jueves, 30 de octubre de 2014

Construcción del panteón municipal





Por: Héctor Estrada Casas

Arturo:

Nuestro actual panteón municipal se construyó en el transcurso del año 1903. El proceso de la obra muestra aspectos de gestión poco diferentes a las administraciones municipales actuales y referencias igualmente similares de demanda de los servicios públicos. Se ve desde entonces la dependencia que el municipio tiene con el Gobierno Estatal, y se hace notar de la misma manera la buena disposición de las partes al signar contratos en los que destaca el cumplimiento de compromisos. Vayamos a este ejercicio que se hizo en Atlixquito hace 111 años.

 


La gestión

El 10 de febrero de 1903, los regidores de Hacienda y de Salud, Eduardo Cabrera y Teodoro Salazar, respectivamente, y el presidente municipal de Atlixquito, I. Ávalos, dieron a conocer al Gobierno del Estado la necesidad de un nuevo panteón, pues “hace más de 50 años que se edificó cerca del centro de la ciudad el panteón denominado San Pedro” que, “por su pequeña superficie y malas condiciones higiénicas, es una constante amenaza para la salud pública y ya no cuenta con un solo metro cuadrado disponible para continuar verificando las inhumaciones de los cadáveres”.


 Aseguraban que “desde hace tres años el ayuntamiento trata de resolver el problema, pero la penuria del tesorero municipal impide llevar a cabo tan importante mejora” e informaban que el ayuntamiento, de acuerdo con Francisco P. Hernández, jefe político del distrito, iniciaron los proyectos de un nuevo panteón cuyo monto asciende a 5,600 pesos (viejos), más 2,350 pesos para la adquisición del terreno, según el proyecto hecho por el Ingeniero Rafael Serrano.

Se aprovechó para pedir un donativo al Gobierno del Estado, “pues el ayuntamiento de Atlixco solo podrá proporcionar 2,400 pesos en el transcurso de ese año (1903), faltando 5,500 pesos.

La adquisición del terreno

El 16 de marzo de 1903 se compró el terreno ubicado en la calle de La Ferrería, siendo propiedad del señor Samuel Manjarrez.

Este terreno antes perteneció al señor Joaquín Hernández Buenabad, quien verificaba su propiedad legal desde 1826. Después lo dio en permuta el 25 de junio de 1884 a la madre de Samuel Manjarrez, Doña Dolores Ramírez, quien al morir dejó la propiedad a su hijo a partir del 26 de diciembre de 1896.

Samuel Manjarrez vendió el terreno al ayuntamiento en 1,600.43 pesos, y los 394.57 pesos restantes del precio convenido quedaron reconociéndose por el término de un año, con un rédito de 6 por ciento anual, a favor de los menores Miguel, Carlos, Julián, Alicia y Carmen, hijos de Don Samuel.

Se levantó del terreno la siembra de alfalfa que tenía y, una vez realizada la compra venta, en la escritura se asentó que el ayuntamiento cedía a perpetuidad un lote de cuatro metros cuadrados en primera clase para el señor Samuel Manjarrez y su familia, y otro de dos metros cuadrados en segunda clase para el arrendatario del terreno, Mariano García.

Del adeudo

El 26 de marzo de 1903, los regidores Eduardo Cabrera y Teodoro Salazar dieron al ayuntamiento algunas sugerencias para llevar a cabo los pagos pendientes. Pidieron por ejemplo que a partir del 1 de mayo de ese año, Recaudación de Rentas proporcionara semanalmente la cantidad de 100 pesos, hasta completar los 2,000 pesos que ya había facilitado el Gobierno del Estado para la compra del terreno.

El contrato

El ayuntamiento y los ingenieros Salvador Toscano y Rafael Serrano celebraron un contrato a reserva de ser aprobado por el Ejecutivo del Estado, acordando que ellos deberían entregar la obra el 15 de diciembre de 1903. El ayuntamiento se comprometió a entregar a los ingenieros, como pago de la obra, la cantidad de 8,500 pesos, los cuales serían entregados por partidas de 80 pesos semanales. También se acordó que si los ingenieros no entregaban la obra el 15 de diciembre, pagarían 10 pesos al ayuntamiento por cada día que pasara después de esa fecha.

Salvador Toscano y Rafael Serrano entregaron las características del nuevo panteón, especificando cada uno de los trabajos y su precio, dando un costo total de 8,517 pesos, incluyendo 774 pesos de honorarios al 10 por ciento.

