domingo, 3 de mayo de 2015

...y Atlixquito se curó. Perte IV y última


Arturo:
En febrero de 1999, en su discurso de inauguración de la Primera Semana Nacional de Salud, el presidente municipal soltó una promesa que pareció temeraria:
—¡Prometo que al terminar este trienio no habrá rabia en Atlixco!
Juan Cuautle se le acercó al final del evento, y con preocupación le hizo una pregunta, quizá con cierta severidad, e inmediatamente después le dimensionó el problema:
—¿Se dio cuenta de lo que prometió? En Atlixco la rabia es una enfermedad que lleva siglos. Estadísticamente se presentan de 15 a 20 casos cada año y cada dos años hay un caso en humanos, y Atlixco, por los casos que presenta, es el primer lugar en rabia canina a nivel nacional.
—Sí —se limitó a contestar el presidente, y agregó—: Ahí se lo encargo.

El impacto de la enfermedad


Arturo, la rabia es la zoonosis viral de mayor importancia en México, y es considerada la séptima enfermedad infecciosa global más importante con 55 mil personas que mueren en el mundo por su causa, siendo que el 40% de los infectados son niños.
Pero también es una de las 17 enfermedades seleccionadas por la Asamblea Mundial de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que pueden alcanzar su eliminación para la Región de las Américas como parte de las metas de Desarrollo del Milenio en este 2015.

De los antecedentes

La domesticación de perros hace más de 12 mil años, y hace 8 mil que se registran evidencias del perro en Mesoamérica. En 1519 los españoles trajeron los primeros perros a México cuya sobrepoblación provocó que en 1581 se comenzara a buscar reducirla con multas a los dueños y con el sacrificio porque las agresiones habían provocado ya de manera importante la muerte de personas.
En 1709 se registró la primera epizootia de rabia en los perros callejeros de la ciudad de México y otras ciudades vecinas como Puebla, afectando también al ganado y a los humanos. Para entonces el perro callejero se había convertido en un problema de salud pública, destacando su número excesivo en su convivencia con la comunidad, y por ser un riesgo potencial de transmisión de la rabia.
A partir de ese año, y hasta 1950, en México se tomaron disposiciones importantes:

lLos perros serán matados “por decencia pública y comodidad del vecindario”, y habrá multas de 2 a 25 pesos, o días de prisión para quien saque perros sin correa a la calle (Bando de la Ciudad de México, 1841).

lQue “el propietario pague un peso mensual por cada perro que tenga, con penas de pérdida o muerte del animal por incumplimiento” (Decreto promulgado en el gobierno del General Antonio López de Santa Ana, en 1853).

lElaboración de la vacuna y el tratamiento antirrábico para personas agredidas (Consejo Superior de Salubridad, 1900).


lSe previene que la rabia animal era una enfermedad de aviso obligatorio para médicos veterinarios y dueños de animales (Departamento de Salubridad Pública, 1924).

lSe obliga a los propietarios de perros a registrarlos en el Instituto Antirrábico y a proporcionar la vacunación canina general antirrábica (Decreto Presidencial, 1925).

lPrimer reglamento sobre posesión de perros en el D.F., en 1926, indicando la obligación de vacunarlos.

lNuevo Decreto Presidencial en 1932, que señala la aplicación gratuita de la vacuna antirrábica canina general.

lPrimer reglamento del control de la rabia, en 1938, cancela la vacunación canina general por ser “onerosa, impráctica, no eficaz e inofensiva”. El producto usado hacía que “animales sin estar rabiosos, transmitan rabia”. Se proponía embozalar a los perros que salían a la calle; cuarentenar a los agresores y vacunar a personas y perros mordidos en circunstancias especiales en que estuviera indicado; se promovía la responsabilidad de los dueños sobre los perros y el control del perro callejero mediante razias y sacrificio, y

lReglamento de la Campaña Antirrábica, en 1950, que incluía un apartado sobre tratamiento de personas agredidas.

