miércoles, 2 de diciembre de 2015

Primer conductor



Arturo:

El profesor José Enrique González Olarte es un atlixquensito que disfruta de su jubilación, tanto como disfrutó su vida de niño en las calles del centro de Atlixquito.

Desde sus 72 años de edad recuerda lugares y personas que acaricia con voz débil. A todo y a todos se refiere con respeto y buena memoria.

Mientras te cuenta te dibuja su Atlixquito, el de sus tiempos.

Su universo de niño fueron las inmediaciones de la Parroquia donde si bien la vida no fue económicamente fácil al lado de su madre, las calles del centro lo compensaron viviendo en ellas con libertad. Esas calles fueron su barrio en el que “la viví muy bonito”, dice sentado pleno en el sillón de su sala.


Y casi se termina de armar en la imaginación el Atlixquito que te cuenta cuando dice que vivió a un lado de la Parroquia y su mamá trabajaba de portera en Plaza Génova cuando era una vecindad.

Pero su madre, Doña María González Olarte sabía hacer joyería, por lo que al mismo tiempo trabajaba en un pequeño taller con su hermano Luis, quien después fuera propietario de la famosa joyería La Fulda en sociedad con el español Paco Carvajal, ubicada junto a los billares El Roble, en la 3 Sur.

En ese taller su madre y su tío Luis hacían anillos, aretes y todas esas cosas que el adolescente José Enrique vendía de casa en casa en tres o cinco pesos, no sin antes irse a jugar trompo con los amigos.

Estudió la primaria en el Centro Obrero, la secundaria en la Isaac Ochoterena y la normal ordinaria para maestro de primaria en el Colegio Puebla de la Angelópolis, donde por cierto también estudió el padre Alejandro Arenas Torres, contemporáneo suyo en la secundaria.

José Enrique estaba en el segundo año de normal ordinaria y trabajaba lavando los camiones del ERCO cuya terminal estaba a un costado de la Parroquia. Se ayudaba también con los bolos de los bautizos que se celebraban en ese templo religioso.

Fue precisamente Alejandro Arenas quien lo invitó a trabajar de maestro en el Patria que tenía de director a Juan Heredia Reyna y que se encontraba a un lado de la Farmacia Hidalgo. De hecho ese fue su primer trabajo con el que pudo pagar sus estudios en la Normal Superior hasta terminar la Licenciatura en Matemáticas, materia que impartió después en el Josefino.

Por cierto recuerda que él y sus amigos acompañaron a Alejandro Arenas cuando se internó en el Seminario Palafoxiano donde estudió su carrera para ordenarse después como sacerdote en Roma.


José Enrique dejó el Josefino y en 1973 se fue a la Escuela Secundaria Federal Lic. Benito Juárez de Huajuapan, Oaxaca, institución que al cumplir 65 años de fundada, la revista Nube. Destellos de la Tierra del Sol, resumió así en abril de 2010 la vida profesional de José Enrique:

“Nació en 1943 en Atlixco, Puebla. Trabajó desde 1973 en Huajuapan, lugar que conoció desde niño cuando iba de colado con los choferes de los autobuses. Disciplinado y duro de gesto esconde una generosidad propia de los buenos maestros. Aprendió de todos sus directores y subdirectores y eso lo llevó a ser director con mayor tiempo en función en la historia de la secundaria: 17 años que convierten a la Benito en la “escuela de su vida”.

Arturo, lo que me llevó a buscar a José Enrique González Olarte es que fue, a la edad de 22 años, conductor del primer Atlixcayotl, el del 20 de diciembre de 1965 en la Escalera Ancha, historia que comenzaría así:

José Enrique iba a un club que había formado Pepe Alatriste, también maestro del Patria, y que hizo llamar Club Vigni (?) ubicado “a la vuelta del Garfias” y donde los amigos iban “a platicar, a cantar y a echar traguitos”.

