Arturo:
Me entero de
algo y busco su liga: es el periodismo que me arrastra de manera casi natural a
las asociaciones y a las similitudes que deben, me
obligo, a dar con una historia de Atlixquito.
Es el 16 de abril de 2004 y resulta
que estoy en la calle Río Lerma de la colonia
Altavista, imaginando el movimiento que 14 años atrás se
dio en la casa marcada con el número 103-A.
Ni la muerte de
las siamesas iraníes Ladan y Laleh Bijani logró llevarme a este lugar como lo hizo
la noticia de que el pasado 3 de abril (2004) fallecieron
unos siameses en el Hospital de Especialidades San Alejandro del IMSS en la
ciudad de Puebla, donde el nacimiento de éstos quedaron registrados como el
primer caso en ese nosocomio durante los últimos 20 años, dato que no comparto,
y te voy a decir por qué.
Estoy recargado
en mi auto, observando los detalles del 103-A cuya puerta está
casi desprotegida por una barda dañada por el tiempo. Detrás
hay una lona de plástico que la completa y sin embargo se asoman cuellos de
botella en cajas.
Imagino los
momentos de hace 14 años, y trato de ver entrar y salir a todas horas al
periodista Javier Aponte Solano, quien a diario me
visitaba en la radiodifusora Stereo Sol para informar de la evolución del
embarazo de su esposa Gabriela Valerdi.
Por su difícil
situación económica, Javier estaba más empeñado en encontrar ayuda que en la
importancia del embarazo, del que el Dr. Samuel Franco Martínez había
diagnosticado cuatrillizos.
También intento
ver el día en que Gabriela salió de su domicilio para ser llevada al hospital y
regresar después del parto. Trato incluso de sentir el dolor familiar por el
resultado.
Llevo casi veinte minutos parado
frente al 103 A, esforzándome en armar las escenas más lógicas porque
desgraciadamente no hay nadie que me ayude a saber de los apuros de aquella
familia en el año 1990 o, lo más importante, del destino de una de las cuatrillizas.
Los vecinos me
dicen lo que ya sé: Después del parto, tras haberse separado de
Gabriela, Javier Aponte murió y sólo recuerdan que por ahí anda uno de sus
hijos también de nombre Javier, al que busco y busco y no encuentro.
Estoy frente al 103-A porque me
dicen que Javier y Gabriela lo rentaban,
así que por fin me animo y toco la puerta que abre muy despacio Doña
Natividad San Pedro, dueña de la casa, quien con desconfianza repitió lo mismo
que los vecinos y acaso algún dato nuevo:
“Alguna vez la
encontré. Estaba yo en mi puesto del mercado y creo me dijo que se había vuelto
a casar y que vivía en Izúcar, pero no se me ocurrió preguntarle su domicilio”.
Le pregunté por
Carmen González Vázquez, madre de Gabriela y no pudo darme razón, salvo una
vecina que el día anterior dijo suponer que sigue viviendo en Atlixquito,
pues “alguna vez la vi por el mercado”.
Y eso es todo.
Regresé a mi
casa y me puse a escribir exprimiendo la memoria que no pudo darme la fecha del
parto de Gabriela. Sólo recordé que fue un lunes de 1990, y que el sábado de
esa semana, en la revista de Stereo Sol, mi comentario se centró en dimensionar
la importancia del embarazo.
Comencé diciendo
que se traba de un importante acontecimiento para la reproducción humana. Gabriela
tenía apenas 18 años de edad y el lunes de esa semana había dado a luz en el hospital de
zona del Metepec a unas cuatrillizas con
siamesas que nacieron entre las 12:22 y las 12:25 hrs.
El embarazo fue
de 35 semanas y los productos se extrajeron a través de una cesárea Kerr.
Gabriela tenía
una niña de 2 años de edad y las cuatrillizas era su segundo parto.
La noche de ese
lunes, por instrucciones del delegado del IMSS en Puebla, Federico Vera Cofca,
las cuatro niñas fueron trasladadas al hospital San Alejandro de la ciudad de
Puebla [por eso no estoy de acuerdo en que se diga que los siameses que
fallecieron el pasado 3 de abril (2004)sean
el primer caso registrado en el IMSS en los últimos veinte años].
Para el martes,
el doctor Héctor Ramírez informó que sería imposible separar a las siamesas,
pues compartían el corazón y el aparato digestivo.