Sin embargo, la Secretaría de Salud reporta que “en la aplicación de estas disposiciones, el resultado observado fue poco alentador, pues se continuaron registrando casos de rabia en personas. En el periodo del 1939 a 1969, los certificados de defunción suman 1,785 casos, que consideran 31 entidades, excepto Quintana Roo.

Arturo, cuando vez que las acciones aplicadas en Atlixquito a partir del año 2000 son poco distintas a las que se aplicaron en México de 1841 a 1950, te preguntas ¿por qué en Atlixquito arrojaron buenos resultados y en aquel largo periodo no? ¿Qué hizo Juan Cuautle en Atlixquito que no se hizo a lo largo de ese periodo que abarca más de 150 años?

Manos a la obra


Juan Cuautle se dio a la tarea de hacer cumplir el compromiso del presidente municipal de terminar con la enfermedad de la rabia en este Atlixquito que se colocaba en el primer lugar a nivel nacional en casos de rabia en perros y en consecuencia con casos de rabia en humanos, situación que había tenido en este municipio a la Universidad de Atlanta durante dos años haciendo estudios para conocer el problema de la rabia rural en México.

De inicio salió a vacunar perros una vez por semana en todas las colonias, y a pesar de esto ese año se tuvieron 12 casos de rabia en perros y se estuvo a punto de tener un caso de rabia en humano.

Esto lo hizo reconocer que “no es lo mismo querer hacer las cosas, que tener los conocimientos para hacerlas”. Buscó entonces la asesoría de Amapola Medina y de Enrique López Gómez, epidemióloga y director del Centro de Salud, respectivamente.

“Ellos me ayudaron a hacer el diagnóstico de salud del municipio y me metí a hacer un diplomado avalado por la Organización Panamericana de la Salud en la UPAEP sobre Salud Municipal para el Desarrollo”.

Fue en ese diplomado donde Juan Cuautle elaboró el proyecto para el control de la rabia en el municipio de Atlixquito, y lo llamó “Todos contra la rabia”.

Una estructura integral


Exacto. Esto fue el secreto. Juan Cuautle aprovechó muy bien que se desenvolvía en un escenario de nuevo gobierno local en el que las instituciones, la participación social y la división política del municipio estaban llamadas de manera más específica en las tareas de bien común.

El nombre del proyecto “Todos contra la rabia” lo decía con claridad, de tal manera que se comenzó aplicar con el apoyo de la Coordinación Estatal de Zoonosis, que llevaba Juan Manuel Balderas, asignando al proyecto un veterinario y un promotor de salud para vacunación intensiva. La Jurisdicción Sanitaria No. 5 (a la que pertenece Atlixquito) y el Centro de Salud aportaron la vacuna antirrábica y el material para aplicarla. La ONG Fundación Antonio Hagenbeck y de la Lama aportó dos cirujanos veterinarios, material y medicamentos para la esterilización de perros y gatos y capacitación quirúrgica para los veterinarios que quisieran participar en el proyecto. El Ayuntamiento por su parte participó con una perrera para captura y sacrificio de perros, vigilancia epidemiológica y la elaboración y difusión de un reglamento municipal sobre tenencia responsable de perros y gatos.

Al proyecto se incluyeron todas las auxiliares de casas de salud, los presidentes auxiliares e inspectores de colonia, proporcionando voluntarios para capacitarse en la aplicación de la vacuna antirrábica canina.


El proyecto de Juan Cuautle contaba con cuatro estrategias, acciones para cada una, tiempo de duración para cada acción y persona o institución responsable de las acciones.
Con esta estructura bien organizada, se logró vacunar en el año 2000 a 38 mil perros y gatos, se sacrificó a un promedio de 400 perros por mes, se esterilizó a 800 perros y gatos, se mandaron 200 cerebros de perros para su análisis al laboratorio de salud pública y se difundió el reglamento sobre tenencia responsable de perros y gatos en todas las comunidades donde había casa de salud.

