martes, 30 de junio de 2015

Cayuqui quiso ser moreno



Arturo:

En la revista Tierra Adentro apareció un artículo en el que se decía que Cayuqui alguna vez intentó ser moreno, y que para esto, refiere la publicación, llegó a revolcarse en el lodo.

—¿Es verdad esto? —le pregunté.

—¡Claro que no! —gritó divertido y agregó—: Eso debió escribirlo alguien que me tiene mala fe. Quien diga eso son fantasías, solo quieren limpiarse conmigo.

Pero lo cierto es que Cayuqui siempre quiso ser moreno, lo afirmó en nuestra conversación; y aunque no revolcándose en el lodo, lo intentó con otros métodos.

La fórmula fue de un amigo suyo, hijo de alemán que vivía en la ciudad de México: aceite de coco, violeta de genciana y yodo. Todo revuelto para untarlo en el cuerpo y exponerlo al sol.

Pero antes su amigo hijo de alemán le había mostrado el color de su piel.

—Mira, Cayuqui. Yo me hice moreno. Mira mi color. Y tú sabes que era blanco —le dijo al tiempo que le mostraba la parte de atrás de la oreja donde conservaba el lechoso y transparente color original.

Cayuqui aceptó llevar el menjurje, y en su casa de la Cruz Verde en Atlixquito  lo untó en el cuerpo y se asoleó en la azotea. Lo hizo varias veces y quien lo vio dijo que estaba loco.

—¿Y cambiaste de color? —volví a preguntarle.

—No, pero me pelé como iguana.

Recuerda que una vez se maquilló para una exhibición de trajes de Oaxaca y poder exponer ante la esposa del presidente Adolfo López Mateos un traje de tecuate (mixteco) de Santa María Zacatepec.

—¿Y por qué tuviste que maquillarte?

—Para portar el traje con dignidad.

Para esa ocasión también se rasuró los bellos.

—¿Te sientes frustrado por no poder ser moreno?

—Soy filosófico y eso me ayuda a entender las cosas —expresó con conformidad y agregó con resignación—: Uno es como es. Hay que aprender a perdonarse uno mismo. Por lo contrario he podido pulir mi mexicanidad.

—¿Y cómo lo has hecho?

—Viendo películas de Pedro Infante.

—¿Por qué admiras a los indígenas?

—Es lo único que vale en México. Sin ellos seríamos un país latinoamericano cualquiera. Además me gusta su color. Me hubiera gustado también tener mi casa junto al río y sembrar, pero no pude hacerlo.

—¿Con tu morena a un lado?

—Sí, de trenzas.

—El primer indio que Cayuqui vio en su vida fue india. Él tenía ocho años de edad. Era una hermosa morena piel roja que viajaba en el tren con rumbo a Nueva York. Iba apacible, recargada en la ventanilla, apartada de todos y de todo.

—¿Qué pensabas mientras la veías?

—“Se ve muy bella” —murmuró con lejanía, como si volviera a ver a la mujer que lo marcaría de por vida y se convirtiera en el elemento esencial que, debatiéndose entre las razas humanas y sus mezclas, el color sobreviviente hasta nuestros días finalmente terminara explicando su propio predominio para disfrutar y defender su legitimidad y pureza.     

Yvonne Regine Noel, madre de Cayuqui era una hermosa modelo del pintor judío Alex O. Levy. Posaba para la ambientación de presentaciones museográficas y tenía una amiga piel roja, también modelo de nombre Al-Com-zú-pha.

—Ella fue la segunda india que conocí en mi vida. La vi por primeara vez en las fotostáticas de las pinturas de Alex O. Levy. “¿Quién es? ¿Por qué se ve diferente?”, le pregunté a mi madre…

Arturo, este tema simplemente apareció en la parte final de nuestra conversación. Era el 15 de febrero del año 2000, y estábamos en mi casa, hablando de las razones por las que una vez más se ausentaría de Atlixquito para regresar a vivir al Itsmo de Tehuantepec, lugares ambos en los que nunca quemó el barco, siempre volvió. Sus motivos para irse de allá o de acá, se habían vuelto una constante.

