Arturo:
El profesor José Enrique González Olarte es un
atlixquensito que disfruta de su jubilación, tanto como disfrutó su vida de
niño en las calles del centro de Atlixquito.
Desde sus 72 años de edad recuerda lugares y personas que
acaricia con voz débil. A todo y a todos se refiere con respeto y buena
memoria.
Mientras te cuenta te dibuja su Atlixquito, el de sus
tiempos.
Su universo de niño fueron las inmediaciones de la
Parroquia donde si bien la vida no fue económicamente fácil al lado de su madre,
las calles del centro lo compensaron viviendo en ellas con libertad. Esas calles fueron
su barrio en el que “la viví
muy bonito”, dice sentado pleno en el sillón de su sala.
Y casi se termina de armar en la imaginación el
Atlixquito que te cuenta cuando dice que vivió a un lado de la Parroquia y su
mamá trabajaba de portera en Plaza Génova cuando era una vecindad.
Pero su madre, Doña María González Olarte sabía hacer
joyería, por lo que al mismo tiempo trabajaba en un pequeño taller con su hermano Luis, quien después
fuera propietario de la famosa joyería La Fulda en sociedad con el español Paco
Carvajal, ubicada junto a los billares El Roble, en la 3 Sur.
En ese taller su
madre y su tío Luis hacían anillos, aretes y todas esas cosas que el
adolescente José Enrique vendía de casa en casa en tres o cinco pesos, no sin
antes irse a jugar trompo con los amigos.
Estudió la primaria en el
Centro Obrero, la secundaria en la Isaac Ochoterena y la normal ordinaria para
maestro de primaria en el Colegio Puebla de la Angelópolis, donde por cierto también estudió el
padre Alejandro Arenas Torres, contemporáneo suyo en la secundaria.
José Enrique estaba en el segundo año de normal ordinaria
y trabajaba lavando los camiones del ERCO cuya terminal estaba a un costado de
la Parroquia. Se
ayudaba también con los bolos de los bautizos que se celebraban en ese templo
religioso.
Fue precisamente Alejandro
Arenas quien lo invitó a trabajar de maestro en el Patria que tenía de director
a Juan Heredia Reyna y que se encontraba a un lado de la Farmacia Hidalgo. De
hecho ese fue su primer trabajo con el que pudo pagar sus estudios en la Normal
Superior hasta terminar la Licenciatura en Matemáticas, materia que impartió
después en el Josefino.
Por cierto recuerda que él y sus amigos acompañaron a
Alejandro Arenas cuando se internó en
el Seminario Palafoxiano donde estudió su carrera para ordenarse después como
sacerdote en Roma.
José Enrique dejó el Josefino y en 1973 se fue a la
Escuela Secundaria Federal Lic. Benito Juárez de Huajuapan, Oaxaca, institución
que al cumplir 65 años de fundada, la revista Nube. Destellos de la Tierra del Sol, resumió así en abril de 2010
la vida profesional de José Enrique:
“Nació en 1943 en Atlixco, Puebla. Trabajó desde 1973 en
Huajuapan, lugar que conoció desde niño cuando iba de colado con los choferes
de los autobuses. Disciplinado y duro de gesto esconde una generosidad propia
de los buenos maestros. Aprendió de todos sus directores y subdirectores y eso
lo llevó a ser director con mayor tiempo en función en la historia de la
secundaria: 17 años que convierten a la Benito en la “escuela de su vida”.
Arturo, lo que me llevó a buscar a José Enrique González
Olarte es que fue, a la edad de 22 años, conductor del primer Atlixcayotl, el del
20 de diciembre de 1965 en la Escalera Ancha, historia que comenzaría así:
José Enrique iba a un club que había formado Pepe
Alatriste, también maestro del Patria, y que hizo llamar Club Vigni (?) ubicado
“a la vuelta del Garfias” y donde los amigos iban “a platicar, a cantar y a
echar traguitos”.