Recuerda que al club asistían otros como los hermanos Aguilar (Cristina, Jorge y Enrique); las señoras Malpica y otras mujeres de nombre Guillermina y Martha, Mariano Rosales, Carlos Huerta Cerezo, otro de apellido Molina y dos hemanos de origen alemán de los que tampoco recordó sus nombres.
 
Pepe Alatriste (qpd) comenzó a llevar al club a Cayuqui, quien fue involucrando a sus miembros en los trabajos del primer Atlixcayotl.

—¿Usted tenía experiencia como conductor de eventos? —le pregunto al profesor José Enrique y contesta sin vueltas—: No, Cayuqui solo me dijo: A ver, Enrique, tú vas a ser el maestro de ceremonias (del primer Atlixcayotl) y yo le dije: Sí, correcto.

—¿Y cómo fue vestido?

—Normal.

—¿Normal?

—Sí, normal.

José Enrique tiene claro cómo comenzó el Atlixcayotl y lo cuenta con precisión, sin dejar de reconocer los conocimientos de Cayuqui respecto del folclor oaxaqueño. La fiesta le significa algo tradicional, algo grande y necesario para reafirmar la identidad, y recuerda sin ninguna variante cuando Cayuqui lo invitó también para conducir la fiesta en el 40 aniversario.

—¿Y esa vez cómo fue vestido?

—Normal.

—¿Normal?

—Si, normal, con chamarra. Y luego me invitó para los 45 pero no pude porque la gripa me cerró la garganta.

Como puedes ver, conducir el Atlixcayotl no es nuevo para él, por lo que le confío que será invitado de manera formal para conducir el próximo Atlixcayotl en la Escalera Ancha, como hace cincuenta años; y aunque de alguna manera antepone su edad, adelanta que aceptará en esa parte alguna forma de participación, es decir, promete que ahí estará.


—Asistirán sobrevivientes de los pueblos que participaron hace cincuenta años —le digo para animarlo y contesta con evasión—: Recuerdo que arribita del Josefino había una tiendita de un señor moreno, grandote, correoso, que le gustaba mucho el Atlixcayotl y bailaba el famoso Panaderito. No sé cómo se llame ese señor pero yo lo admiré mucho.

No recuerda algunos detalles y otros los pasó por alto por su estancia de 31 años y medio en Huajuapan. Sin embargo, tiene bien ubicado lo que la actividad política ha hecho del Atlixcayotl, justo lo que también le consta con la Guelaguetza.

Con este tema agotamos nuestra conversación sobre Atlixcayotl, pero nos despedimos hablando de otra cosa porque se puso a recordar algunos de sus ex alumnos: Carlos Telis; Cristina, Teresa, Mónica y Chucho Ponce, Marcela Schiavón, entre otros.

Y cerramos definitivamente recordando que a Antonio Hernández y Genis le dio clases particulares. Comentó que en ese entonces Don Antonio J. Hernández le dijo alguna vez que si le interesaba lo podía proyectar políticamente, pero respondió que no, porque su profesión de profesor era su pasión.


Salúdeme a Toño Genis si lo ve, me pidió por último, dejando para otro día el mezcalito de Oaxaca que me ofreció a la mitad de la conversación, pues a decir verdad, mi querido Arturo, la cruda de ese día no me permitió una gota más de tlapehue. El litro de tejocote de Tochimilco que me empiné el día anterior hacía estragos, pero me había quitado por completo la tos, fue un excelente expectorante y dilatador de coronarias, te lo recomiendo. Sin embargo salí de la casa del profesor José Enrique con la buena impresión de la persona amable, apacible y tolerante que si bien vio nacer el Atlixcayotl y dejó de verlo durante mucho tiempo, nunca lo perdió de vista, reconociéndolo en la actualidad con exactitud en su forma más esencial. Sin duda será importante tenerlo presente el próximo 20 de diciembre en la Escalera Ancha, parado nuevamente sobre la huella que dejó ahí hace cincuenta años. +

domingo, 25 de octubre de 2015

Tallador de madera

 
 
A mi tocayo Héctor Alejandro Pérez, que tiene presente esta historia.
 
