban encuestas en el zócalo y en algunas cafeterías, y el conteo, para causar expectación, se realizaba en secreto, avisando la nominación pero no para qué premio.

Esta fiesta se hizo desde el primer año en el salón social de la familia Urdaibay, superando expectativas, por lo que se tuvo que controlar la admisión por invitación. Se había convertido en la fiesta más esperada y a la que los mayores ahora querían asistir, originando se agregaran premios: el mejor matrimonio, la señora más elegante, el empresario del año…
Fachada Casa del Aguacate.

Las ganancias que generó fueron para beneficio social con entregas en especie. Así, el primer año se entregó un televisor y un reproductor VHS a los niños del Ipoderac, lo mismo que distintos apoyos a los ancianos del asilo San Juan de Dios y a campesinos de diferentes comunidades.

Era entonces un Atlixquito sin discotecas, lo que complicaba a los organizadores el montaje de escenografias, shows con luces e incluso fuegos artificiales, motocicletas en la pista, modelos, fonomímicas y todo lo que se le ocurría principalmente a José Miguel Villarroel. En años posteriores, las discotecas que fueron apareciendo se disputaban la realización de la fiesta en sus locales.

Esta fiesta se hizo durante 12 años, hasta 1999, año en que José Miguel Villarroel se fue a vivir a Madrid, España. Y es que todo este tiempo la encabezó José Miguel, apoyado por un equipo que se movía: en el primer año con Corina Uranga, Adriana y Araceli Guzmán, "Chefo" Morán, Chucho Ponce, Felix Galdeano y Erica Montoya, siendo esta última quien lo apoyó a partir del segundo año. Y más adelante se sumaron otros como Felice Minutti y Carlos Diaz-Brito.

Pero ahora lo más importante: Para esta fiesta de gala el premio era "El Aguacate", como referencia al producto agrícola por excelencia en aquel momento en Atlixquito. La presea fue el primer año de papel maché, después fueron unos trofeos de madera que en seguida se convirtieron en unos de metacrilato.

Arturo, yo agregaría al cultivo de las flores y al mejor clima del mundo, al aguacate como otro de nuestros símbolos representativos, pues como puedes ver, entre otros justificantes de peso, pudo aparecer por ejemplo en la disertación de jóvenes e imponerse en la definición de un elemento emblemático para un ejercicio de convivencia.

Por eso hoy y siempre, primero mis aguacates, qué. +


domingo, 15 de mayo de 2016

CADAC*PUEBLA



Arturo:

Héctor Azar conocía las descalificaciones de las que fue objeto con la creación de cada CADAC. Las citó también en un breve artículo que aquí te comparto, con el fin de que conozcas por él mismo las dificultades que vivió con la fundación de estos espacios en México, promotores de la actividad teatral y forjadores de artistas reconocidos.

Este artículo, fechado el 2 de febrero de 1992, está hecho en máquina de escribir.

Aquí el artículo:




CADAC*PUEBLA

por: HÉCTOR AZAR


Volver a decir Cadac sin caer en el lugar común de la emoción compartida; contener la fuerza de su palindroma —Cadac— y dejar al nombre propio pendiente lo mismo de una nube que reposando en la infinitud de un escenario siempre lleno de gente joven.

El 2 de febrero de 1975 se pronunció Cadac en voz alta por primera vez: en el aula Ángel María Garibay que da al patio Rosario Castellanos de Cadac*Coyoacán, su primer aposento, restaurada la sórdida ruina refugio de pícaros y malandrines coyohuaques que tenían asolado el rumbo. Ese día, su fundador atropelló un breve discurso rodeado de María del Carmen Millán, de Gloria Bravo Ahuja, de Catalina Sierra, Amalia Hernández, Manolo Fábregas, López Mancera, Sergio Bustamante, Carlos Ancira, Eloísa Gottdiener, María del Carmen Farías, Martha Ofelia Galindo, Selma Beraud...

Comenzaba a configurarse y se hacía tangible una sola expectativa formulada como pregunta de la incertidumbre en el arte: ¿se podrá sostener, en México, un taller teatral que sea libre e independiente lo mismo del Estado que de cualquier otro organismo público o privado? Las respuestas llegaron con el viento de ese febrero loco: —Eso no dura tres meses... —Se lo regaló el Presidente como premio a lo del 68... —Es un canalla, ese inmueble estaba destinado para casa de cuna de los pobres... —Su voracidad no tiene límites y atenta contra la salud pública...

Como primera reacción desalentadora, Cadac obtuvo del medio la renovada antropofagia que ha acompañado fatalmente la carrera de su fundador.

