domingo, 25 de octubre de 2015

Tallador de madera

 
 
A mi tocayo Héctor Alejandro Pérez, que tiene presente esta historia.
 
 
Arturo:
 
Los días enteros se nos iban a mi padre y a mí recorriendo la fábrica de Metepec en desmantelamiento.
 
Los golpes de marro a las máquinas sonaban a la destrucción del pasado que lastimaría el porvenir. El martilleo se daba por todos lados. Decenas de hombres trabajaban retirando todo lo que era metal y madera. Pocas máquinas —por ejemplo los telares—, fueron compradas completas; el resto se vendió en pedazos como fierro viejo.
 
 Mis doce años de edad me obligaban a no despegarme de mi padre, lo seguía a todas partes y levantaba objetos que se volvieron basura en cuanto tocaron el piso: tornillos, llaves, candados, canillas, clavos, lanzaderas, carretes, resortes, bolas de hilo, trozos de metal. Cada cosa me sugería una nueva utilidad, por lo que las levantaba y echaba en una bolsa de manta.
 
 Todo llamaba mi atención, pero nada como el taller de fundición donde todavía permanecían colgados en los muros algunos modelos de madera que se utilizaban para fabricar las refacciones de las máquinas. El barniz seguía ocultando su minuciosa elaboración que solo se podía constatar despedazándolos.
 
 El que me impresionó fue el de una polea hecha de piezas lo suficientemente pequeñas para dar con exactitud la redondez a un impresionante modelo de casi un metro de diámetro.
 
 Aunque solo me contestó que se trataba de especialistas, no dejaba de preguntar a mi padre quiénes y cómo los hacían. Y es que no me explicaba las manos del hombre en esa exactitud. Estaba verdaderamente impresionado y tuvieron que pasar 37 años para llegar a tener frente a mí a uno de estos artistas de la madera.
 
El encuentro
 
 Echado sobre su banco de carpintería, Don Guillermo toma meticuloso una medida. Está prácticamente acostado boca abajo, con una pierna apoyada en el piso con la punta del pie, postura que abandona con dificultad cuando escucha mi llegada.
 
 Se quita los anteojos, los pone sobre el banco y me saluda.
 
 Mientras nos presentamos jala dos sillas para sentarnos.
 
 ¿Se sentó?me preguntaría después Carlos Tapia Santamaría, quien me había sugerido hablar con él. ¡Es que nunca deja de hacer lo que hace para sentarse…!”.
 
 Así es, le dije a Carlitos; se sentó, sacó una botella de maracuyá hecho en casa con diez años de reposo y me sirvió la primera copa, porque hubo las suficientes hasta cubrir nuestra conversación de casi tres horas.
 
Don Guillermo Mirón Muñoz, octagenario con buena memoria, nació en 1924 y llegó Atlixquito a la edad de cinco años procedente de Veracruz, donde su padre, Guillermo Mirón Charles, de origen francés, era modelista de Ferrocarriles Mexicanos.
 
 “Mi padre hacía los modelos para el ferrocarril. Se necesitaba el modelo en madera para sacar cualquier pieza en metal”.
 
Sus respuestas me trasladan a dos lugares: el taller de fundición de la fábrica de Metepec con su piso de arena y restos de carbón industrial, fragua, troncos para golpear, crisoles, marros, ladrillos refractarios, yunques, techo alto de lámina y tragaluces; y los talleres de mantenimiento y reparación de locomotoras construidos en Aguascalientes por el gobierno de Porfirio Díaz, “lugar mágico donde manos laboriosas hacían el milagro de dar nuevos aires al fatigoso monstruo viajero”.
 
 A esto  sabe, a esto huele la narración de Don Guillermo, a familia obrera, a gente ligada con los trenes, a tela, a movilización de minerales, ganado, comercio, a sustento de la tranquilidad pueblerina, pero sobre todo a madera, a cuidadosos tallones de la gubia en el trozo para alcanzar una forma.
 
 Y es que es ebanista de profesión. De joven su padre lo mandó a estudiar a la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad de México, donde aprendió la talla, la escultura y el modelado.
 
“Pero yo quería conocer el mundo porque todo era escuela: la primaria en el Serrano, la secundaria en la Venustiano Carranza de la ciudad de Puebla
 
 Para Don Guillermo “conocer el mundo” era conocer los talleres. Entonces su padre lo llevó al de la fábrica El Volcán, lugar que describe así: “Desde allá hasta acá había puro modelo”. Pero recuerda que “en Metepec también los había, todos colgados, numerados y todo…”
 
Su primer contacto con el mundo fue esto:
 
“Para cerciorarse de lo que había avanzado en la escuela, mi padre me dijo: Mira, se va hacer este par de corazones, izquierdo y derecho. Yo no sabía la medida de la contracción del fierro candente que cuando se enfría encoge. Eso es lo último que se tiene que aprender de esto, y ahí lo aprendí”.
 
 Su trabajo como frabricante de modelos fue muy cotizado por las fábricas textiles de Atlixquito, hasta que éstas cerraron y hoy su taller de la 17 Poniente está cerrado, sin embargo siguió haciendo trabajos, muchos dignos de admirar como el púlpito y los confesionarios de la iglesia de San Agustín que le pidió hacer primero el padre Almansa y después las puertas interiores que le ordenó el padre Antonio. Todo de cedro rojo, madera que garantiza una duración de doscientos años.
 