 
Arturo:
 
Los días enteros se nos iban a mi padre y a mí recorriendo la fábrica de Metepec en desmantelamiento.
 
Los golpes de marro a las máquinas sonaban a la destrucción del pasado que lastimaría el porvenir. El martilleo se daba por todos lados. Decenas de hombres trabajaban retirando todo lo que era metal y madera. Pocas máquinas —por ejemplo los telares—, fueron compradas completas; el resto se vendió en pedazos como fierro viejo.
 
 Mis doce años de edad me obligaban a no despegarme de mi padre, lo seguía a todas partes y levantaba objetos que se volvieron basura en cuanto tocaron el piso: tornillos, llaves, candados, canillas, clavos, lanzaderas, carretes, resortes, bolas de hilo, trozos de metal. Cada cosa me sugería una nueva utilidad, por lo que las levantaba y echaba en una bolsa de manta.
 
 Todo llamaba mi atención, pero nada como el taller de fundición donde todavía permanecían colgados en los muros algunos modelos de madera que se utilizaban para fabricar las refacciones de las máquinas. El barniz seguía ocultando su minuciosa elaboración que solo se podía constatar despedazándolos.
 
 El que me impresionó fue el de una polea hecha de piezas lo suficientemente pequeñas para dar con exactitud la redondez a un impresionante modelo de casi un metro de diámetro.
 
 Aunque solo me contestó que se trataba de especialistas, no dejaba de preguntar a mi padre quiénes y cómo los hacían. Y es que no me explicaba las manos del hombre en esa exactitud. Estaba verdaderamente impresionado y tuvieron que pasar 37 años para llegar a tener frente a mí a uno de estos artistas de la madera.
 
El encuentro
 
 Echado sobre su banco de carpintería, Don Guillermo toma meticuloso una medida. Está prácticamente acostado boca abajo, con una pierna apoyada en el piso con la punta del pie, postura que abandona con dificultad cuando escucha mi llegada.
 
 Se quita los anteojos, los pone sobre el banco y me saluda.
 
 Mientras nos presentamos jala dos sillas para sentarnos.
 
 ¿Se sentó?me preguntaría después Carlos Tapia Santamaría, quien me había sugerido hablar con él. ¡Es que nunca deja de hacer lo que hace para sentarse…!”.
 
 Así es, le dije a Carlitos; se sentó, sacó una botella de maracuyá hecho en casa con diez años de reposo y me sirvió la primera copa, porque hubo las suficientes hasta cubrir nuestra conversación de casi tres horas.
 
Don Guillermo Mirón Muñoz, octagenario con buena memoria, nació en 1924 y llegó Atlixquito a la edad de cinco años procedente de Veracruz, donde su padre, Guillermo Mirón Charles, de origen francés, era modelista de Ferrocarriles Mexicanos.
 
 “Mi padre hacía los modelos para el ferrocarril. Se necesitaba el modelo en madera para sacar cualquier pieza en metal”.
 
Sus respuestas me trasladan a dos lugares: el taller de fundición de la fábrica de Metepec con su piso de arena y restos de carbón industrial, fragua, troncos para golpear, crisoles, marros, ladrillos refractarios, yunques, techo alto de lámina y tragaluces; y los talleres de mantenimiento y reparación de locomotoras construidos en Aguascalientes por el gobierno de Porfirio Díaz, “lugar mágico donde manos laboriosas hacían el milagro de dar nuevos aires al fatigoso monstruo viajero”.
 
 A esto  sabe, a esto huele la narración de Don Guillermo, a familia obrera, a gente ligada con los trenes, a tela, a movilización de minerales, ganado, comercio, a sustento de la tranquilidad pueblerina, pero sobre todo a madera, a cuidadosos tallones de la gubia en el trozo para alcanzar una forma.
 