Pero a 17 años de distancia de esa fecha, el tiempo y los hechos transcurridos se vuelven presente indicador al inaugurar Cadac  —el 28 de febrero de 1992— una nueva instalación, en el muy noble e histórico Barrio de El Alto, centro cordial motoliniano de la tantas veces heroica Ciudad de Puebla. 1975-1992.

A los 13 años de establecido Cadac*Coyoacán, 1985, se construyó Cadac*Atlixco en el solar natal de su fundador. Con el Cadac*Atlixco, el dramaturgo cerraba un ciclo iniciado en su propia infancia tras de un improvisado teatrino de títeres. Los coterráneos comentaron entonces, ante el desconcierto de ver levantarse un teatro en los Solares Chicos de ese prodigioso lugar: —¿Cómo es posible que venga a construir un teatro en este lugar. —¿Por qué no lo hizo en el mero centro? –Tú no entiendes, a lo mejor es para otra cosa (o casa), lo que va a funcionar aquí... — Dicen que ahí cultiva la mota con la que se inspira y de su trafique saca la tantísima lana que tiene... —Yo lo conocí de árabe despatriado... —Viene a enajenar a sus coterráneos con sus payasadas... —Cuidado, está trayendo a muchos comunistas...

Instalado con la emoción del reencuentro con la tierra natal, el Cadac*Atlixco fue posible merced a la conquista primera del mercado internacional, a través de la adquisición de los derechos de traducción al francés y al alemán de la obra Olímpica. Se planeó el Cadac*Atlixco como un lugar de recaptura de lo cultural atliscense, fuente primaria de la que bebió el dramaturgo autor de tantas obras en las que Atlixco vibra como un punto de la patria merecedor de destinos superiores. Su funcionamiento es mediante coloquios estacionales, a los que asisten muchedumbre de jóvenes junto con aquellos coterráneos dispuestos a entablar el diálogo con el autor, sin equívocos, suspicacias ni inseguridades.

1988. *Cadac-Coyoacán participó de la crisis generalizada y estuvo a punto de cerrar sus puertas, de no ser por el Gobierno de Guerrero que le encarga la organización de las Jornadas Alarconianas. Eso le permite a Cadac proseguir sus actividades, así como conocer al gobernador Ruiz Massieu y proponerle el establecimiento del Cadac*Taxco, el que llegaría a inaugurarse en mayo de 1989, como dependencia y propiedad del Instituto Guerrerense de Cultura. Aquí, los desplazamientos localistas no tardaron en llegar: —¿Por qué un poblano viene a organizar este festival? —¿Qué no hay algún guerrense que pueda hacerlo? —Me plagió el título, eso de jornadas es mío... —Es un corrupto, un dramaturgo corrupto..., se ha venido a enriquecer... Quedó escrito.

En 1992 —y ante una propuesta de colaboración que se sumó a la parvada—, se presenta Cadac*Puebla de un íntimo deseo de hacer teatro en ese punto motoliniano y zaragozino del estado natal. Aún sin inaugurarse, dos que tres poblanadas de rigor (sic) nutren mi curriculum de por sí escuálido de besos... : —¡Qué bueno que te está ayudando tanto el gobierno. — No cabe duda, tú si te sabes acomodar... —No me digas que tú has hecho todo esto dedicándote al teatro... —Ese doctorado, ya sabes a quién se lo debes...

Y la pluma corre sin asomo de rubor, siempre excenta de compasión así como de resentimiento, pues el Cadac*Puebla se acoge al abrigo y al amparo de sus hermanos mayores fortalecidos en el afecto de tanta y tanta gente nueva que, desde el principio, creyó en Cadac. +


Para saber más de la situación actual de los CADAC, checa la entrevista que al respecto se le hizo a Carlos Azar el 22 de mayo de 2015.

http://culturacolectiva.com/40-anos-del-centro-de-arte-dramatico-c-entrevista-carlos-azar/

sábado, 14 de mayo de 2016

Héctor Azar

Portada de la Revista de la Universidad de México (2012)

Recuerdo al dramaturgo atlixquensito Héctor Azar como un ejercicio en contra de los que se duelen sin estar lastimados, esos que para reconocer a alguien, debe estar muerto. Me refiero al que conmemora una vez y deja de hacerlo, y al que insiste en ver en el artista a una diva, como el político que se proyecta de esa manera y “compite” con él, suponiéndole un ego sobredimensionado que no le permite reconocerlo en vida.
Arturo


por: HÉCTOR ESTRADA CASAS


Arturo:
Tiene razón el dramaturgo poblano Marco Polo Rodríguez al decir que no se trata solo de recordar a Héctor Azar poniendo en escena sus obras teatrales, sino haciendo saber quién fue. Así que comienzo por ahí, con la referencia que de él hace el CADAC Coyoacán:

Héctor Azar nació en Atlixco, Puebla, en octubre de 1930. Dramaturgo, director de escena, formador de actores, promotor teatral y cultural, escritor y maestro. En pocas palabras, un Zoon Theatrykón, animal teatral, como él mismo se definía.