3 de mayo de 1903

Se colocó la primera piedra

El ayuntamiento informa

El 25 de junio de 1903 se envió el presupuesto de la obra al Gobierno del Estado y le pidieron recursos para terminar los trabajos en la fecha comprometida, ya que el ayuntamiento solo tenía disponibles y autorizados 3,000 pesos, es decir, alrededor de la tercera parte.

Hicieron saber que del 3 de mayo al 20 de junio se habían invertido 1,139.90 pesos en herramientas, materiales de construcción y sueldos de operarios, quedando por invertir 1,860.08 pesos, por lo que le pidieron autorización para aumentar hasta 900 pesos la partida relativa a la obra.

La respuesta

El 11 de junio de 1903, el Gobierno del Estado contestó positivamente, autorizando adicionar la cantidad necesaria, tomándola del presupuesto vigente del municipio de Atlixquito, y con esto se elevó a escritura pública el contrato del 24 de junio entre Salvador Toscano, Rafael Serrano y el ayuntamiento.

La obra

En la notaría pública del distrito de Atlixquito se asentaron nuevamente los acuerdos del 24 de junio, y los ingenieros especificaron lo siguiente:

“Cimientos de mampostería de piedra. Mochetas y serramientas de puertas y ventanas de mampostería de ladrillo. Muros de adobe con cadenas de ladrillo, pisos de ladrillo de la mejor calidad que se encuentre. Pavimento de piedra de tecali y escaleras de piedra de cantera labrada. Cornisas de loza, lámina o en su defecto de ladrillo, y banquetas de loza de un metro de ancho. Las ventanas y tres de las puertas con bastidores con un solo vidrio en cada hoja. Puertas plegadizas de madera y chambranas pintadas al óleo; las ocho puertas restantes serán de madera y sin bastidores y las rejas de 5 octavos cuando menos. La administración y la sala irán con papel tapiz; el anfiteatro pintado con pintura de aceite. Se construirá un lavadero en la zotehuela, un excusado de pozo y se hará un caño para recoger desagües del edificio. Se instalará agua potable con tubería de una pulgada para surtir el lavadero, cocina, anfiteatro y dos llaves en la fachada. El arreglo del frente del edificio comprende solo la parte situada entre la banqueta y éste. La barda que rodeará al panteón será de 500 metros de largo por 4 metros de alto y en la parte superior un caballete revocado con mezcla y sólo se aplanará la parte frontal del exterior. Las calles del interior serán de 2 metros de ancho y se harán de una capa de tepetate, o cascajo apisonado y arena. Tendrá una fuente de mampostería de 1.60 metros de diámetro y 60 centímetros de alto. El edificio llevará un asta bandera y se arreglarán 1,200 metros de calles en el interior.


1 de enero de 1904


Según el libro que guarda nuestro panteón municipal, éste fue inaugurado por el jefe de distrito Don Francisco P. Hernández.   

miércoles, 29 de octubre de 2014

...y llegó la computación Atlixquito

Por: Héctor Estrada Casas



Arturo:

José Manuel (Pérez Peralta) y Gustavo (Pérez Ramírez) se conocieron en la primaria particular “Patria”, la que se ubicaba a la vuelta del mercado Benito Juárez, en la 5 Oriente, atrás de la Farmacia Hidalgo, donde ahora está un estacionamiento de Arturo Muñoz pues.

¿Ya te acordaste?

Bueno.

Gustavo recuerda que en esa escuela solo estuvo un año porque luego sus padres lo llevaron a la “Héroes del 4 de Mayo”, donde terminó la primaria, sin embargo después se reencontró con José Manuel en el Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos (CECyT) No. 46, cuando él iniciaba la secundaria y José Manuel terminaba la vocacional.

Al igual que en el “Patria”, en el CECyT Gustavo siguió ubicando a José Manuel jugando fútbol, o cuando iba a taller, o en los constantes cambios de salón que se originaban debido a que la secundaria había invadido sus espacios originales, de tal forma que andar en el CECyT de salón en salón era costumbre en José Manuel y se hizo costumbre en Gustavo, y por estos movimientos todos se conocían, lo que permitía armar juegos de fútbol entre secundaria y vocacional, partidos que en ocasiones terminaron a pedradas.