 Y es que es ebanista de profesión. De joven su padre lo mandó a estudiar a la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad de México, donde aprendió la talla, la escultura y el modelado.
 
“Pero yo quería conocer el mundo porque todo era escuela: la primaria en el Serrano, la secundaria en la Venustiano Carranza de la ciudad de Puebla
 
 Para Don Guillermo “conocer el mundo” era conocer los talleres. Entonces su padre lo llevó al de la fábrica El Volcán, lugar que describe así: “Desde allá hasta acá había puro modelo”. Pero recuerda que “en Metepec también los había, todos colgados, numerados y todo…”
 
Su primer contacto con el mundo fue esto:
 
“Para cerciorarse de lo que había avanzado en la escuela, mi padre me dijo: Mira, se va hacer este par de corazones, izquierdo y derecho. Yo no sabía la medida de la contracción del fierro candente que cuando se enfría encoge. Eso es lo último que se tiene que aprender de esto, y ahí lo aprendí”.
 
 Su trabajo como frabricante de modelos fue muy cotizado por las fábricas textiles de Atlixquito, hasta que éstas cerraron y hoy su taller de la 17 Poniente está cerrado, sin embargo siguió haciendo trabajos, muchos dignos de admirar como el púlpito y los confesionarios de la iglesia de San Agustín que le pidió hacer primero el padre Almansa y después las puertas interiores que le ordenó el padre Antonio. Todo de cedro rojo, madera que garantiza una duración de doscientos años.
 
También me habla de la madera de parota:
 
“La mejor es la que traen de Estados Unidos porque viene desflemada en el río. Cortan los trozos y los echan al río y tarda la travesía muchos días. Así que viene rodando el tronco y se viene desflemando. Es una madera que… —se detiene y señala—: ahí tengo un pedazo que tiene más años que yo.
 
 Guarda silencio prolongado pero regresa: “La madera tiene muchos caprichos. Hay que tratarla con cariño, con amor y con nobleza y se somete con voz débil: Es femenina”.
 
 Se levanta y me muestra un alhajero y la minucia que lo compone, lo mismo que una mecedora finamente tallada. Le pregunto de un mueble de muchos cajones que guarda material de trabajo y abre otro empotrado en la pared donde está ordenada su herramienta. Colgados en la parte interna de una de las puertas lucen imponentes un par de serruchos ingleses marca Henry Disston. “Eran de mi padre y tienen más de cien años”.
 
 Volvemos a sentarnos para ver fotografías. La primera está enmarcada y muestra a varios maestros carpinteros de Ferrocarriles Mexicanos, entre ellos su padre con elegantes zapatos de charol inglés y ante francés.
 
 Me pasa fotografías de la imponente puerta que construyó para la iglesia de San Juan Tejupa. Tiene tallados en madera a San Juan Bautista y a la Virgen de Guadalupe. Otras donde se ve la basílica de Roma a escala y que guarda la iglesia de La Soledad, y otras de la escala de una tanqueta del 16 regimiento que ganó un concurso en la ciudad de México.
 
 Terminamos de ver las fotografías de sus trabajos y le pregunto de sus amigos. “Ya van desapareciendo —contesta y pronuncia lento—: “ya vamos de paso y solo quedan los recuerdos”.
 
Pero se anima y saca los fotografías donde están ellos: “Este ya murió, este vive…” Están en el cráter del Popocatepetl, en el Pico de Orizaba, en el Ixtaccihuatl y en caminatas por las montañas.
 
