miércoles, 2 de diciembre de 2015

Primer conductor



Arturo:

El profesor José Enrique González Olarte es un atlixquensito que disfruta de su jubilación, tanto como disfrutó su vida de niño en las calles del centro de Atlixquito.

Desde sus 72 años de edad recuerda lugares y personas que acaricia con voz débil. A todo y a todos se refiere con respeto y buena memoria.

Mientras te cuenta te dibuja su Atlixquito, el de sus tiempos.

Su universo de niño fueron las inmediaciones de la Parroquia donde si bien la vida no fue económicamente fácil al lado de su madre, las calles del centro lo compensaron viviendo en ellas con libertad. Esas calles fueron su barrio en el que “la viví muy bonito”, dice sentado pleno en el sillón de su sala.


Y casi se termina de armar en la imaginación el Atlixquito que te cuenta cuando dice que vivió a un lado de la Parroquia y su mamá trabajaba de portera en Plaza Génova cuando era una vecindad.

Pero su madre, Doña María González Olarte sabía hacer joyería, por lo que al mismo tiempo trabajaba en un pequeño taller con su hermano Luis, quien después fuera propietario de la famosa joyería La Fulda en sociedad con el español Paco Carvajal, ubicada junto a los billares El Roble, en la 3 Sur.

En ese taller su madre y su tío Luis hacían anillos, aretes y todas esas cosas que el adolescente José Enrique vendía de casa en casa en tres o cinco pesos, no sin antes irse a jugar trompo con los amigos.

Estudió la primaria en el Centro Obrero, la secundaria en la Isaac Ochoterena y la normal ordinaria para maestro de primaria en el Colegio Puebla de la Angelópolis, donde por cierto también estudió el padre Alejandro Arenas Torres, contemporáneo suyo en la secundaria.

José Enrique estaba en el segundo año de normal ordinaria y trabajaba lavando los camiones del ERCO cuya terminal estaba a un costado de la Parroquia. Se ayudaba también con los bolos de los bautizos que se celebraban en ese templo religioso.

Fue precisamente Alejandro Arenas quien lo invitó a trabajar de maestro en el Patria que tenía de director a Juan Heredia Reyna y que se encontraba a un lado de la Farmacia Hidalgo. De hecho ese fue su primer trabajo con el que pudo pagar sus estudios en la Normal Superior hasta terminar la Licenciatura en Matemáticas, materia que impartió después en el Josefino.

Por cierto recuerda que él y sus amigos acompañaron a Alejandro Arenas cuando se internó en el Seminario Palafoxiano donde estudió su carrera para ordenarse después como sacerdote en Roma.


José Enrique dejó el Josefino y en 1973 se fue a la Escuela Secundaria Federal Lic. Benito Juárez de Huajuapan, Oaxaca, institución que al cumplir 65 años de fundada, la revista Nube. Destellos de la Tierra del Sol, resumió así en abril de 2010 la vida profesional de José Enrique:

“Nació en 1943 en Atlixco, Puebla. Trabajó desde 1973 en Huajuapan, lugar que conoció desde niño cuando iba de colado con los choferes de los autobuses. Disciplinado y duro de gesto esconde una generosidad propia de los buenos maestros. Aprendió de todos sus directores y subdirectores y eso lo llevó a ser director con mayor tiempo en función en la historia de la secundaria: 17 años que convierten a la Benito en la “escuela de su vida”.

Arturo, lo que me llevó a buscar a José Enrique González Olarte es que fue, a la edad de 22 años, conductor del primer Atlixcayotl, el del 20 de diciembre de 1965 en la Escalera Ancha, historia que comenzaría así:

José Enrique iba a un club que había formado Pepe Alatriste, también maestro del Patria, y que hizo llamar Club Vigni (?) ubicado “a la vuelta del Garfias” y donde los amigos iban “a platicar, a cantar y a echar traguitos”.