Para el
miércoles las siamesas habían fallecido a causa de inmadurez pulmonar y
malformaciones congénitas múltiples.
Para el jueves,
la situación de las otras dos niñas era delicado, pues una tenía un problema
hematológico de aumento de glóbulos rojos, pero se le reportaba en buenas
condiciones, pues su insuficiencia respiratoria la iba superando
progresivamente, y de la otra se reportaba que su estado era grave, pues
aumentaba su insuficiencia respiratoria y se le detectaba una fístula entre el
esófago y la tráquea, lo que ensombrecía su pronóstico.
Y mientras daba
estas noticias, Javier Aponte, padre de las cuatrillizas informaba por el
teléfono que a las siamesas se les haría ese sábado una misa en la capilla del
Perpetuo Socorro, ubicada en calzada del Carmen, entre la 15 y 17 poniente.
En ese entonces,
la frecuencia de los siameses era de uno entre 400 gemelares, o de uno en 120
mil nacimientos normales, es decir, más de una población mayor a la que
entonces tenía Atlixquito (104 mil habitantes).
Y mi escándalo
fue en aumento, pues otros medios informativos que sabían de las cuatrillizas
informaban que un caso como el de Gabriela Valerdi, es decir,
cuatrillizas con siamesas, era unoentre
6 o más millones de nacimientos.
Formé un
contexto al que incluí a los decallizos de Bacacay, Brasil; a los
nonallizos de Sydney, Australia; a
los hermanos siameses tailandeses Chang y Eng Bunker, que dieron el nombre
universal del “cuerpo humano doble”, y
mi irrefrenable histeria me llevó a pasar por otros casos insólitos
como el de la señora de Vassilet (1816-72),
quien aunque sin siameses, tuvo 69
hijos en 27 embarazos: 16 pares de mellizos, 7 juegos de trillizos y 4 juegos
de cuatrillizos, lo que le dio el suficiente renombre para ser presentada en la
corte del Zar Alejandro II.
En fin, aquel sábado
de 1990 me quedé todo el día pensando en la importancia de esas cuatrillizas
con siamesas atlixquensitas. “Un
caso entre 6 millones de nacimientos o más”, jugaba en la cabeza.
Arturo, al día
siguiente de recordar todo esto —catorce años después—, me
instalé nuevamente frente al 103-A.
Ya no hablé con nadie porque sabía que no encontraría más información,
no por el momento. Pero tampoco estaba llegando al reposo porque ahí mismo,
mientras valoraba las condiciones de la calle Río Lerma (ahora
adoquinada) y de las demás vialidades con las que se comunica,
comenzaron las preguntas que tienen que ver con los problemas teóricos de los
siameses.
Reconocí que siempre tuve clara de las cuatrillizas
con siamesas su pequeña pero nada
despreciable probabilidad de sobrevivir, lo mismo que su
notable complejidad que obliga a remover las ideas más fundamentales de la
antropología filosófica.
Y todo esto me
obligó a pensar en un
desafío para los sistemas mejor consensuados en losprincipios
de la naturaleza humana que tengan
que ver con la autonomía del individuo, con los derechos humanos, con el
derecho natural o con los derechos de asociación y de desplazamiento, y aceptar sin
miedo cualquier estudio sistemático de la
conducta humana en el ámbito de las ciencias de la vida y de la salud,
analizada a la luz de los valores y principios morales, como lo dice Van
Rensselaer Potter al citar a Wilhelm Reich para explicar la Bioética y ética
médica.
Creí en ese momento que con su
muerte, las cuatrillizas de Gabriela y Javier se habían llevado la
oportunidad de Atlixquito de conocer y
aplicarles el más adecuado principio de
solidaridad. Con ellas íbamos a saber quiénes somos como comunidad, y nos quedamos
sin ese banco de pruebas que sugiere mil interrogantes respecto de lo que
seríamos frente a ideas como las de unidad o identidad de los individuos, de
persona, de racionalidad, de conciencia, de responsabilidad, de
corresponsabilidad y de libertad. +
Arturo, esta que
te cuento es ciertamente una historia coja, pero no la puedo retener porque
hacértela llegar podría ayudar a dar con el paradero de Gabriela o de su madre,
y disipar mi duda respecto de que una de las cuatrillizas vive, lo que deseo
con el corazón.
Atlixquito, Pue. 16 de abril de 2004