Los señala con dedo de uña firme: “Este es Báez, el más grande de los que tenían la ostionería de la Perla; este es Nieto, el que componía los radios allá donde está Michaca; este es Carreto, el que tuvo la gasolinera de allá arriba; este es David Zarza, a quien le decían El San Mateo porque su papá trabajaba en el molino de San Mateo; este es el hijo de El Sombrero, este es La Tortuga, este es hijo del doctor Tezcucano, este es el Pambazo (Domingo Romero). Todos ya son difuntos; ya nada más quedamos dos, La Tortuga y yo”.
 
Don Guillermo está sentado con su delantal. Descansa los antebrazos en las piernas. Tiene entrelazados los dedos. La mirada de sus ojos claros tratan de ennoblecer la rigidez de su rostro que ventila un fuerte carácter que no cede a la añoranza.
—Don Guillermo, ¿qué espera a estas alturas de su vida? Sobre todo después de haber tenido una vida profesional, trabajos que son admirados porque están en lugares importantes; después de que hubo tiempos felices, amigos, travesuras.
 
—Pues ya nada más espera uno el final.
 
—¿No está satisfecho?
 
—Sí, claro; satisfecho de haber trabajado y haber dejado un recuerdo por el paso de esta vida.
 
Habla como los que viven sus últimos días, sin embargo ha reido todo el tiempo. Es poseedor sin duda de la fortaleza que enfrenta a la lucidez, esa que tortura haciéndote recordar con claridad cuando el cuerpo dejó de ser lo que fue.
 
 “Y además yo estoy muy contento del día que llegue, porque no voy a dilatar”.
 
 —¡Qué pasó, Don Guillermo!
 
 —Es el corazón. Como me puede agarrar aquí, en la calle o donde sea.
 
 —¿Pero se cuida?
 
—Pues me cuido de que no me vaya a machucar un coche, de que me vaya a dar un pisotón.
 
 Haber subido con sus amigos hasta el cráter de los volcanes, es para Don Guillermo la alegría de otra conquista en su vida. Pero no es esta la única cúspide que alcanzó, pues se coloca en la que se deriva del proceso de creación artística con visión artesanal, y nada lo moverá de ahí porque está apoyado en la importancia histórica de la cultura popular. +
 
 PD: Arturo, el próximo 19 de diciembre hará ocho años que murió Don Guillermo. Yo lo entrevisté precisamente en diciembre pero de 2004, año en que comenté al ayuntamiento la importancia de entregarle la medalla Joaquín Rea, pero no se le dio importancia y la entrega de esa condecoración fue declarada desierta. Te comento que la idea de hablar con él fue porque Carlos Tapia me dijo que Don Guillermo estaba un tanto desahuciado y quería que desarrollara el tema de su afición por el ciclismo y darlo a conocer como el destacado deportista que fue en su juventud, pero la historia, como puedes ver, cobró otro rumbo en cuanto lo tuve frente a mí, haciendo lo que de manera excelente hizo toda su vida.
 

domingo, 4 de octubre de 2015

PAREXCA

 
En una época de construcciones efímeras,
cuando la ciudad que conocemos desaparece
tan pronto como dejamos el sueño,
hay quienes aún sostienen el rito de la construcción.
 
Jaime Moreno Villareal


A la memoria de Don Rodolfo Arronte Huerta

 
 
Arturo:
 
Fotografía de Mario Rosas
Todavía en proceso, la recuperación del ex convento del Carmen fuerza la memoria y la visión de los habitantes de Atlixquito.
 
 Es cosa del tiempo.
 
Los mayores con extraordinaria lucidez todavía señalan los rincones para contar lo que ahí había, lo que pasaba, lo que vieron, incluso lo que oyeron desde las casas de junto como fue el estruendo de los fusilamientos cuando el lugar era ocupado por las fuerzas militares.
 
Cuando avanzó la recuperación del ex convento, entre los más jóvenes se sugería y se preguntaba para qué serviría cada espacio rescatado.
 