Pero algo importante, quizá lo más, es que detrás de cada partida a cualquiera de estos dos destinos, dejó detrás una estela de personas que definen al mismo tiempo sus estancias, gente a la que moldeó de tal manera en la convivencia para entender que sus ausencias son temporales. Nunca se va, siempre vuelve. Irse no es definitivo en su vida; es, creo yo, una manera de vivir en libertad. +

Pero Arturo, también te cuento esto para que ya no te avergüences de ese color chintete que te cargas. +    

miércoles, 3 de junio de 2015

Anciana cuidadora de ancianos


Los mayores ya no son
su cuerpo, son su alma
Emma Godoy

Arturo:

He estado escuchando un audio de Sor Teresa (qpd), y no puedo evitar reconocer mi predisposición natural a la indulgencia que en mi profesión me exige escudriñar en los detalles antes de tocar una historia de vida. Es quizá el miedo a lastimar por no saber diferenciar lo público de lo privado.

Recuerdo que a Sor Teresa la vi por primera vez en mis tiempos de secundaria, subiendo y bajando con su bolsa de mandado, con el hábito religioso comido por el sol y sus zapatos toscos y maltratados, siempre dando distintas impresiones: mujer de fortaleza física a tono con el gesto rudo de su cara en la que la boca de labios apretados contrastaban con los ojos que sin embargo lograban de vez en vez ennoblecer la mirada.

Era bajita de estatura, pero las apreciaciones en otros eran de admiración por un lado y de “hostigamiento” con sus pedimentos por el otro.

De la primera destacaba la suma de muchos a su favor para mantener en pie  el asilo de ancianos San Juan de Dios, y de la segunda sus reacciones cuando algún comerciante le negaba la limosna. “Agarrados”, cuentan que respondía con enojo.


Y es que con Sor Teresa había llegado a Atlixquito, en 1960, una mujer endurecida por tanto pedir para poder ayudar, aunque sin desviar su definido propósito, muy fijo desde los siete años de edad.

Contaba que siendo niña “había una imagen grandota de la virgen con el Niño Jesús en los brazos y le decía: Madre Santísima, fíjate bien, que ese niño que tienes en tus brazos va a ser mi esposo. Pero cállate la boca, no le digas a nadie, nada más tú y yo lo sabemos”.

Sor Teresa nació en Torreón, Coahuila (1914), en los tiempos en que “se comenzaba a decir que no querían oír la palabra ‘Dios’ en las escuelas de gobierno”, lo que llevó a su madre a separarse del magisterio “porque decía: Yo no voy a ganarme el dinero del gobierno negando la existencia de Dios”.

Así que se fue con sus padres a vivir a San Juan Bautista del Mezquital, hoy Juan Aldama, Zacatecas. Tenía nueve años y le gustaba dar la limosna a quienes llegaban a pedirla en su casa.

“Corría yo al montón de mazorcas, o al montón de maíz y de frijol y todo junto lo echaba a mi mandil y se lo daba al anciano que iba a pedir limosna y decían: Ay, con esta criatura no se va uno a morir de hambre. Muchas gracias, señora, muchas gracias, que bonita niña tiene usted. Así le decían a mi mamá.”

Normalmente en su casa tenían a uno o dos ancianos a quienes asistían dándoles de comer y lavándoles la ropa.

“Había viejitos (en su casa) que se ocupaban de hacer cositas a mano, tallar figuritas de madera y otros que se mantenían de hacer armazones de sillas”.

Desde niña la invadió el deseo de pertenecer a un convento, y fue a la edad de catorce años cuando le dijo a sus padres: “¿Saben qué? Yo me voy a ir a un convento”. “Estás loca”, contestaba su padre, “porque no hay conventos, ya no hay monjas. Benito Juárez clausuró los conventos y puso en la ley prohibir que se hicieran votos religiosos y que se funden comunidades religiosas. No hay permisos de fundar conventos, ni hay permiso para que haya monjas, ni para que nadie haga votos para vivir en un convento. ¿A dónde te vas?” “Pues yo hago el mío; yo voy hacer mi convento”, respondía ella.

Se le citaba como autodidacta por no contar con constancia de estudios, pero fue su madre quien la enseñó a leer y escribir. Todavía recordaba los libros de Mantilla, de Torres Quintero, obras en las que los alumnos encontraban poesía y la existencia de Dios.

Su deseo de ser monja lo inspiró la vida de Santa Eufrasia (virgen carmelita), quien desde niña consagró su vida a Dios. Era el libro de su lectura preferida y que la inspiró a decidir su vida.