Recuerda que al club asistían otros como los hermanos Aguilar (Cristina, Jorge y Enrique); las señoras Malpica y otras mujeres de nombre Guillermina y Martha, Mariano Rosales, Carlos Huerta Cerezo, otro de apellido Molina y dos hemanos de origen alemán de los que tampoco recordó sus nombres.
 
Pepe Alatriste (qpd) comenzó a llevar al club a Cayuqui, quien fue involucrando a sus miembros en los trabajos del primer Atlixcayotl.

—¿Usted tenía experiencia como conductor de eventos? —le pregunto al profesor José Enrique y contesta sin vueltas—: No, Cayuqui solo me dijo: A ver, Enrique, tú vas a ser el maestro de ceremonias (del primer Atlixcayotl) y yo le dije: Sí, correcto.

—¿Y cómo fue vestido?

—Normal.

—¿Normal?

—Sí, normal.

José Enrique tiene claro cómo comenzó el Atlixcayotl y lo cuenta con precisión, sin dejar de reconocer los conocimientos de Cayuqui respecto del folclor oaxaqueño. La fiesta le significa algo tradicional, algo grande y necesario para reafirmar la identidad, y recuerda sin ninguna variante cuando Cayuqui lo invitó también para conducir la fiesta en el 40 aniversario.

—¿Y esa vez cómo fue vestido?

—Normal.

—¿Normal?

—Si, normal, con chamarra. Y luego me invitó para los 45 pero no pude porque la gripa me cerró la garganta.

Como puedes ver, conducir el Atlixcayotl no es nuevo para él, por lo que le confío que será invitado de manera formal para conducir el próximo Atlixcayotl en la Escalera Ancha, como hace cincuenta años; y aunque de alguna manera antepone su edad, adelanta que aceptará en esa parte alguna forma de participación, es decir, promete que ahí estará.


—Asistirán sobrevivientes de los pueblos que participaron hace cincuenta años —le digo para animarlo y contesta con evasión—: Recuerdo que arribita del Josefino había una tiendita de un señor moreno, grandote, correoso, que le gustaba mucho el Atlixcayotl y bailaba el famoso Panaderito. No sé cómo se llame ese señor pero yo lo admiré mucho.

No recuerda algunos detalles y otros los pasó por alto por su estancia de 31 años y medio en Huajuapan. Sin embargo, tiene bien ubicado lo que la actividad política ha hecho del Atlixcayotl, justo lo que también le consta con la Guelaguetza.

Con este tema agotamos nuestra conversación sobre Atlixcayotl, pero nos despedimos hablando de otra cosa porque se puso a recordar algunos de sus ex alumnos: Carlos Telis; Cristina, Teresa, Mónica y Chucho Ponce, Marcela Schiavón, entre otros.

Y cerramos definitivamente recordando que a Antonio Hernández y Genis le dio clases particulares. Comentó que en ese entonces Don Antonio J. Hernández le dijo alguna vez que si le interesaba lo podía proyectar políticamente, pero respondió que no, porque su profesión de profesor era su pasión.


Salúdeme a Toño Genis si lo ve, me pidió por último, dejando para otro día el mezcalito de Oaxaca que me ofreció a la mitad de la conversación, pues a decir verdad, mi querido Arturo, la cruda de ese día no me permitió una gota más de tlapehue. El litro de tejocote de Tochimilco que me empiné el día anterior hacía estragos, pero me había quitado por completo la tos, fue un excelente expectorante y dilatador de coronarias, te lo recomiendo. Sin embargo salí de la casa del profesor José Enrique con la buena impresión de la persona amable, apacible y tolerante que si bien vio nacer el Atlixcayotl y dejó de verlo durante mucho tiempo, nunca lo perdió de vista, reconociéndolo en la actualidad con exactitud en su forma más esencial. Sin duda será importante tenerlo presente el próximo 20 de diciembre en la Escalera Ancha, parado nuevamente sobre la huella que dejó ahí hace cincuenta años. +