A finales de julio de 1984 volvieron a dejar de verse, debido a que Gustavo —invitado por su hermano mayor, Rafael Hugo—aceptó concluir un curso de regularización de matemáticas en la preparatoria Antonio Elizaga y Ruiz Godoy (UPAEP Atlixco), y en julio de ese mismo año el director, Raúl Tlachi Escobar (qpd), lo invitó a dar matemáticas.

Pero los reencuentros continuaron, pues a finales de ese mismo mes, Tlachi le presentó a Gustavo como jefe del Área Técnica nada más y nada menos que a José Manuel.

Para entonces José Manuel era alguien que ingresó a la docencia en 1976, inquietándole el proceso de las formas tradicionales de enseñanza; que había dado dibujo técnico y ciencias naturales en la secundaria Patria, Matemáticas en el Josefino, química en la preparatoria Atlixco, y que en el Instituto Normal Enrique Benítez, de las monjas religiosa salesianas (parte femenina de la obra de San Juan Bosco), actualizó los laboratorios de cómputo donado por la Coca Cola con máquinas Comodoro, desarrollando un sistema de control de colegiaturas que se replicó en las escuelas de esta orden religiosa en el Estado de México, Puebla y Michoacán. Este fue el primer sistema que José Manuel creó.

Gustavo considera que él y José Manuel revolucionaron en la UPAEP Atlixco la enseñanza de las matemáticas, de la física y de la química, adecuando los planes de estudios para hacerlos más dinámicos. Pero no quedaron solo en eso porque además involucraron por primera vez a la institución con la computación, debido a que la materia ya se incluía en las preparatorias de la ciudad de Puebla, y esto ponía a los alumnos atlixquenses en desventaja al ingresar a la universidad.

Sus conocimientos de programación se limitaban a lo aprendido en sus carreras profesionales: ambos en FORTRAN IV, que requería de elaborar el algoritmo, codificarlo y “correrlo” para verificar si funcionaba y/o estaba bien, pero a José Manuel ¡todavía le había tocado programar en tarjetas perforadas!

Bien, José Manuel expuso a la dirección de la prepa su idea con el tema de la computación, y fue aceptada. Gustavo le preguntó quién se haría cargo y le contestó: “Tú eres el responsable”, pero a la postre los dos tomaron el reto.

José Manuel y Gustavo iban con emoción y entusiasmo a la ciudad de Puebla, a la Avenida Juárez, a un negocio de computadoras que se llamaba Telemátika, ubicada entre la 17 y 19 Sur, donde platicaban con el gerente de ventas sobre los planes que se tenían para la preparatoria en Atlixquito. Se informaban del tema de la computación —para ellos nuevo— y regresaban cansados pero llenos de revistas extranjeras de programación y nuevas ideas.

Para agosto de 1985 pudieron contar con 3 computadoras Apple lle, 1 Apple II+ y una impresora ATI de matriz de puntos. Con estos equipos comenzaron cursos de capacitación para amas de casa y para particulares, con lo que generaron los recursos para mantener el laboratorio de la UPAEP, donde además de enseñar también a los alumnos, desarrollaron aplicaciones para el control de asistencias, elaboración de listas de asistencia y de todo lo que ideaban.

Un logro notable fue que en los juegos interprepas de 1986 sus alumnos fueron reconocidos por sus conocimientos de la computadora. Y es que mientras en Puebla se tecnificaban, los muchachos de Atlixquito llegaron con presentaciones de gráficos —que entonces eran complejas—, hechas en lenguaje Basic.

José Manuel y Gustavo siguieron enseñando, pasando por LOGO (novedoso lenguaje para enseñar computación a niños y del que después recibieron capacitación para resolver derivadas), dBase I, II, III, IV, Turbo Basic, Fox Base y aplicaciones como AutoCAD, DesingCAD, Lotus 1-2-3, paquetería... y de todos éstos fueron autodidactas.

Fue en ese mismo año (1986) cuando José Manuel dejó la preparatoria y Gustavo quedó a cargo del Área Técnica de la UPAEP, y aunque José Manuel ahora trabajaba con un proveedor de VolksWagen, no perdieron el contacto: ocasionalmente comían juntos y salían hacer ejercicio los fines de semana en el Cerro de San Miguel.

