martes, 3 de febrero de 2015

...y Atlixquito se curó



Arturo:

Don Juan Cuautle Benitez (qpd) dejó un legado importante para Atlixquito; está escrito en el libro “los días eran nuestros, Vida y Trabajo entre los Obreros Textiles de Atlixco”, obra resultado del concurso llevado a cabo por la Dirección General de Culturas Populares, el IMSS y la UAP, con el fin de “hacer un rescate histórico del movimiento y la vida obrera en Atlixco y su región”.

En este concurso, cuya premiación se llevó a cabo el 23 de enero de 1988 en el Centro Vacacional de Metepec, Don Juan obtuvo el segundo lugar con el tema “El caserío obrero en Metepec, su fábrica y su sindicato. (Un homenaje a los compañeros que dejaron su vida al pie de la máquina)”, y con el cual nos ofrece una descripción de las comisiones obreras, de la relación del sindicato con el proceso de trabajo textil y de la estructura interna de las organizaciones sindicales.

El trabajo que presentó tiene también una parte interesante que subtituló “Inicio”, en la que habla con asombrosa exactitud de que el extinto líder Antonio J. Hernández lo recibió en Metepec el 15 de mayo de 1945, a las 14:00 horas para darle trabajo en la fábrica, “quizá” —así lo creyó y lo escribió— a “que de antemano sabía que yo había organizado a casi todos los campesinos del distrito de Cholula” para sumarlos a las filas de la CROM.

Pero déjame aclararte que esta no es la historia del obrero Juan Cuautle Benitez. Hago referencia a lo anterior solo para constatar una vez más que cualquier metepequense de las dos últimas generaciones es susceptible en buena medida de comenzar y tal vez cerrar su historia personal —si se propone escribirla— con una valoración de la fábrica como centro neurálgico de una experiencia de vida y de convivencia familiar y social en Atlixquito.

Es así que más bien estoy tratando de descifrar con Don Juan al padre de familia prototipo que a su manera pudo imaginar desde un punto muy distante y sin consenso alguno, la futura vida profesional de sus hijos.

Y no me equivoco. Mira. A Juan Cuautle Nieva, hijo de Don Juan Cuautle Benitez, le pedí hablar de dos exitosos proyectos de salud que desarrolló como funcionario en el gobierno municipal de Atlixquito a partir de principios del presente milenio.


Y digo que no me equivoco porque para esto a Juanito (así me permitiré llamar a Juan Cuautle Nieva en lo sucesivo porque así lo referimos quienes lo apreciamos por su apacible personalidad y por su dedicación y conocimientos de la Medicina) le pedí, antes de tocar estos dos temas, escribir desde lo más apacible que ofrece la autoconsulta una remembranza de sus primeros años de vida para tener claro desde qué punto de la vida se forja una persona como él.

Y ahí tienes que Juanito comienza esta parte escribiendo: “Soy originario de la población de Metepec, hoy junta auxiliar de Atlixco y que fue de 1902 a 1967 un enclave de la segunda fábrica textil más grande del país”.

Luego continúa recordando que “esta pequeña población tenía todos los servicios que puede tener una ciudad: banco, cine, unidad deportiva, escuela primaria para cerca de dos mil alumnos y un hospital que daba servicio a las familias obreras de Metepec y de las otras seis fábricas textiles que se ubicaban en Atlixco”.

Como puedes ver, entre esta estructura integral de servicios, Juanito destaca el hospital, al que siempre mencionamos como “el sanatorio”, una unidad médica cuya edificación era por cierto copia de un hospital de Rusia, lo mismo que deja entrever cierto orgullo al referir la escuela Belisario Domínguez (réplica de una universidad de Zaragoza, España) para decir que ahí estudió la primaria.


Y es precisamente en el tema de la primaria donde se detiene para recordar que su ubicación en la entrada de Metepec facilitaba irse de pinta, pues “en los días que faltaba el maestro y nos sacaban de la escuela, algunos alumnos atravesábamos el cerro que está atrás de ella para ir a nadar a la población de Axocopan, calculando el tiempo para regresar a la casa a la una y media de la tarde, que era la hora de salida de la escuela”.