Héctor Azar es una presencia insustituible en el teatro y la cultura nacional. Recorrió incansable los escenarios del teatro y la cultura de nuestro país durante más de cincuenta años para dejar su huella imborrable: como director llevó a escena más de un centenar de obras teatrales; como dramaturgo nos legó obras como La Appassionata, El Alfarero, Inmaculada, Olímpica, La higiene de los placeres y los dolores, y Diálogos de la clase medium, entre otras. Como promotor teatral, el teatro mexicano le debe la creación de instituciones como Teatro en Coapa, el Centro Universitario de Teatro, la Compañía de Teatro Universitario, la Compañía Nacional de Teatro, el Foro Isabelino y el Centro de Arte Dramático, CADAC.

Recibió el Primer Premio del Festival Mundial de Teatro Universitario en Nancy, Francia, como director del Departamento de Teatro de la UNAM; el premio Xavier Villaurrutia al teatro estudiantil en cuatro ocasiones; las Palmas Académicas que otorga el gobierno francés; el Premio Universidad Nacional Autónoma de México 1987; la medalla Nezahualcoyotl de la Sociedad de Escritores de México; la Orden del Cedro de la República de El Líbano; la medalla Sánchez Duarte de la República Dominicana; el Doctorado Honoris Causa de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, entre otras distinciones. Fue miembro del Seminario de Cultura Mexicana, de la Academia Mexicana de la Lengua, de la Sociedad de Geografía y Estadística de México, de la Academia Nacional de Arquitectura. Dirigió el Departamento de Teatro de la UNAM y el del INBA y fue Secretario de Cultura del Estado de Puebla.

Las Jornadas Alarconianas

Héctor Azar fue uno de los fundadores de las Jornadas Alarconianas, que también en el mes de mayo se realizan en Taxco, Guerrero, y fue en el desaparecido CADAC Atlixco (hoy oficinas del DIF municipal), donde él y José Francisco Ruiz Massieu, gobernador del estado de Guerrero, pulieron la idea de crear este festival para el teatro internacional.

Las Jornadas Alarconianas se instituyeron por decreto en 1987, con el objetivo de reconocer las aportaciones del dramaturgo oriundo de Taxco Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, de quien por cierto el gobernador de Puebla, Mariano Piña Olaya develó, a propuesta de Héctor Azar, el busto que hoy se encuentra en la Plazuela del Ahuehuete de Atlixquito.

Este Festival realza la importancia de las puestas en escena, especialmente del Siglo de Oro Español, del cual Juan Ruiz de Alarcón es uno de los más grandes representantes, por lo que su nombre está inscrito al lado de poetas de la talla de Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo; de dramaturgos como Lope de Vega, Tirso de Molina y Pedro Calderón de la Barca, y de novelistas como Miguel de Cervantes Saavedra.

La ciudad natal de Juan Ruiz de Alarcón, hace propicio que la festividad cultural guerrerense se instituyera en la Ciudad Teatro, como se le conoce a Taxco desde 2003, por sus calles, construcciones y rincones que la hacen parecer una gran escenografía colonial.

Entonces Taxco se convierte cada año en el lugar donde se encuentran el siglo XVI y la modernidad, para rendir tan merecido homenaje.

Pero te decía: Las primeras Jornadas Alarconianas estuvieron organizadas por el maestro Héctor Azar, y desde entonces se estableció también la entrega del Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el gobierno del estado de Guerrero.

Este premio lo han recibido Antonio Caballero Caballero, Sergio Magaña, Luis G. Basurto, Rafael Solana, Vicente Leñero, José Agustín y Elena Garro, entre otros.

Lo privado, lo oficial; coincidir

En una entrevista que le hizo la Jornada de Oriente, el 29 de septiembre de 1999, Héctor Azar declaró que toda su labor de promoción y difusión teatral culmina en lo que es su “primer proyecto privado”: el Centro de Arte Dramático (CADAC).

Azar recordó que motivado por Ángel María Garibay y Rosario Castellanos, “ante las lamentaciones que yo les hacía a causa de las presiones que tenía como funcionario, me dijeron: cuando seas capaz de romper el cordón umbilical de papá gobierno y de mamá universidad, y pongas tu propio centro de trabajo, tendrás que sentirte mejor”.