Recuerda que al club asistían otros como los hermanos
Aguilar (Cristina, Jorge y Enrique); las señoras Malpica y otras mujeres de
nombre Guillermina y Martha, Mariano Rosales, Carlos Huerta Cerezo, otro de
apellido Molina y dos hemanos de origen alemán de los que tampoco recordó sus
nombres.
Pepe Alatriste (qpd) comenzó a llevar al club a Cayuqui,
quien fue involucrando a sus miembros en los trabajos del primer Atlixcayotl.
—¿Usted tenía experiencia como conductor de eventos? —le pregunto al profesor José Enrique y contesta sin
vueltas—: No, Cayuqui solo me dijo: A ver, Enrique, tú
vas a ser el maestro de ceremonias (del primer Atlixcayotl) y yo le dije: Sí,
correcto.
—¿Y cómo fue vestido?
—Normal.
—¿Normal?
—Sí, normal.
José Enrique tiene claro cómo comenzó el Atlixcayotl y lo
cuenta con precisión, sin dejar de reconocer los conocimientos de Cayuqui
respecto del folclor oaxaqueño. La fiesta le significa algo tradicional, algo
grande y necesario para reafirmar la identidad, y recuerda sin ninguna variante
cuando Cayuqui lo invitó también para conducir la fiesta en el 40 aniversario.
—¿Y esa vez cómo
fue vestido?
—Normal.
—¿Normal?
—Si, normal, con chamarra. Y luego me invitó para los 45
pero no pude porque la gripa me cerró la garganta.
Como puedes ver, conducir el Atlixcayotl no es nuevo para
él, por lo que le confío que será invitado de manera formal para conducir el próximo
Atlixcayotl en la Escalera Ancha, como hace cincuenta años; y aunque de alguna
manera antepone su edad, adelanta que aceptará en esa parte alguna forma de
participación, es decir, promete que ahí estará.
—Asistirán sobrevivientes de los pueblos que participaron
hace cincuenta años —le digo para animarlo y contesta con evasión—: Recuerdo
que arribita del Josefino había una tiendita de un señor moreno, grandote, correoso, que le gustaba mucho
el Atlixcayotl y bailaba el famoso Panaderito. No sé cómo se llame ese señor
pero yo lo admiré mucho.
No recuerda algunos detalles y otros los pasó por alto
por su estancia de 31 años y medio en Huajuapan. Sin embargo, tiene bien
ubicado lo que la actividad política ha hecho del Atlixcayotl, justo lo que
también le consta con la Guelaguetza.
Con este tema agotamos nuestra conversación sobre
Atlixcayotl, pero nos despedimos hablando de otra cosa porque se puso a
recordar algunos de sus ex alumnos: Carlos Telis; Cristina, Teresa, Mónica y
Chucho Ponce, Marcela Schiavón, entre otros.
Y cerramos definitivamente recordando que a Antonio
Hernández y Genis le dio clases particulares. Comentó que en ese entonces Don
Antonio J. Hernández le dijo alguna vez que si le interesaba lo podía proyectar
políticamente, pero respondió que no, porque su profesión de profesor era su
pasión.
Salúdeme a Toño Genis si lo ve, me pidió por último,
dejando para otro día el mezcalito de Oaxaca que me ofreció a la mitad de la
conversación, pues a decir verdad, mi querido Arturo, la cruda de ese día no me permitió una
gota más de tlapehue. El litro de tejocote de Tochimilco que me empiné el día
anterior hacía estragos, pero me había quitado por completo la tos, fue un
excelente expectorante y dilatador de coronarias, te lo recomiendo. Sin embargo
salí de la casa del profesor José Enrique con la buena impresión de la persona
amable, apacible y tolerante que si bien vio nacer el Atlixcayotl y dejó de
verlo durante mucho tiempo, nunca lo perdió de vista, reconociéndolo en la
actualidad con exactitud en su forma más esencial. Sin duda será importante
tenerlo presente el próximo 20 de diciembre en la Escalera Ancha, parado
nuevamente sobre la huella que dejó ahí hace cincuenta años. +


