Arturo:
Los días enteros se nos iban a mi padre y a mí recorriendo la fábrica de Metepec en
desmantelamiento.
Los golpes de marro a las máquinas sonaban a la destrucción del pasado que lastimaría el porvenir. El martilleo se daba por todos lados. Decenas de hombres trabajaban
retirando todo lo que era metal y madera. Pocas máquinas —por ejemplo los telares—, fueron
compradas completas; el resto se vendió en pedazos como fierro viejo.
Mis doce años de edad me obligaban a no despegarme de mi
padre, lo seguía a todas
partes y
levantaba objetos que se volvieron basura
en cuanto tocaron el piso: tornillos, llaves, candados, canillas, clavos, lanzaderas,
carretes, resortes, bolas de hilo, trozos de metal. Cada cosa me sugería una nueva utilidad, por lo que
las levantaba y echaba en una
bolsa de manta.
Todo
llamaba mi atención, pero nada como el taller de fundición donde todavía
permanecían colgados en los muros algunos modelos de madera que se utilizaban para
fabricar las refacciones de las máquinas. El barniz seguía ocultando su minuciosa elaboración que
solo se podía constatar despedazándolos.
El que
me impresionó fue el de una polea hecha de piezas lo suficientemente pequeñas
para dar con exactitud la redondez a un impresionante modelo de casi un metro de diámetro.
Aunque
solo me contestó que se trataba de especialistas, no dejaba de preguntar a mi
padre quiénes y
cómo los hacían. Y es
que no me explicaba las manos del hombre en esa exactitud. Estaba
verdaderamente impresionado y tuvieron que pasar 37 años para llegar a tener frente a mí a uno de estos artistas de la
madera.
El
encuentro
Echado
sobre su banco de carpintería, Don Guillermo toma meticuloso una medida. Está prácticamente
acostado boca abajo, con una pierna apoyada en el piso con la punta del pie,
postura que abandona con dificultad cuando
escucha mi llegada.
Se
quita los anteojos, los pone sobre el banco y me saluda.
Mientras
nos presentamos jala dos sillas para sentarnos.
“¿Se sentó? —me preguntaría después Carlos Tapia
Santamaría, quien me había sugerido hablar
con él—. ¡Es
que nunca deja de hacer lo que hace para sentarse…!”.
Así es, le dije a Carlitos; se sentó, sacó una botella
de maracuyá hecho en casa con diez años de reposo y me sirvió la primera copa,
porque hubo las suficientes hasta cubrir nuestra conversación de casi tres horas.
Don
Guillermo Mirón Muñoz, octagenario
con buena memoria,
nació en 1924 y llegó
Atlixquito a la edad de cinco años procedente de Veracruz, donde su padre,
Guillermo Mirón Charles, de origen francés, era modelista de Ferrocarriles
Mexicanos.
“Mi
padre hacía los modelos para el ferrocarril. Se necesitaba el modelo en madera
para sacar cualquier pieza en
metal”.
Sus respuestas me trasladan a dos lugares: el taller de fundición de
la fábrica de Metepec con su piso de arena y restos de carbón industrial,
fragua, troncos para golpear, crisoles, marros, ladrillos refractarios,
yunques, techo alto de lámina y tragaluces; y los talleres de mantenimiento y
reparación de locomotoras construidos en Aguascalientes por el gobierno de
Porfirio Díaz, “lugar mágico donde manos laboriosas hacían el milagro de dar
nuevos aires al fatigoso monstruo viajero”.
A esto
sabe, a esto huele la narración de Don
Guillermo, a familia obrera, a gente ligada con los trenes, a tela, a
movilización de minerales, ganado, comercio, a sustento de la tranquilidad
pueblerina, pero sobre todo a madera,
a cuidadosos tallones de la gubia en el trozo para alcanzar una forma.
Y es
que es ebanista de profesión. De joven su padre lo mandó a estudiar a la
Escuela de Artes y Oficios de la ciudad de México, donde aprendió la talla, la
escultura y el modelado.
“Pero
yo quería conocer el mundo porque todo era escuela: la primaria en el Serrano, la secundaria
en la Venustiano Carranza de la ciudad de Puebla…”
Para
Don Guillermo “conocer el mundo” era conocer los talleres. Entonces su padre lo
llevó al de la fábrica El Volcán, lugar que describe así: “Desde allá hasta acá
había puro modelo”. Pero recuerda que “en Metepec también los había, todos colgados, numerados y todo…”
Su primer contacto con el mundo fue esto:
“Para
cerciorarse de lo que había avanzado en la escuela, mi padre me dijo: Mira, se
va hacer este par de corazones, izquierdo y derecho. Yo no sabía la medida de
la contracción del fierro candente que cuando se enfría encoge. Eso es lo
último que se tiene que aprender de esto, y ahí lo aprendí”.
Su
trabajo como frabricante de modelos fue muy cotizado por las fábricas textiles
de Atlixquito, hasta que éstas cerraron y hoy su taller de la 17 Poniente está
cerrado, sin embargo siguió haciendo trabajos, muchos dignos de admirar como el
púlpito y los confesionarios de la iglesia de San Agustín que le pidió hacer primero el padre
Almansa y después las puertas interiores que le ordenó el padre Antonio. Todo
de cedro rojo, madera que garantiza una duración de doscientos años.