Arturo, cito esta declaración para abusar con el paréntesis:

Hallo coincidencia en esa declaración porque son palabras muy similares a las que alguna vez me dijeron amigos para sugerirme no seguir como funcionario del ayuntamiento de Atlixquito por segunda ocasión. Sin embargo acepté y luego de colaborar con Salvador Escobedo lo hice con José Luis Galeazzi, después con Felipe Velázquez y finalmente con Manuel Vargas Martínez.

En ese entonces no hice caso porque para poder sobrevivir en Atlixquito sólo me quedaba el periodismo escrito en Encuentro, y la verdad —que me perdone esta noble empresa la desconfianza alimentada también por el desinterés de otros sectores y las fuertes demandas familiares—, tuve temor de atender la recomendación de amigos y seguir viviendo, como hasta ahora, con el propósito aplazable de que la mejor profesión del mundo me tendrá algún día de tiempo completo y con la suficiencia que me permita seguir respirando al menos, y sin pedir más porque siento que lo que cargo es la culpa de deberle todavía mucho al periodismo.

A lo que voy es a que Héctor Azar, a partir de la Teoría CADAC comenzó a manejar insistentemente las palabras “independiente” y “privado”, para que cualquier liga gubernamental dejara de inhibir la creación artística de una u otra manera.

Entiendo lo que sintió cuando sus amigos le sugirieron buscar su independencia, y el hecho de que en aquella entrevista lo haya mencionado me hace suponer que guardó silencio y que la idea la llevó a la cama para robarle el sueño. Igual estoy convencido de que estaba cierto de haber escuchado una verdad de quienes lo apreciaban, de quienes vivían esperando más de él.

Sin embargo volvió al gobierno para desempeñarse como secretario de Cultura con Manuel Bartlett, solo que para entonces la Teoría CADAC ya era una institución privada, propiedad de la familia de Héctor Azar Barbar, y en estas circunstancias las instituciones oficiales o privadas participaban ahora con subsidios eventuales que le encargaban programas culturales a esta institución.

Azar encontró la fórmula, la que le funcionó; la halló en 1975, y yo todavía no sé si estoy a punto o no de aceptar lo que tengo claro: el periodismo en la mayoría de los casos es proveedor del gobierno, es decir, va por el subsidio para quedarle solo el atrevimiento de intentar la verdad.

Colérico

En el cine teatro del centro vacacional de Metepec, Héctor Azar esperaba al gobernador Marino Piña Olaya. Quería que presenciara el arranque de un simposium internacional sobre Atlixquito y su entorno, pero el gobernador se había entretenido en un recorrido que tenía que ver con la próxima pavimentación de la carretera Metepec-San Baltazar Atlimeyaya. Azar estaba molesto por la espera de más de una hora, y cuando se le informó que no llegaría, el dramaturgo hizo gala de su carácter iracundo y no pudo contenerse al momento de poner en marcha los trabajos. Tomó el micrófono y no omitió la falta de seriedad de los gobernantes, aunque en la espera ya había echado pestes mientras impaciente iba de un lado a otro. El “qué poca madre” que le escuché, sin ser su intensión compartirlo (lo dijo silencioso) lo soltó recargando la cabeza en el muro de la entrada del cine teatro, con los ojos inyectados y mirando al techo, con las manos atrás y los pies cruzados. Era la furia contenida de quien había sido burlado por la autoridad local, eclipsándole la presencia del gobernador con otra actividad.

Arturo, muchos aquí recuerdan casos que tuvieron que ver con la ira expresa de Héctor Azar. Cuando alguien habla de él, le es inevitable referir la facilidad con la que le venía el enojo. Por eso esto que te cuento lo termino con lo que escribió Alejandro Aura, y que publicó el 4 de junio de 2007:

Desconcierto ante la
muerte de Héctor Azar

O sea que también el ogro era mortal.
El que nos inspiraba tanto miedo,
ante el que no nos atrevíamos a hacer
circular la sangre por el rostro,
el que nos apabullaba con
su gesto de autoridad
–una vez, en el 68, afuera del
Foro Isabelino, se subió a un camión
de agentes judiciales que habían
retenido a unos de nosotros
y con sólo su solemne magistratura
sometió a los guaruras
y rescató a los nuestros–,
pero resultó mortal.
Yo creía que era un roble, uno de esos
árboles duros que no se caen,
pero veo, con el azoro de la noticia, que todos somos de condición igual.
El que me decía poeta con una gentileza contradictoria
que lo emocionaba, que le daba luz,
que apuntaba deudas impagables
de réditos irascibles que
trastornaban su sueño,
resultó mortal, contra todo lo que yo
hubiera previsto.
Qué me queda. De qué puedo vanagloriarme.