Pero Juanito también llegó a irse de pinta al sanatorio de Metepec. “Me gustaba su olor concentrado a pinol y observar a los médicos con sus brazos velludos y sus batas blancas y almidonadas. También me gustaba espiar por las ventanillas de sus carros: todos llevaban una cajetilla de cigarros de la marca LM”.

Es así que a temprana edad dedujo que para ser médico se debía ser velludo y saber fumar cigarros LM. “Por eso cuando nos íbamos de pinta al mencionado Axocopan, siempre preguntaba: ¿Alguien trae cigarros? y nunca faltaba alguno de mis compañeros que sacara una cajetilla robada del pantalón de su papá, pero eran Fiesta o Delicados que te hacían toser y te dejaban un sabor a rayos, pero pensaba: Ni modo, por algo hay que empezar”.


Todos sus hermanos estudiaron la secundaria en Atlixquito, en la Melchor Ocampo, pero con él su padre cambió de idea porque creía que debía ser ingeniero textil, mecánico o electricista para aspirar a un mejor puesto en la fábrica, por lo que lo inscribió en la Escuela Técnica Industrial No.46, “donde me fue muy bien, pues solo me preocupaba por no faltar a la escuela, por las tardes ir a practicar con la banda de guerra y jugar futbol”.

Terminó la secundaria, entró a la Vocacional No.46 (hoy CECyT) “y ahí fue donde la puerca torció el rabo”, toda vez que después de cursar el primer año descubrió que su vocación no era la ingeniería y porque además tenía cuatro años que la fábrica había cerrado sus puertas. Así que se cambió a la preparatoria Ignacio Ramírez.

El grupo

Era el principio de los años setenta y “Metepec lucía desolado. Mucha gente había emigrado y algunos jóvenes que nos quedamos nos reuníamos para platicar por las tardes y formamos un grupo al que llamamos Grupo Cultural y Social Metepec,  con la idea de matar el tiempo e intentar seguir realizando las costumbres y tradiciones de la población y las fiestas patrias”.

Estas actividades llevaron a ese grupo a tener por primera vez un acercamiento con las autoridades y líderes de Atlixquito para demandarles su apoyo en servicios que pudieran recobrar la limpieza de las calles de Metepec y de recuperar su biblioteca, la cual con el cierre de la fábrica fue trasladada a la Cámara del Trabajo de la ciudad de Atlixquito, donde a la fecha se encuentra.

Para sus labores, a este grupo de jóvenes les fue entregado precisamente el edificio donde estuvo la biblioteca y que hoy ocupa las oficinas de la presidencia auxiliar.

Muchas cosas pasaron en esos días de trabajo y convivencia. En varios casos se formaron parejas que pocos años después llegaron al matrimonio, e inició un acopio de libros para un intento fallido de rescate de la biblioteca, a pesar de que por ejemplo Don Cándido Hernández, hermano de Don Antonio había pedido apoyo al dramaturgo Héctor Azar y de los libros que se lograron conseguir (entre los que llevé algunas publicaciones que encontré en la casa de Don Germán Pardueles, dueño de la fábrica) y que se colocaron en un par de pequeños anaqueles nuevos que se perdían en la amplitud del inmueble, pero que todo el tiempo recordaban el tamaño de la meta.

Los Aficionados

En 1971, el Grupo Cultural y Social Metepec fue invitado por el sacerdote de la iglesia Enrique Palma para celebrar por vez primera las fiestas de la Virgen de la Concepción, el día 8 de diciembre. Juanito recuerda que “participamos como grupo, representando algún sketch de moda en la televisión de la época y también presentamos pantomima en la que participé con Héctor Estrada a quien le gustaba imitar a Charles Chaplin”.

Con estas representaciones, el grupo puso en marcha lo que hasta ahora se conoce como Los Aficionados de Metepec, quizá haciendo alarde a aquellos Aficionados que se realizaron en años de bonanza en el Cine Nacional del pueblo.

¿Pero qué veían estos jóvenes desde el templete en el que actuaban instalado enfrente de la iglesia? Mujeres solas con sus hijos que por fin pudieron salir a la calle para disfrutar del entretenimiento que este grupo de manera novedosa les ofrecía para transmitirles fuerzas y poder vivir con la ausencia del esposo que emigró en razón de que el centro de trabajo había dejado de existir.

