Arturo:
Siempre
íbamos por las chelas en pijama para no ir a parar a otro lado. La tienda de "La
Perra" estaba a la vuelta, justo donde Puente de Alvarado se encuentra con
Rosales si vienes del monumento a la Revolución y quiebras a la derecha.
Cada
que decidimos abrevar como los animales, lo hicimos cuando regresamos del trabajo, saliendo a la calle en pijama y chanclas.
Donde
vivimos –el rumbo, la Tabacalera— había todo: el Metro, Reforma y la Guerrero para no meterse ahí en salvaguarda de la integridad; en Hidalgo la Hostería del Bohemio (que no ajenjo,
ni opio, ni prostitutas); para llorar, el Panteón de los Hombres Ilustres, y hartos periódicos para llenarlo todo de olor a tinta y papel: El Nacional en Ignacio
Mariscal, La Prensa en Basilio Badillo, Excelsior en Reforma, Novedades en
Balderas y Morelos y otros más allá del ícono Bucareli como los que irían
mutando, primero de Excelsior a Proceso y Uno mas Uno, y a La Jornada después.
El Universal un poco más allá y El Heraldo hasta allá.
La noche del viernes, trepados
en los sillones bebíamos y planeábamos el fin de semana en Metepec. De hecho
era "seguirla" allá con el disgusto de Rosita, la madre de Esteban y de mi padre.
Todo
era fácil: estábamos como a dos años de llegar a los veinte. Nadie debía
asomarse para vernos porque perdería la cabeza, sin embargo no faltó el osado y
derivar en bronca.
Pero
la música amansa: las rockola del Cabeza de Mole y del Porky eran tan buenas
como la del Camacho y la Cuca. La misma rola, chiflada, sonaba igual en una
cantina del pueblo donde no había ese artefacto –como la del Panzas o la de
Doña Berna— o en una del cerro, donde la luna y la noche, con diez cervezas
adentro se dejaban armonizar con los ruidos de los chivos y los puercos
durmiendo o acomodándose. El traspatio era un hueledenoche, olores
parasiempremente; el estiércol mojado es esos días, los veranos con aroma a
corral que siguen llegando con el viento.
Arrastrábamos
una secundaria y una preparatoria sin dieces, embarradita de ochos y sietes si
bien nos iba y alguna vez un extraño nueve que nunca quedó claro qué hacía ahí.
Aun así nadie sabía más que nosotros. Éramos cátedra pura en las madrugadas
platicando o discutiendo con los demás que de pronto aparecían en la oscuridad
en el mismo estado: El Campana, El Chipotle, El Cocol, El Yeyo, El Tigüís, El
Papada, El Uña, El Guácara; o la banda de aquí o de allá: Los Alemanes, La Coyotera,
Los Burros, sin dejar fuera al Escuadrón de la Muerte en turno: El Tigre, El
Zorrillito, El Grillo, El Vivo, La Rana, todos en paz descansen.
Esteban
seguía cumpliendo años representando a Herodes en Semana Santa (¿lo hizo
durante 25 años?) y no me lo perdía, como no me perdí en muchos años anteriores
su desempeño de acólito en misa los domingos. Éramos niños entonces, pero ya se
comenzaba a ver rudo para eso. Ya pintaba para lo que vendría.
Mientras
estudió, trabajó en intendencia de Aeropuertos y Servicios Auxiliares, y cuando
terminó de estudiar trabajó en Tratamiento de Aguas Residuales del Departamento
del Distrito Federal. Por fin Esteban era ingeniero químico egresado de la UAM.
Yo
mientras tanto no me decidía a seguir estudiando, por lo que prácticamente
vivía en la sala de redacción del periódico La Prensa donde me desempeñaba como
ofice boy, de ahí que a La Perra la veía por lo menos treinta veces al día, por
aquello de las tortas, los refrescos y los cigarros.
Esteban
conocía en detalle mi gusto por el periodismo y yo sus aspiraciones de hacerse
de todo lo que le permitiera mejorar su posición económica. Intentó culturizarse
leyendo cosas que tampoco yo entendía. Un día, cuando él ya vivía en la colonia
Anzures con Eric Camara, hijo del entonces embajador del Senegal, me visitó en
mi departamento de la colonia Narvarte y dimos rienda suelta. Al día siguiente
le llamé por teléfono y le reclamé:
—¡Me
devuelves el libro que te llevaste!
—Cabrón,
¿cómo te diste cuenta?
—Te
dije ayer que no te lo prestaría porque no lo ibas a entender.
—¿Pues
de qué trata?
—No
lo sé. ¡Cuántas veces te dije también que no le entiendo ni madres!
¡Imagínate!
Era La Genealogía de la Moral, de Federico Nietzsche, uno de esos libros
idiosincráticos, fragmentarios, enloquecedores y a veces estimulantes, según el
intento de explicarlo de Nigel Warburton, del que sabríamos algo ¡veinte años
después!
En
fin, referíamos títulos de libros sin conocer sus contenidos, me hacía
contrastar con su abrigo inglés y me hablaba de sus nuevos amigos de buen
estatus. Yo le contaba de los míos que seguían siendo los mismos y que él bien
conocía sin haberlos visto nunca. Qué eran nuestras pláticas sino eso, las
personas y su comportamiento en nuestro entorno…
Pero
había algo más: Ninguna falla, deficiencia o error trascendería a la
desacreditación personal, ni nos mantendría agazapados para brincar en las
diferencias. Él era más proclive a diferir con otros amigos, pero finalmente
“me gana la indulgencia”, decía.
Conocíamos
lo que nos atormentaba: Cuando vivimos en Puente de Alvarado, presenció el sufrimiento de flagelarme
queriendo escribir sin salirme nada de la cabeza. Leímos sin entender los temas
políticos que en la década de los setenta publicaba la revista Sucesos para
todos, con la cual incluso llegamos más lejos: tratar de entenderla cuando
Gustavo Alatriste la puso en manos del psicomago Alejandro Jodorowsky.
Cuánta
confianza, cuánto cariño, cuánto entendimiento. Cuánto desmadre echamos, caray.
Cuando
Esteban enfermó, iba a su casa de Metepec y lo llevaba Atlixquito a comer los molotes de
Doña Pola, lo llevaba a la carretera de la colonia El León y estacionábamos el
vehículo para seguir esa conversación que iniciamos en algún momento de nuestra
niñez y que abarcaba hasta esos días.
Avanzada su enfermedad me dijo algo que me dejó helado: “No me rechaces”. En ese mismo
momento le pedí que hiciera el esfuerzo de recordar con detalles cómo había
sido nuestro acercamiento a partir de que cayó en cama, e hicimos ese ejercicio
mientras lloraba porque encontraba el acercamiento estrecho que me hacía
masajear sus pies y mantener desinhibida la conversación.
Pero un día ya no soporté verlo, lo llevaron a la ciudad de Puebla y ahí
murió.
Es
curioso, pero solo hasta ese momento supe que había sido mi mejor amigo. Nunca
se me ocurrió ponerlo en la balanza, quizá porque al buen amigo no se le
pregona; y lo supe porque todos lo sabían: me dieron el pésame
cuando se supone tenían con él una relación igual.

A la memoria de mi amigo Esteban... con este comentario comienzo a cargar en el blogger parte de lo que le platicado a Arturo a lo largo de los años. Saludos.
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