Hubo también quienes se fueron a fondo en la investigación y te contaron detalles históricos, fueron los menos pero contagiaban, aunque no a todos porque no faltó al que le preguntaste y te dijo: Era su obligación, para eso los contratamos, refiriéndose al gobierno municipal.
 
Fotografía de Mario Rosas
La población culta de Atlixquito sigue creyendo en la importancia de esta obra que a partir de su segunda etapa de rescate desdijo la opinión de ex presidentes municipales de mediados de la década de los 90´s para atrás, presidentes municipales a los que les pregunté sobre la recuperación del ex convento y me contestaron que no había presupuesto que alcanzara para eso.
 
Pero hubo atlixquensitos que no dejaban de soñar mientras el inmueble no era intervenido.
 
Cecilia Cabrera de Campos, desde su delegación de Turismo escribía con pasión sobre el origen, transcurso y pérdida del lugar, pero también de la necesidad de rescatarlo para entregarlo a la utilidad pública.
 

Fotografía de Mario Rosas
El dramaturgo Héctor Azar, uno de los más tenaces y convencidos de que los atlixquensitos podían hacerlo, no cejó a lo largo de los años.
 
La primera intervención

 
Aunque dentro de un programa de rescate de edificios coloniales para cinco estados, en 1991 por fin el gobierno municipal tuvo la oportunidad de participar con el gobierno federal, aportando al 50 por ciento 100 millones  de pesos (de los viejos) para comenzar con labores de limpieza y consolidación de la nave central.
 
Pero las indicaciones de la federación eran que los trabajos a partir de esa inversión debían continuar  a través de un patronato.
 
 El nacimiento de PAREXCA
 
 Héctos Azar se dio a la tarea de reunir a todos los atlixquensitos interesados para concientizarlos de la importancia histórica del ex convento.
 
Fotografía de Mario Rosas
 En esas reuniones, realizadas en el salón de cabildos, el dramaturgo volcaba el entusiasmo, y así lo hizo durante cuatro años, hasta la toma de protesta de ese patronato (PAREXCA), el 25 de septiembre de 1994, en el marco de una serie conferencial realizada entre el 24 de septiembre y el 17 de noviembre de ese año, con temas sobre el ex convento carmelitano de Atlixquito, la protección y restauración del patrimonio monumental, los carmelitas en México y la iconografía carmelita en Atlixquito, entre otros.
 
 PAREXCA nació teniendo como presidente a Héctor Vicario Amador (qpd) y la toma de protesta la hizo Manuel Bartlett Díaz, gobernador de Puebla, en una ceremonia realizada en el mismo ex convento. Ese día Bartlett se hizo acompañar del embajador de Estados Unidos en México, James R. Jones.
 
En esa misma ceremonia, Dolores Dip, coordinadora de la maestría de Arquitectura de la UPAEP y coordinadora de la propuesta de restauración del ex convento del Carmen, habló del inicio de un estudio del inmueble, desde los sistemas constructivos y las causas de su deterioro, hasta un estudio histórico con todos los antecedentes de la población de la localidad, para llegar a la propuesta de restauración que ahí mismo entregó a Bartlett el director general de Sitios y Monumentos Históricos en el país, Sergio Saldívar.


 Jesús Hermoso Bonfil, delegado de la SEDESOL, refirió esa vez la necesidad de un plan global de conservación, toda vez que en el estado la mitad de los 6 mil monumentos religiosos tienen valor histórico.

 Y por supuesto no faltó la intervención de Héctor Azar para decir: “…convento construido en ascensión al monte carmelo sobre el fértil lodacero de la fértil Acapetlahuacan, lugar de los tapetes de carrizos como silbos jilgueros del viento por el valle”.
 
 Los primeros trabajos
 
 El 19 de octubre de 1994, Héctor Vicario, en su papel de presidente de PAREXCA, pidió públicamente al pueblo de Atlixquito participar en la reconstrucción con proyectos, ideas y aportaciones económicas, y pensó en la creación del “Club de amigos del ex convento”, convocando de manera abierta a los atlixquensitos a formar parte de él.
 