Al igual que sus padres, fue terciaria franciscana y a los quince años se hizo Hija de María. A los dieciocho ya profesaba en la Orden Tercera de San Francisco y luego se dedicó a las horas de apostolado, como catequista y a predicar en los pueblos como misionera. Era entonces el gobierno de Lázaro Cárdenas, tiempo en el que ingresó al Grupo de Juventud Femenina Mexicana.

Fue rechazada en su intento de enclaustrarse en un convento en el estado de Durango, donde sin embargo ingresó a un hospital que le enseñó la enfermería.

Pero su deseo ya se había materializado en la indumentaria: su aspecto era el de una monja sin serlo todavía.


Se fue a la Ciudad de México, donde estuvo con las madres del Perpetuo Socorro y donde conoció a quien llamaba hermana Sor Elena. De ahí, las dos fueron despedidas y fundaron su propio internado de niñas huérfanas.

Recordaba que estando en la Ciudad de México, vendiendo en las casas comerciales las manualidades que hacía, fue detenida por la policía en una redada de limosneros que pedían para niños pobres. Estuvo quince días encarcelada.

Tendría entonces 35 años de edad y fue en el año 1960 cuando junto con Sor Elena llegó a Atlixquito, tras andar por diversos lugares en su calidad de misioneras.

Aquí llegaron a la casa del maestro Benjamín Zepeda.

Conformar un pequeño grupo de enseñanza de niños pobres era su propósito. En esta cruzada conoció al maestro Graciano Tecuanhuey Morales y fundó la escuela General Nicolás Bravo, valiéndole en 1979 la expedición de un diploma de reconocimiento a su labor por parte de la SEP. De ese documento tomó el logotipo para rotular los recibos que entregaba de las limosnas que recibía para el asilo San Juan de Dios, lo mismo que el año “1979” con motivo del cuarto centenario de la fundación de la ciudad de Atlixquito.

La labor de atender ancianos asilados la comenzó en la Casa del Pueblo cuyo dueño la advirtió de no hacer de su casa un prostíbulo. Ofendida, Sor Teresa acudió a Luis Sánchez Domínguez, director del hospital municipal, quien junto con Julio Gallardo D’ Martíni, entonces administrador del mismo nosocomio, y la autoridad municipal, le destinaron la ruinosa construcción de la calle Degollado 306, donde hasta estos días se encontraba el Asilo de Ancianos San Juan de Dios, y que con la ayuda de muchas personas pudo hacerla habitable.


Pero “yo me sentiría satisfecha y cerraría mis ojos con tranquilidad, me iría contenta si supiera que el lugar que estamos ocupando, usurpando, diremos, porque quienes me dieron el predio me lo proporcionaron, pero no me dieron ningún documento, ningún título para poder decir esto es mío, y tengo el alma en un hilo porque me voy a morir y mis ancianos van a quedar a la deriva porque esto me lo dijeron quienes me lo dieron, que no era mío, que era prestado mientras yo viva”.

Sor Teresa decía que en cada anciano que ayuda ve a Cristo. Con esta proyección llegó a los 91 años de edad y aún así deseaba tener un lugar para ayudar a niños abandonados…

Arturo, en 1989 fue cuando me acerqué por primera vez a ella, con el fin de hacer un reportaje del asilo San Juan de Dios para la radio local. Terminé impresionado, no por lo decrépito en que nos volveremos, sino por la reciedumbre de una mujer que a los atlixquenses les entregó resultados con la conversión de la limosna en esperanza de vida; pero más aún, porque se había vuelto la oportunidad de todos esos necesitados de perdón que equivocadamente llaman altruismo a las obligaciones espirituales, antañones también muchos de ellos, pero que finalmente mancillan el alto rango de la vejez.

Conservo grabada la voz de los ancianos de entonces, con lo doloroso que resulta la lucidez cuando desarmoniza con las condiciones del cuerpo; y tengo guardada también la voz de Sor Teresa, la mujer que hacía de Cristo el camino para que Dios la descubriera.


Arturo, por su vida meritoria, Sor Teresa recibió la Medalla Joaquín Rea en octubre de 2005 y el presidente municipal Manuel Vargas Martínez pronunció un emotivo discurso que le dobló la voz. La presea sin duda esa vez fue otorgada al entendimiento de que la ancianidad, como dice Emma Godoy, es cima, no decadencia. Sor Teresa fue la anciana que cuidaba ancianos a la edad de ser asilada. +