Era algo como reír llorando, ahora que lo recuerdo, Arturo, porque nuestras actuaciones eran precisamente para arrancarle la risa a los metepequenses aunque fuera solo por una noche.

La despedida

En 1973, Juanito tuvo la idea de esperar seis meses para entrar a estudiar Medicina en la Universidad de Puebla, “pero se interpuso la voz grave de mi padre que decía: El Instituto Politécnico Nacional fue fundado por el General Lázaro Cárdenas para que en él estudien los hijos de los obreros, campesinos y el ejército, por lo que me gustaría que ahí estudiaras”. Y como donde manda capitán…”

Se fue a estudiar al Distrito Federal y se despidió de los amigos de Metepec, quienes poco a poco también fueron dejando el pueblo. Yo recuerdo, y Juanito también, que alguna vez nos encontramos en un camión que iba sobre Avenida de los Cien Metros en el DF y que quebraba en avenida Las Torres para seguir hacia Acueducto de Guadalupe, pues su escuela estaba en Ticomán, lo mismo que mi trabajo en las los talleres de la línea de autobuses Estrella Blanca. Hoy lo recordamos con el mismo gusto de encontrarnos aquella vez; estábamos marcados por una labor de reivindicación emocional de nuestros vecinos de Metepec, por un momento de intentos por abatir el dolor de una situación que golpeaba en todos los sentidos.

El médico

¿Qué aprendimos? En el Grupo Cultural y Social (agradecemos se nos haya perdonado la cacofonía, pues debió ser Sociocultural) el aprendizaje nos legó una idea clara del servicio público, ese que debe transitar hacia la solución de un problema con honestidad y transparencia. Si no se hubiera tenido este aprendizaje, Juanito no podría haber dicho en su autoanálisis: “Parirás con dolor”, dice la Biblia en uno de sus pasajes”, para después narrar lo siguiente: 

“La mujer tenía los labios secos, sudaba y se llevaba las manos al vientre, sobándolo con la intención de calmar el dolor. Cuando venía la contracción, sus gritos invadían la sala de partos. Los estudiantes observábamos y el sufrimiento también se reflejaba en nuestros rostros”.

“En otras ocasiones —continúa—, durante el servicio social me solicitaban los familiares de las mujeres en trabajo de parto quitarles el dolor, o bien anestesiar a los hombres y niños porque un cohetón les había volado los dedos o la mano durante las fiestas patronales de su pueblo. Estos acontecimientos influyeron para que se fijara en mí el deseo de especializarme en anestesiología una vez terminada la carrera de Medicina”.

Se convirtió, pues, en férreo enemigo del dolor físico y se dedicó en cuerpo y alma a mitigarlo.

Juanito terminó la especialidad en 1985 e intentó entrar a las filas del Seguro Social. La inflación en el país era del 150% y las plazas de trabajo estaban cerradas, por lo que se incorporó a la práctica privada de la Medicina en Atlixquito. Esto le permitió observar de cerca los problemas de salud de la gente con menos recursos, y muchos casos lo impactaron.

“Una ocasión fui llamado de urgencia a una clínica privada. Encontré a una mujer embarazada muy grave y en estado inconsciente que había estado toda la noche con la partera. Tenía la matriz rota por el intenso trabajo de parto. Le comentamos al esposo que debía ser intervenida quirúrgicamente de inmediato o podía morir.  ¿En cuánto me va a salir, preguntó, y qué posibilidades me dan de que se salve? Se le dijo que entre más pronto se interviniera, mayor oportunidad de salvarse tenía. El señor se quedó pensativo y dijo: Me la llevo a mi casa porque no me aseguran que se salve. Si la operan y no se salva tengo que pagar la cirugía y el velorio, y si me la llevo solo gastaré en el velorio. Casos como este se repetían cada dos o tres meses”.

En el año de 1997, Juanito ingresó como secretario del patronato del centro de salud de Atlixquito. El presidente de ese patronato era el Lic. Luis Barrera y el director del centro de salud el Dr. Enrique López Gómez. En ese organismo se discutió la problemática de los servicios de salud en Atlxquito, y se establecieron algunas estrategias que llevarían a Juanito a desarrollar desde el gobierno municipal dos proyectos, uno para ampliar la cobertura de los servicios médicos a población abierta, y otro que terminara con una vergüenza que tenía postrado a Atlixquito a nivel nacional. +