En ese año se tuvieron 6 casos de rabia en perros, todos de principio de año al mes de marzo, y a partir de esa fecha se siguió con la vigilancia epidemiológica mensual, y se empezaron a contar los días sin rabia en el municipio.

Los nervios
           
Juan Cuautle me lo cuenta así:

“El año 2001 lo iniciamos sin ningún caso. Esperábamos con ansia el 6 de marzo, fecha en que se cumpliría un año de haberse presentado el último caso. Las acciones y estrategias se seguían implementando en forma intensiva desde la oficina de salud municipal, a la que llamábamos nuestro cuarto de guerra. El tiempo transcurría lento y deseaba que llegara ya el 6 de marzo para poder escribir en mi informe mensual que por primera vez en la historia de la salud publica de Atlixco no se tenía ningún caso de rabia”.

“Faltaba una semana para el 6 de marzo y sentía una extraña sensación, parecida a cuando eres niño y estás esperando la llegada de los reyes magos. Y cuando la tensión aumentaba me llegó una llamada telefónica. Era el veterinario Rubén López Hidalgo, quien me dijo: Doctor, me acaban de traer al consultorio un perro enfermo y parece tener los síntomas de rabia, vente para que lo veas. Fui a su consultorio y encontré a un perro metido en una jaula, triste y babeando. Lo pusimos en observación. Si se muere, le dije, hay que sacar el cerebro y mandarlo analizar al laboratorio estatal de salud pública”.

“Cuatro días después me volvió a llamar. ¿Qué crees?, me dijo, el perro ya está bien, le dimos medicamentos y se curó; lo que tenía era parvovirus”.

“Después de tres días llegó la fecha esperada, y un año después, en 2002, seguíamos sin tener casos de rabia, pero también se había acabado el trienio”.

Juan Cuautle lo había logrado, y el presidente municipal pudo reportar que la vergüenza de ser los primeros en casos de rabia había terminado.

Un comentario

Arturo, en la administración de Manuel Vargas, el regidor de Salud, Simón García Castro estaba en mi oficina y comenzamos a dimensionar el logro de romper la cadena de transmisión de la rabia.

—¿Entonces puedes ver lo que hizo Juan Cuautle?, me preguntó.

—Por supuesto, Simón —le aseguré—. Estoy convencido de su trabajo. Muchas de sus acciones me impresionaron, una de ellas, que haya logrado un padrón de perros en el municipio y que levantó casa por casa. Y más convencido estuve cuando otras acciones comenzaron arrojar datos duros. Por ejemplo, de 2000 a 2002, con la esterilización que se hizo se evitó el nacimiento de 9 mil 972 perros, considerando que cada uno tiene 6 crías por camada dos veces al año. Esto representa un ahorro de 3 años de trabajo de la perrera municipal y el ahorro al sector salud de más de 10 mil dosis de vacuna antirrábica. O sea que con los perros sacrificados, más los que no nacieron por la esterilización, dieron un ahorro de cerca de 20 mil dosis de vacuna y se evitó que alrededor de 8 toneladas diarias de excremento contaminaran el medio ambiente. Además, reglamentar la tenencia para un manejo responsable de los perros, fue la mejor alternativa para desaparecer la impresión de crueldad que nos da el sacrificio, que en esos dos años fue de 4 mil 687 perros.

 —¿Entonces cómo ves? ¿A poco no sería bueno darle a Juan Cuautle la Medalla Joaquín Rea?

—Por supuesto, pero si lo propones te van a decir que no.

—¿Por qué?

—Porque se le ve como a un colaborador de la administración y en estos gobiernos, como en los anteriores, nadie debe brillar tanto como el presidente.

Arturo, termino con una frase que Juan Cuautle mencionó al término de su exposición en la 8ª. Reunión Nacional Contra la Rabia, llevada a cabo en Atlixquito con la presencia de la Organización Panamericana de la Salud, haciendo alusión a los perros con dueño que agredían más de una vez:


“...porque un perro reincidente, es un perro delincuente”. +