Para el 5 de agosto de 1996, la Dirección de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural aprobó que PAREXCA, en acuerdo con el ayuntamiento de Atlixquito y el gobierno federal, “se defina el destino y los proyectos para obras mayores que sea necesario realizar”.


El reto era grande y del mismo tamaño fue el logro con los gobiernos municipales a partir del año 2001 con trabajos en fases (¿por eso les dicen fascistas a los panistas?), sin dejar fuera desde luego aquellos que a través de PAREXCA maduraron la posibilidad, afinando la dimensión del rescate.

Un llamado nacional
 
Para los inicios del nuevo milenio, Héctor Vicario había dejado la presidencia del patronato, ocupando su lugar Don Rodolfo Arronte Huerta, a quien le tocó vivir importantes gestos de solidaridad.

 
Uno de ellos fue que el 20 de octubre de 2001, Helio Bouquetten, del Instituto de Estudios Hispánicos de la Université Blaise-Pascal (Clemont II), llamó a las instituciones civiles y oficiales de apoyo al recate del patrimonio edificado en México, y dentro de esto sumar las intenciones de rescate por parte de PAREXCA, debido a que “el ex convento carmelita de Atlixco (México) ha sufrido todo tipo de atropellos en el último centenario, desde el saqueo de su obra religiosa, su biblioteca latina, hasta la ocupación de las tropas militares en el periodo de la Revolución Mexicana”.

 
 Un llamado internacional

 
Otro fue que el 11 de octubre de 2001, Catherine Alserbergs, del Departamento de Literatura y Dominios Hispánicos de la facultad de Letras y Ciencias Humanas de la universidad de Perpignan, Francia, dio testimonio a las instituciones culturales internacionales de “la importancia histórico-cultural que posee el ex convento del Carmen de la ciudad de Atlixco, Puebla, México”, con el mismo propósito de que PAREXCA encontrara apoyos para el rescate del inmueble.
 
Tocando puertas del exterior

 
 A Don Rodolfo también le tocó que PAREXCA llegara a una de las puertas grandes, la de la World Monuments Watch, con sede en Nueva York para que el ex convento fuera incluido en la lista de 2002 de los cien monumentos más dañados en el mundo, y lograr los recursos necesarios para su recuperación, los cuales, según la solicitud hecha, ascendían a 6 millones de dólares.
 
 Pero el panel de Monumentos en el mundo de la World Monuments Watch, que consiste en los nueve principales profesionales en el campo internacional de la preservación, tras revisar 237 nominaciones a lo largo de cuatro días, hizo la lista de 2002 de los cien monumentos más dañados, en la que no apareció seleccionado el ex convento de Atlixquito.

 
La desafortunada noticia la recibió Don Rodolfo Arronte el 29 de junio de 2001 y, tras haber dado puntual seguimiento a la petición de PAREXCA, contestó al organismo internacional con su deseo de volver a proponer el proyecto en el futuro.
 
 Don Rodolfo

 
Arturo, debo decirte que Rodolfo Arronte Huerta murió hace aproximadamente cinco meses. Cuando recibí la noticia por parte de su sobrino Carlos España, me vino al recuerdo este personaje. Lo recordé solo, con esos documentos de la World Monuments Watch atesorados bajo el brazo y que pocos se molestaron en leer.
 
 Cuando me senté con él para revisarlos, después de la respuesta negativa, los delgados dedos de sus manos los tocaban todavía con vigencia, con esperanza. Sus meñiques alzados resaltaban lo importante de esos papeles que seguramente guardó para nadie con la misma delicadeza conque siempre los tocó.
 
 Todavía lo escucho explicándome, pausado, con palabras filtradas por su grueso bigote para escucharse grave.
 
¿Y todos aquellos?