Un día José Manuel llegó a la prepa e invitó a Gustavo a un departamento que rentaba sobre la 3 Sur —más adelante lo llamarían “el despacho”—, a un costado del Banco Internacional. José Manuel había comprado una computadora UNISYS que utilizaba un sistema operativo “nuevo” y que para muchas de las aplicaciones requería de un dispositivo llamado “mouse”. José Manuel le explicó a Gustavo que ese tipo de computadora era la que se requería para su trabajo. A Gustavo no le agradaba la idea de manipular la información con el mouse,le era incómodo; le gustaba más trabajar con sus Apple. Además, Gustavo recuerda que IBM había declarado que las computadoras eran una moda pasajera que desaparecería en menos de dos años, sin embargo José Manuel estaba entusiasmado porque al tema le veía futuro.

A partir de ese día comenzaron a reunirse por las tardes, dos o tres veces por semana para hablar de computadoras y de música. José Manuel le enseñaba a Gustavo sus progresos en aplicaciones en Lotus 1-2-3 primero, y en dBase después.

En agosto de 1987, José Manuel regresó a la docencia, ahora en la escuela Miguel Hidalgo y Costilla, hoy plantel de la secundaria UPAEP, sobre la 3 Oriente, cerca de la Estación del Tren; y un día por la tarde, en el despacho le dijo a Gustavo: “Vamos a dedicarnos a programar y a vender equipos. Creo que con lo que sabemos podremos hacer algo”. Esa tarde fue planear y soñar lo que sería el primer negocio de computadoras en Atlixquito.

Mientras Gustavo revisaba unos trazos en AutoCAD para determinar el área de un terreno, en un papel y con tinta azul José Manuel ya escribía posibles nombres para el nuevo negocio hasta decidirse por el de “Microserv Atlixco” cuya misión sería la venta y distribución de equipos de cómputo, capacitación para su uso y desarrollo de programas y aplicaciones a la medida del cliente...

Microserv había creado sistemas para control de farmacias, de análisis clínicos, de alimentos para ganado y para la notaría de la Parroquia de la Natividad. Y mientras continuaba vendiendo y dando mantenimiento a los equipos de sus clientes, José Manuel regresó a trabajar con las madres salesianas pero, estando en esto, las inquietudes ciudadanas, que por cierto ya mellaban el viejo sistema de gobierno de Atlixquito, hicieron que José Manuel fuera invitado en 1995 para revisar los equipos de cómputo de la campaña de Salvador Escobedo, sin sospechar siquiera que estaría abriendo la puerta para demostrar al país desde Atlixquito lo que hace diez años reconocería Andrés Hofmann (Revista Política digital): “La sola posibilidad de relacionar cualquier tipo de información, por abstracta que ésta sea, con el espacio físico, representa una oportunidad que no ha sido suficientemente prevista por nuestros gobernantes”.


Arturo, la retrospectiva que hago esta vez con la trayectoria profesional de José Manuel Pérez Peralta, quien trasciende y aporta, entre otros, al origen y construcción de los gobiernos basados en sistemas cartográficos, tiene un punto de arranque: su calculadora Texas Instrument 57. En ella descubrió el potencial de todo lo que más adelante te platicaré; en ella comenzó a soñar con las computadoras. Fue una calculadora que adquirió en abonos y en la que vivió su primera experiencia en Programacion. En ella empezó a estructurar su forma de pensar y hoy la reconoce como herramienta básica para comprender los sistemas y procedimientos. +

miércoles, 1 de octubre de 2014

El Temachtiani Eulalio y la Conquista de México


Por: HÉCTOR ESTRADA CASAS

C
ada danza del Atlixcayotl tiene una historia de rescate hecha por Cayuqui. Así que déjame contarte ahora la de “Los Doce Pares de Francia”, que en algún momento fue sustituida por “La Conquista de México”, con el fin de hacer presentaciones en foros nacionales.

Alguna vez Cayuqui convenció al maestro Eulalio García y a sus moros y cristianos para que participaran en el Atlixcayotl.

La danza-drama de Los Doce Pares de Francia era un juego de moros escenificado por humildes actores campesinos y en la que Cayuqui ejecutaba el papel del Rey Clarión, un viejo moro reacio, adverso a las enseñanzas del cristianismo que trataban de meterle a puro machetazo.

