viernes, 19 de diciembre de 2014

Estación Colibrí



Arturo:

En Atlixquito vivimos los últimos 20 años con la idea de que la actividad del Popocatépetl comenzó el 21 de diciembre de 1994, cuando lo que sucedió ese día fue la primera manifestación del incremento de su actividad registrada de manera formal por el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) desde los dos años anteriores.

Pocos fueron los que distinguían ya, aunque tenue, una fumarola que en 1993 alcanzaba en ocasiones los 2 kilómetros de altura. Esta actividad fue confirmada públicamente el 4 de noviembre de 1994 con una visita a Atlixquito por parte del Cenapred.

Y es que ya había trabajos concretos y muy adelantados para el establecimiento de una red de monitoreo del volcán, lo que ese día me llevó acompañar al presidente municipal de Atlixquito José Luis Solano González con destino a la comunidad de San Pedro Benito Juárez, donde nos encontramos con funcionarios de la Secretaría de Gobernación federal y de investigadores extranjeros y de la UNAM.

Era claro que el punto de reunión no era exactamente en la población de San Pedro Benito Juárez, pues la camioneta tomó terreno accidentado que obligó a detenernos varias veces para arrimar piedras de gran tamaño y poder seguir nuestro camino.

 
El punto exacto era una construcción todavía en obra negra, cercada con malla ciclónica y con un avance suficiente como para comenzar hacer algunas pruebas.

Ahí esperamos hasta que llegó el helicóptero que trajo a Roberto Quaas Weppen, jefe de Instrumentación Sísmica del Cenapred; a Servando de la Cruz Reyna, del Instituto de Geofísica de la UNAM; a Vicente Pérez Carabias, director del Cenapred, y al vulcanólogo Tom Casadevall, del U.S. Geolical Survery, de Denver, Colorado.

Estaban ahí porque esa pequeña construcción era apenas la cuarta estación que se instrumentaría, después de las de Altzomoni, Tlamacas y el Cerro de Chipitixtle, teniendo en lo próximo inmediato establecer una estación en la parte baja de El Ventorrillo.
Al igual que las demás, la estación de San Pedro Benito Juárez sería equipada para registrar la actividad microsísmica del coloso y “estar en condiciones de pronosticar con cierta cercanía una posible activación de mayor intensidad”, nos explicó Pérez Carabias.

Servando de la Cruz, con evidente intención de no alarmar, nos informó por su parte que el volcán había iniciado su actividad en 1992, pero dijo que no era su comportamiento lo que precisamente estaba obligando hacer los trabajos de monitoreo. Aclaraba que se encontraban en la etapa de aceleración de un proyecto que existe desde hace varios años con el estudio de otros volcanes del país y al que ahora se incluía el Popocatépetl.


 Sin embargo, el geofísico reconoció una reorganización de las prioridades con la aparición de la fumarola. “Es como quien dice: bueno, ya está aquí la fumarola, vamos acelerar los trabajos en el Popo y vamos a dejar para más adelante otros volcanes”.

Arturo, el tema de la confiabilidad de la red de monitoreo era importante porque apenas dos meses antes (septiembre de 1994), en Rabaul, Nueva Guinea se habían registrado precursores de actividad volcánica, permitiendo la evacuación tres horas antes de la erupción que acabó con 40% de la ciudad sin dejar víctimas.

Pero la tranquilidad que nos daban las pláticas de los investigadores mexicanos desapareció cuando el vulcanólogo Tom Casadevall nos dijo: “Este volcán tiene todas las características del Monte Santa Helena” cuya erupción volcánica en mayo de 1980 fue la más mortífera y económicamente destructora en la historia de Estados Unidos.

En ese momento el Popo arrojaba entre mil y 3 mil toneladas diarias de agua y azufre, lo que me hizo preguntar al vulcanólogo: ¿Los volcanes producen contaminación que propicie alteraciones ecológicas?

Aceptó que es un tipo de contaminación, “pero es de madre a medio ambiente” y no es polución. En realidad, explicó, en comparación con las fuentes antropogénicas (automóviles, industria, etc.), el impulso volcánico es muy pequeño, es decir, menos del 5 por ciento.

“Un volcán tiene la función similar a la de una chimenea, así que la altura tiene mucho que ver para la diseminación de las emisiones volcánicas”. Aunque en 1994 solo se tenían planeadas nueve, hoy a la red de monitoreo del Cenapred la componen 25 estaciones remotas y una estación central de adquisición y procesamiento de datos, ubicada en las instalaciones del Cenapred, (Distrito Federal). Y aunque cuentan con tecnología sofisticada, construida en Inglaterra especialmente para este volcán (la estación de San Pedro Benito Juárez tiene un sismómetro triaxial), aquella vez en nuestra estación se instaló un aparato de tecnología bastante convencional de tipo analógico. Era un sensor que de manera provisional prestó la UNAM para percibir las vibraciones del suelo y lo que llamó mi atención es que a unos cinco metros de distancia de donde estaba colocado sobre una roca, registraba hasta los brincos de los pájaros más pequeños.


Ahora, bien, hablando de pájaros —te cuento y agarra vuelo—, ese día de noviembre de 1994, 45 días antes de la primera gran exhalación del volcán, Roberto Quaas, quien además de presentarse con nosotros como encargado de Instrumentación Sísmica del Cenapred y tener bajo su responsabilidad la Red Acelerográfica de Guerrero con 40 estaciones en la costa, es un amante de las aves.

Roberto Quaas también encontró aquí espacio para observar las aves de la zona de San Pedro Benito Juárez, mientras los demás investigadores instalaban los aparatos.

Me le pegué y andábamos re contentos viendo los pajaritos por aquí y por allá. Y Quaas Weppen me sorprendió todavía más cuando vi que no era un simple contemplador de aves, sino que llevaba consigo literatura para identificarlas y anotarlas.

Me dejó ver su libreta con detallada clasificación de las aves que viven en esa parte del Popocatépetl, y su apasionada forma de verlas y admirarlas contagió a los demás, para que de pronto estuviéramos gritando: ¡Ahí va una! ¡Ahí va otra!

Quaas Weppen había observado que entre las aves resaltaban los colibrís y esto lo inspiró para ponerle el nombre de “Colibrí” a la estación de monitoreo de San Pedro Benito Juárez. Y me informó: En esta zona habita la especie Colicanelo Rufo.+


Estimado Arturo, sirva este pasaje para recordar que el 21 de diciembre cumple 20 años aquella manifestación volcánica de 1994 que nos obligó por primera vez a evacuar nuestras comunidades y a permanecer en un albergue.

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