 
Pero con la desaparición de Don Rodolfo, ¿dónde queda PAREXCA? ¿Dónde todos aquellos entusiastas atlixquensitos con los que se puso por primera vez sobre la mesa el optimismo para hablar de la recuperación de uno de los edificios históricos más importantes de la ciudad de Atlixquito?
 
Creo la actividad partidista jugó un papel importante para que sus miembros se fueran retirando poco a poco hasta quedar solo Don Rodolfo.
 
Y es que eran dos partes imposibilitadas para convivir: supuestos simpatizantes priístas en el patronato y panistas en el gobierno, dos partes cuyas sospechas partidarias entre sí habrían de inhibir un interesante intento de participación social para el rescate de un bien común.

 
La parte más interesante era por supuesto la del patronato, pues a decir de Sergio Saldívar, es una figura (PAREXCA) que explica la necesidad de participación de la sociedad civil con el fin de que la conservación en México deje de ser un problema burocrático; para que se termine con las discusiones bizantinas de los proyectos, las autorizaciones pontificiales de obras y las críticas decisiones centralistas. Decía Sergio Saldívar que hemos hecho de la restauración de monumentos una ciencia confusa y complicada cuando debe ser clara, evidente y racional.
 
Es claro que la ciudadanización de las decisiones en el gobierno sigue siendo una demanda. Los consejos ciudadanos en Atlixquito por ejemplo justifican su existencia solo cuando lograron formarse, pero con algunos miembros a modo. ¿Por qué? ¿Acaso no es de ahora que se reconoce que el verdadero contendiente de los partidos políticos, durante y vueltos gobierno, es la sociedad civil?
 
En fin, el rescate del ex convento del Carmen es ya una aportación a la cultura nacional. Héctor Azar urgía diciendo que era el único ex convento carmelitano de México que faltaba por recuperar, y dejó de serlo.
 
 Dejó de ser objeto ruinoso de contemplación, aunque algunas de sus partes continúan describiendo, como dice Edward James, una aspiración de amplitud y altura porque los muros pendientes de reparar son un trazo de la mirada en ascenso que todavía no indican conclusión. Son una arquitectura que continúa  intentando tocar el cielo. +
 
 PD: Arturo, no entiendo. En 1987 me propuse escribir un reportaje sobre los lugares donde había estado la cárcel de Atlixquito. Fui al archivo municipal —donde ahora se pierden las cosas— y pedí el expediente del ex convento del Carmen porque ahí estuvo alguna vez la cárcel. Saqué copia a los documentos y terminé escribiendo un reportaje sobre el ex convento. Desgraciadamente un siniestro doméstico originó que se quemaran estas copias y el reportaje que alguna vez fue publicado en Entrevistas y Comentarios (también esa evidencia se quemó y en el archivo de este periódico, ya desaparecido, no tenían el ejemplar cuando lo busqué). No quedó nada. Así que 5 o 6 años después me propuse rehacer ese texto, pero fui al archivo y se me dijo que el expediente había desaparecido. Y digo que no entiendo porque ahora resulta que en estos días robaron del archivo municipal un documento del ex convento. Que alguien me explique o me quedo con lo que sigo creyendo desde entonces: aquella vez no me lo quisieron prestar.
 
 Eso por un lado. Por el otro: ¿Conoces los detalles de la convivencia de danzantes y organizadores en el atrio del ex convento de San Francisco con motivo del primer Atlixcayotl que en 1966 se realizó en el cerro de San Miguel? Te lo voy a contar, pero hasta finales de este año, cuando Atlixcayotl cumpla, ahora sí, 50 años, el 20 de diciembre próximo.

Hace más de 24 años, Don Rodolfo Arronte bailando con su sobrina Lucina Soberanes Arronte, en una de las Arrontadas, convivio que la familia Arronte realizaba en la granja de la colonia El Popo, propiedad del finado ex jefe de la Policía Judicial en Puebla, Moguel Álvarez.