Vestuario y ensayos

Cayuqui había comprado con entusiasmo los materiales para confeccionar su indumentaria, compuesta de una nahuilla de tiras de diversos colores, orlada en la parte inferior por un fleco de seda dorada; un corpiño de terciopelo morado, adornado con la faz del Dios Sol; una corona de hojalata encalada a fuego en colores amarillo, rojo y verde, cortada en tres tiras sobrepuestas y rematadas en un esferita y en la media luna musulmana; un machete, un par de medias rojas con rayas amarillas y negras y un par de botines amarillos. Pendiente de la parte posterior de la corona, una mascada de charnet verde bandera bordada y, en una esquina, una rosa marisada en tonos carmesí.

Los movimientos y el manejo del machete no fueron problema para Cayuqui, no así la memorización de los parlamentos, pues en la ejecución de éstos constantemente el maestro Eulalio lo auxiliaba con el sobado cuaderno de Los Doce Pares de Francia.

Aunque los demás moros y cristianos atravesaban por el mismo problema, a Cayuqui le apenaba sobremanera no poder memorizar los cuartetos que aun estando en rima le era difícil recordar cuál iba primero y cuál después.

“Todos eran –recuerda— una sarta de injurias en contra de mis enemigos los cristianos, y se parecían por lo tanto a los insultos rimados que me lanzaban a la vez”.

El maestro

El Temachtiani Eulalio García González era un anciano enjutado por la edad. Su carácter bondadoso iba acorde con el cuidado cariñoso que daba a los cuadernos antiguos de Relación que le habían encomendado sus antepasados.

Don Eulalio estaba dedicado por completo a la preservación y representación de varios moros y cristianos, entre ellos Los Doce Pares de Francia, sin duda la más ambiciosa en cuanto a producción, así como El Reto de Gonzalo y El Gran Cerán, entre otros.

La imagen de Don Eulalio que Cayuqui no olvida, es la de su figura extenuada, arropada con camisa de manta y pantalones de mezclilla, asomando siempre la cinta de los calzones de manta, con sombrero de lona blanca u otro que tenía de palma.

“Siempre lo recordaré así —dice—, con el cuaderno frente a la cara, sus lentes redondos de aros metálicos y recitando los versos de sus danzas con voz alta y delgada”.

Don Eulalio era oriundo de Tochimilco, centro de difusión de este complejo morisco de la danza-drama mexicana. Vivía en una casa modesta de la colonia Guadalupe Victoria de la ciudad de Atlixquito, junto con su esposa, hijos y nietos. Desde ahí regenteaba a un ejército de moros y cristianos que vivían  dispersos en otras colonias y pueblos cercanos.

Estos moros y cristianos acudían a los compromisos adquiridos por Don Eulalio. Participaban en las festividades religiosas que se celebraban en honor a los santos titulares de la región.

Nunca hubo un ensayo; cada quien por su cuenta se dedicaba a memorizar su papel y se aprendían los pasos de la danza y el manejo de los machetes, observando a los demás y practicando entre ellos.

El compromiso de participación era de tres años, pero muchos representaban el mismo papel  durante la totalidad de su existencia.

Nadie cobraba su actuación, de la misma manera que el maestro Eulalio no recibía remuneración alguna por sus enseñanzas. La única recompensa era saber que se había servido al santo Patrón y al Dios Supremo.

Otros bailaban por el gusto de andar en el jolgorio, recibiendo los obsequios: refrescos, pulque y comida ofrecida por los mayordomos.

El Temachtiani Eulalio García nunca impartió clases formales, pero sí compartió amplios conocimientos de su peculiar filosofía cosechada a través de argumentos de su repertorio de danzas y moros.

Era evidente que asociaba a los cristianos con el conquistador español y a los moros con los indígenas vencidos y se sentía atraído por la causa de los moros, poniéndolos al parejo de los mexicanos subyugados.

La Conquista de México

Un día, Don Eulalio mostró a Cayuqui el texto de diálogos de una de sus danzas que dejó de ser presentada durante lustros, aún antes del estallido de la Revolución de 1919. Tenía el título de “La Conquista de México” y era propiedad de su tatarabuelo Nicolás García.

Otro texto fechado en 1820, hizo comprender a Cayuqui que más que una danza de la Conquista se trataba de un verdadero drama de reconquista, pues los villanos de la obra eran conquistadores españoles, cosa inusitada en las danzas de los moros y cristianos.