También
me habla de la madera de parota:
“La
mejor es la que traen de Estados Unidos porque viene desflemada en el río.
Cortan los trozos y los echan al río y tarda la travesía muchos días. Así que
viene rodando el tronco y se viene desflemando. Es una madera que… —se detiene
y señala—: ahí tengo un pedazo que tiene más años que yo”.
Guarda silencio prolongado pero regresa: “La madera tiene muchos
caprichos. Hay que tratarla con cariño, con amor y con nobleza
—y se somete con voz débil—: Es femenina”.
Se
levanta y me muestra un alhajero y la minucia que lo compone, lo mismo que una mecedora
finamente tallada. Le pregunto de un mueble de muchos cajones que guarda
material de trabajo y abre otro empotrado en la pared donde está ordenada su
herramienta. Colgados en la parte interna de una de las puertas lucen
imponentes un par de serruchos ingleses marca Henry Disston. “Eran de mi padre
y tienen más de cien años”.
Volvemos
a sentarnos para ver fotografías. La primera está enmarcada y muestra a varios
maestros carpinteros de Ferrocarriles Mexicanos, entre ellos su
padre con elegantes zapatos de charol inglés y ante francés.
Me
pasa fotografías de la imponente puerta que construyó para la iglesia de San
Juan Tejupa. Tiene tallados en madera a San Juan Bautista y a la Virgen de
Guadalupe. Otras donde se ve la basílica de Roma a escala y que guarda la
iglesia de La Soledad, y otras de la escala de una tanqueta del 16 regimiento
que ganó un concurso en la ciudad de México.
Terminamos
de ver las fotografías de sus trabajos y le pregunto de sus amigos. “Ya van
desapareciendo —contesta y pronuncia lento—: “ya vamos de paso y solo quedan
los recuerdos”.
Pero
se anima y saca los fotografías donde están ellos: “Este ya murió, este vive…” Están
en el cráter del Popocatepetl, en el Pico de Orizaba, en el Ixtaccihuatl y en
caminatas por las montañas.
Los
señala con dedo de uña firme: “Este es Báez, el más grande de los que tenían la
ostionería de la Perla; este es Nieto, el que componía los radios allá donde
está Michaca; este es Carreto, el que tuvo la gasolinera de allá arriba; este
es David Zarza, a quien le decían El San Mateo porque su papá trabajaba en el molino de San Mateo; este es el
hijo de El Sombrero, este es La Tortuga, este es hijo del doctor Tezcucano,
este es el Pambazo (Domingo Romero). Todos ya son difuntos; ya nada más
quedamos dos, La Tortuga y yo”.
Don
Guillermo está sentado con su delantal. Descansa los antebrazos en las piernas.
Tiene entrelazados los dedos. La mirada de sus ojos claros tratan de ennoblecer
la rigidez de su rostro que ventila un fuerte carácter que no cede a la
añoranza.
—Don
Guillermo, ¿qué espera a estas alturas de su vida? Sobre todo después de haber
tenido una vida profesional, trabajos que son admirados porque están en lugares
importantes; después de que hubo tiempos felices, amigos, travesuras.
—Pues
ya nada más espera uno el final.
—¿No
está satisfecho?
—Sí,
claro; satisfecho de haber trabajado y haber dejado un recuerdo por el paso de
esta vida.
Habla
como los que viven sus últimos días, sin embargo ha reido todo el tiempo. Es poseedor sin duda de la
fortaleza que enfrenta a la lucidez,
esa
que tortura haciéndote recordar con
claridad cuando el cuerpo dejó
de ser lo que fue.
“Y
además yo estoy muy contento del día que llegue, porque no voy a dilatar”.
—¡Qué
pasó, Don Guillermo!
—Es el
corazón. Como me puede agarrar aquí, en la calle o donde sea.
—¿Pero
se cuida?
—Pues
me cuido de que no me vaya a machucar un coche, de que me vaya a dar un
pisotón.
Haber
subido con sus amigos hasta el cráter de los volcanes, es para Don Guillermo la
alegría de otra conquista en su vida. Pero no es esta la única cúspide que alcanzó, pues se
coloca en la que se
deriva del proceso de creación artística con visión artesanal, y nada lo moverá
de ahí porque está apoyado en la importancia histórica de la cultura popular. +
PD:
Arturo, el próximo 19 de diciembre hará ocho años que murió Don Guillermo. Yo
lo entrevisté precisamente en diciembre pero de 2004, año en que comenté al
ayuntamiento la importancia de entregarle la medalla Joaquín Rea, pero no se le
dio importancia y la entrega de esa condecoración fue declarada desierta. Te
comento que la idea de hablar con él fue porque Carlos Tapia me dijo que Don
Guillermo estaba un tanto desahuciado y quería que desarrollara el tema de su
afición por el ciclismo y darlo a conocer como el destacado deportista que fue
en su juventud, pero la historia, como puedes ver, cobró otro rumbo en cuanto
lo tuve frente a mí, haciendo lo que de manera excelente hizo toda su vida.