Arturo:
En la
revista Tierra Adentro apareció un
artículo en el que se decía que Cayuqui alguna vez intentó ser moreno, y que para
esto, refiere la publicación, llegó a revolcarse en el lodo.
—¿Es
verdad esto? —le pregunté.
—¡Claro
que no! —gritó divertido y agregó—: Eso debió escribirlo alguien que me tiene
mala fe. Quien diga eso son fantasías, solo quieren limpiarse conmigo.
Pero lo
cierto es que Cayuqui siempre quiso ser moreno, lo afirmó en nuestra conversación;
y aunque no revolcándose en el lodo, lo intentó con otros métodos.
La
fórmula fue de un amigo suyo, hijo de alemán que vivía en la ciudad de México:
aceite de coco, violeta de genciana y yodo. Todo revuelto para untarlo en el
cuerpo y exponerlo al sol.
Pero
antes su amigo hijo de alemán le había mostrado el color de su piel.
—Mira,
Cayuqui. Yo me hice moreno. Mira mi color. Y tú sabes que era blanco —le dijo
al tiempo que le mostraba la parte de atrás de la oreja donde conservaba el
lechoso y transparente color original.
Cayuqui
aceptó llevar el menjurje, y en su casa de la Cruz Verde en Atlixquito lo untó en el cuerpo y se asoleó en la
azotea. Lo hizo varias veces y quien lo vio dijo que estaba loco.
—¿Y
cambiaste de color? —volví a preguntarle.
—No,
pero me pelé como iguana.
Recuerda
que una vez se maquilló para una exhibición de trajes de Oaxaca y poder
exponer ante la esposa del presidente Adolfo López Mateos un traje
de tecuate (mixteco) de Santa María Zacatepec.
—¿Y por
qué tuviste que maquillarte?
—Para
portar el traje con dignidad.
Para
esa ocasión también se rasuró los bellos.
—¿Te
sientes frustrado por no poder ser moreno?
—Soy
filosófico y eso me ayuda a entender las cosas —expresó con conformidad y
agregó con resignación—: Uno es como es. Hay que aprender a perdonarse uno
mismo. Por lo contrario he podido pulir mi mexicanidad.
—¿Y
cómo lo has hecho?
—Viendo
películas de Pedro Infante.
—¿Por
qué admiras a los indígenas?
—Es lo
único que vale en México. Sin ellos seríamos un país latinoamericano
cualquiera. Además me gusta su color. Me hubiera gustado también tener mi casa
junto al río y sembrar, pero no pude hacerlo.
—¿Con
tu morena a un lado?
—Sí, de
trenzas.
—El
primer indio que Cayuqui vio en su vida fue india. Él tenía ocho años de edad.
Era una hermosa morena piel roja que viajaba en el tren con rumbo a Nueva York.
Iba apacible, recargada en la ventanilla, apartada de todos y de todo.
—¿Qué
pensabas mientras la veías?
—“Se ve
muy bella” —murmuró con lejanía, como si volviera a ver a la mujer que lo
marcaría de por vida y se convirtiera en el elemento esencial que, debatiéndose
entre las razas humanas y sus mezclas, el color sobreviviente hasta nuestros
días finalmente terminara explicando su propio predominio para disfrutar y
defender su legitimidad y pureza.
Yvonne
Regine Noel, madre de Cayuqui era una hermosa modelo del pintor judío Alex O.
Levy. Posaba para la ambientación de presentaciones museográficas y tenía una
amiga piel roja, también modelo de nombre Al-Com-zú-pha.
—Ella
fue la segunda india que conocí en mi vida. La vi por primeara vez en las
fotostáticas de las pinturas de Alex O. Levy. “¿Quién es? ¿Por qué se ve
diferente?”, le pregunté a mi madre…
Arturo,
este tema simplemente apareció en la parte final de nuestra conversación. Era
el 15 de febrero del año 2000, y estábamos en mi casa, hablando de las razones
por las que una vez más se ausentaría de Atlixquito para regresar a vivir al
Itsmo de Tehuantepec, lugares ambos en los que nunca quemó el barco, siempre
volvió. Sus motivos para irse de allá o de acá, se habían vuelto una constante.
Pero
algo importante, quizá lo más, es que detrás de cada partida a cualquiera de
estos dos destinos, dejó detrás una estela de personas que definen al mismo
tiempo sus estancias, gente a la que moldeó de tal manera en la convivencia
para entender que sus ausencias son temporales. Nunca se va, siempre vuelve.
Irse no es definitivo en su vida; es, creo yo, una manera de vivir en libertad.
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Este es uno de tres comentarios que haré en el marco del 50 aniversario de Atlixcayotl. Saludos.
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