El texto de esta danza-drama tuvo un pasado turbulento. Había pasado de manos del tatarabuelo Nicolás García al abuelo Juan Guillermo García, y de él pasó a manos de los tíos para que finalmente lo recibiera el padre de Don Eulalio.

En la Revolución de 1910 a 1920, durante el saqueo al pueblo de Tochimilco, el cuaderno original, junto con otros objetos de valor de la familia García, fue enterrado en el traspatio del solar familiar. El hoyo fue cubierto con un zarape y una capa más o menos gruesa de tierra. Sin embargo éste fue hallado por el bando contrario que se llevó los objetos, dejando el cuaderno expuesto a la lluvia y el sol por varios días. Don Eulalio se dio entonces a la tarea de restaurarlo, copiando nuevamente los textos, de los cuales algunos ya no eran legibles.

Don Eulalio hizo otra copia manuscrita para Cayuqui, quien devoraba el texto golosamente, y mientras más estudiaba, más apreciaba su valor histórico, pues reflejaba el espíritu de una nación recién salida de la dominación extranjera, después —hasta entonces— de tres siglos de aflicciones.

Cayuqui cuestionaba a Don Eulalio sobre cómo era montada antiguamente la obra, dónde y por qué no se continuó su presentación. Él respondía escasamente que “un párroco había prohibido una presentación durante las celebraciones del 3 de mayo en su pueblo natal”.

Los diálogos de este drama le parecieron a Cayuqui mucho más vitales que los textos de Los Doce Pares de Francia, más que El Reto de Gonzalo o los pasajes de El Gran Cerán. Su mensaje llegaba más cerca del corazón que el de aquellos, pues la trama trataba los padecimientos de la querida patria.

Cayuqui, pues, trató de convencer al maestro Eulalio para sustituir a Los Doce Pares de Francia por la Conquista de México y por lo tanto comenzaron una conversación que a Cayuqui le proporcionó nueva información, pues la Conquista de México difería en gran medida con la marcha de moros.

En esta conversación, Don Eulalio explicaba que como no había música de viento utilizaba para esa obra el teponachtli al golpe del tambor.

Cayuqui no logró montar la Conquista de México con los muchachos que bailaban los moros, sin embargo, tiempo después, al formar un grupo de danza regional en Atlixquito, logró escenificar solo una parte de esta obra porque el grupo desapareció.

Cuando Cayuqui se instaló en el Departamento de Investigación de Teatro Indígena que fundó en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, en junio de 1977, pudo interesar a los alumnos sobre esta danza-drama y Don Eulalio viajó a Oaxaca para explicar los pormenores de la Conquista de México. Pero este grupo de universitarios también desapareció y parecía que la obra estaba condenada a no representarse, sin embargo el montaje de la obra se logró con la adaptación que hizo César Pérez Soto, director de la Compañía del Centro de Experimentación Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes, quien auxilió a Cayuqui en el momento en el que le mostró los textos.

La Conquista

César Pérez Soto visitó Atlixco y pasó un buen rato con Don Eulalio y Cayuqui. Los tres viajaron a Tochimilco y a Santa María Yancuitlalpan, donde César tomó algunos elementos para montar la obra. Desgraciadamente Don Eulalio murió y ya no la vio.

Cayuqui cree que quizá a Don Eulalio no le hubiera gustado el montaje de César, pues faltaban los golpes de machete. El título fue abreviado y la obra se llamó “La Conquista” y tuvo un preestreno en la Muestra Nacional de Teatro Indígena Viviente, organizada por la universidad oaxaqueña.

Posteriormente pasó un periodo más o menos  largo de ensayos continuos en la ciudad de México antes de instalarla en el teatro del Galeón de la unidad del Bosque de Chapultepec, donde tuvo una temporada ininterrumpida de cien presentaciones.

En el programa de mano se dio crédito a Don Eulalio como coautor de La Conquista y a su tatarabuelo.

Cayuqui guarda hoy día la placa conmemorativa que fue entregada con motivo de las cien presentaciones de una obra que en una parte de su versión original dice:


Mi pensamiento camina,
rodeado estoy del terror,
voy perdiendo la partida,
maldito sea el español.
Ya mi gente sucumbió,
yo ya perdí la esperanza,
que el caracol toque la reunión.
Oh, Cuauhtemoc,
¿qué te pasa?;
que venga mi batallón,
que venga a gozar de la holganza. +