viernes, 20 de marzo de 2015

Esteban



Arturo:

Siempre íbamos por las chelas en pijama para no ir a parar a otro lado. La tienda de "La Perra" estaba a la vuelta, justo donde Puente de Alvarado se encuentra con Rosales si vienes del monumento a la Revolución y quiebras a la derecha.

Cada que decidimos abrevar como los animales, lo hicimos cuando regresamos del trabajo, saliendo a la calle en pijama y chanclas.

Donde vivimos –el rumbo, la Tabacalera— había todo: el Metro, Reforma y la Guerrero para no meterse ahí en salvaguarda de la integridad;  en Hidalgo la Hostería del Bohemio (que no ajenjo, ni opio, ni prostitutas); para llorar, el Panteón de los Hombres Ilustres, y hartos periódicos para llenarlo todo de olor a tinta y papel: El Nacional en Ignacio Mariscal, La Prensa en Basilio Badillo, Excelsior en Reforma, Novedades en Balderas y Morelos y otros más allá del ícono Bucareli como los que irían mutando, primero de Excelsior a Proceso y Uno mas Uno, y a La Jornada después. El Universal un poco más allá y El Heraldo hasta allá.

La noche del viernes, trepados en los sillones bebíamos y planeábamos el fin de semana en Metepec. De hecho era "seguirla" allá con el disgusto de Rosita, la madre de Esteban y de mi padre.

Todo era fácil: estábamos como a dos años de llegar a los veinte. Nadie debía asomarse para vernos porque perdería la cabeza, sin embargo no faltó el osado y derivar en bronca.

Pero la música amansa: las rockola del Cabeza de Mole y del Porky eran tan buenas como la del Camacho y la Cuca. La misma rola, chiflada, sonaba igual en una cantina del pueblo donde no había ese artefacto –como la del Panzas o la de Doña Berna— o en una del cerro, donde la luna y la noche, con diez cervezas adentro se dejaban armonizar con los ruidos de los chivos y los puercos durmiendo o acomodándose. El traspatio era un hueledenoche, olores parasiempremente; el estiércol mojado es esos días, los veranos con aroma a corral que siguen llegando con el viento.

Arrastrábamos una secundaria y una preparatoria sin dieces, embarradita de ochos y sietes si bien nos iba y alguna vez un extraño nueve que nunca quedó claro qué hacía ahí. Aun así nadie sabía más que nosotros. Éramos cátedra pura en las madrugadas platicando o discutiendo con los demás que de pronto aparecían en la oscuridad en el mismo estado: El Campana, El Chipotle, El Cocol, El Yeyo, El Tigüís, El Papada, El Uña, El Guácara; o la banda de aquí o de allá: Los Alemanes, La Coyotera, Los Burros, sin dejar fuera al Escuadrón de la Muerte en turno: El Tigre, El Zorrillito, El Grillo, El Vivo, La Rana, todos en paz descansen.

Esteban seguía cumpliendo años representando a Herodes en Semana Santa (¿lo hizo durante 25 años?) y no me lo perdía, como no me perdí en muchos años anteriores su desempeño de acólito en misa los domingos. Éramos niños entonces, pero ya se comenzaba a ver rudo para eso. Ya pintaba para lo que vendría.

Mientras estudió, trabajó en intendencia de Aeropuertos y Servicios Auxiliares, y cuando terminó de estudiar trabajó en Tratamiento de Aguas Residuales del Departamento del Distrito Federal. Por fin Esteban era ingeniero químico egresado de la UAM.

Yo mientras tanto no me decidía a seguir estudiando, por lo que prácticamente vivía en la sala de redacción del periódico La Prensa donde me desempeñaba como ofice boy, de ahí que a La Perra la veía por lo menos treinta veces al día, por aquello de las tortas, los refrescos y los cigarros.

Esteban conocía en detalle mi gusto por el periodismo y yo sus aspiraciones de hacerse de todo lo que le permitiera mejorar su posición económica. Intentó culturizarse leyendo cosas que tampoco yo entendía. Un día, cuando él ya vivía en la colonia Anzures con Eric Camara, hijo del entonces embajador del Senegal, me visitó en mi departamento de la colonia Narvarte y dimos rienda suelta. Al día siguiente le llamé por teléfono y le reclamé:

—¡Me devuelves el libro que te llevaste!

—Cabrón, ¿cómo te diste cuenta?

—Te dije ayer que no te lo prestaría porque no lo ibas a entender.

—¿Pues de qué trata?

—No lo sé. ¡Cuántas veces te dije también que no le entiendo ni madres!

¡Imagínate! Era La Genealogía de la Moral, de Federico Nietzsche, uno de esos libros idiosincráticos, fragmentarios, enloquecedores y a veces estimulantes, según el intento de explicarlo de Nigel Warburton, del que sabríamos algo ¡veinte años después!

En fin, referíamos títulos de libros sin conocer sus contenidos, me hacía contrastar con su abrigo inglés y me hablaba de sus nuevos amigos de buen estatus. Yo le contaba de los míos que seguían siendo los mismos y que él bien conocía sin haberlos visto nunca. Qué eran nuestras pláticas sino eso, las personas y su comportamiento en nuestro entorno…

Pero había algo más: Ninguna falla, deficiencia o error trascendería a la desacreditación personal, ni nos mantendría agazapados para brincar en las diferencias. Él era más proclive a diferir con otros amigos, pero finalmente “me gana la indulgencia”, decía.

Conocíamos lo que nos atormentaba: Cuando vivimos en Puente de Alvarado, presenció el sufrimiento de flagelarme queriendo escribir sin salirme nada de la cabeza. Leímos sin entender los temas políticos que en la década de los setenta publicaba la revista Sucesos para todos, con la cual incluso llegamos más lejos: tratar de entenderla cuando Gustavo Alatriste la puso en manos del psicomago Alejandro Jodorowsky.

Cuánta confianza, cuánto cariño, cuánto entendimiento. Cuánto desmadre echamos, caray.

Cuando Esteban enfermó, iba a su casa de Metepec y lo llevaba Atlixquito a comer los molotes de Doña Pola, lo llevaba a la carretera de la colonia El León y estacionábamos el vehículo para seguir esa conversación que iniciamos en algún momento de nuestra niñez y que abarcaba hasta esos días.

Avanzada su enfermedad me dijo algo que me dejó helado: “No me rechaces”. En ese mismo momento le pedí que hiciera el esfuerzo de recordar con detalles cómo había sido nuestro acercamiento a partir de que cayó en cama, e hicimos ese ejercicio mientras lloraba porque encontraba el acercamiento estrecho que me hacía masajear sus pies y mantener desinhibida la conversación.

Pero un día ya no soporté verlo, lo llevaron a la ciudad de Puebla y ahí murió.

Es curioso, pero solo hasta ese momento supe que había sido mi mejor amigo. Nunca se me ocurrió ponerlo en la balanza, quizá porque al buen amigo no se le pregona; y lo supe porque todos lo sabían: me dieron el pésame cuando se supone tenían con él una relación igual.

Arturo, dicen que está sepultado (en algún lugar que desconozco, por cierto) y me resisto a creer esta obviedad, porque en el sueño recurrente se ve tan bien que sigo esperando me diga algo en medio de las dificultades que nunca se van, lo mismo que en momentos como este, cuando estás tranquilo cerveza en mano. Salud. +

1 comentario:

  1. A la memoria de mi amigo Esteban... con este comentario comienzo a cargar en el blogger parte de lo que le platicado a Arturo a lo largo de los años. Saludos.

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