También me habla de la madera de parota:
 
“La mejor es la que traen de Estados Unidos porque viene desflemada en el río. Cortan los trozos y los echan al río y tarda la travesía muchos días. Así que viene rodando el tronco y se viene desflemando. Es una madera que… —se detiene y señala—: ahí tengo un pedazo que tiene más años que yo.
 
 Guarda silencio prolongado pero regresa: “La madera tiene muchos caprichos. Hay que tratarla con cariño, con amor y con nobleza y se somete con voz débil: Es femenina”.
 
 Se levanta y me muestra un alhajero y la minucia que lo compone, lo mismo que una mecedora finamente tallada. Le pregunto de un mueble de muchos cajones que guarda material de trabajo y abre otro empotrado en la pared donde está ordenada su herramienta. Colgados en la parte interna de una de las puertas lucen imponentes un par de serruchos ingleses marca Henry Disston. “Eran de mi padre y tienen más de cien años”.
 
 Volvemos a sentarnos para ver fotografías. La primera está enmarcada y muestra a varios maestros carpinteros de Ferrocarriles Mexicanos, entre ellos su padre con elegantes zapatos de charol inglés y ante francés.
 
 Me pasa fotografías de la imponente puerta que construyó para la iglesia de San Juan Tejupa. Tiene tallados en madera a San Juan Bautista y a la Virgen de Guadalupe. Otras donde se ve la basílica de Roma a escala y que guarda la iglesia de La Soledad, y otras de la escala de una tanqueta del 16 regimiento que ganó un concurso en la ciudad de México.
 
 Terminamos de ver las fotografías de sus trabajos y le pregunto de sus amigos. “Ya van desapareciendo —contesta y pronuncia lento—: “ya vamos de paso y solo quedan los recuerdos”.
 
Pero se anima y saca los fotografías donde están ellos: “Este ya murió, este vive…” Están en el cráter del Popocatepetl, en el Pico de Orizaba, en el Ixtaccihuatl y en caminatas por las montañas.
 
Los señala con dedo de uña firme: “Este es Báez, el más grande de los que tenían la ostionería de la Perla; este es Nieto, el que componía los radios allá donde está Michaca; este es Carreto, el que tuvo la gasolinera de allá arriba; este es David Zarza, a quien le decían El San Mateo porque su papá trabajaba en el molino de San Mateo; este es el hijo de El Sombrero, este es La Tortuga, este es hijo del doctor Tezcucano, este es el Pambazo (Domingo Romero). Todos ya son difuntos; ya nada más quedamos dos, La Tortuga y yo”.
 
Don Guillermo está sentado con su delantal. Descansa los antebrazos en las piernas. Tiene entrelazados los dedos. La mirada de sus ojos claros tratan de ennoblecer la rigidez de su rostro que ventila un fuerte carácter que no cede a la añoranza.
—Don Guillermo, ¿qué espera a estas alturas de su vida? Sobre todo después de haber tenido una vida profesional, trabajos que son admirados porque están en lugares importantes; después de que hubo tiempos felices, amigos, travesuras.
 
—Pues ya nada más espera uno el final.
 
—¿No está satisfecho?
 
—Sí, claro; satisfecho de haber trabajado y haber dejado un recuerdo por el paso de esta vida.
 
Habla como los que viven sus últimos días, sin embargo ha reido todo el tiempo. Es poseedor sin duda de la fortaleza que enfrenta a la lucidez, esa que tortura haciéndote recordar con claridad cuando el cuerpo dejó de ser lo que fue.
 
 “Y además yo estoy muy contento del día que llegue, porque no voy a dilatar”.
 
 —¡Qué pasó, Don Guillermo!
 
 —Es el corazón. Como me puede agarrar aquí, en la calle o donde sea.
 
 —¿Pero se cuida?
 
—Pues me cuido de que no me vaya a machucar un coche, de que me vaya a dar un pisotón.
 
 Haber subido con sus amigos hasta el cráter de los volcanes, es para Don Guillermo la alegría de otra conquista en su vida. Pero no es esta la única cúspide que alcanzó, pues se coloca en la que se deriva del proceso de creación artística con visión artesanal, y nada lo moverá de ahí porque está apoyado en la importancia histórica de la cultura popular. +
 
 PD: Arturo, el próximo 19 de diciembre hará ocho años que murió Don Guillermo. Yo lo entrevisté precisamente en diciembre pero de 2004, año en que comenté al ayuntamiento la importancia de entregarle la medalla Joaquín Rea, pero no se le dio importancia y la entrega de esa condecoración fue declarada desierta. Te comento que la idea de hablar con él fue porque Carlos Tapia me dijo que Don Guillermo estaba un tanto desahuciado y quería que desarrollara el tema de su afición por el ciclismo y darlo a conocer como el destacado deportista que fue en su juventud, pero la historia, como puedes ver, cobró otro rumbo en cuanto lo tuve frente a mí, haciendo lo que de manera excelente hizo toda su vida.
 

3 comentarios:

  1. ESTIMADISIMO TOCAYO, TE AGRADEZCO INFINITAMENTE ESTE DETALLE PARA CON MI PERSONA Y COMO SIEMPRE UNA LECTURA EXCELENTE, SALUDOS!!

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  2. ESTA PADRE LA HISTORIA Y LO QUE SIEMPRE HE DICHO ATLIXCO ESTA PARA DAR MÁS EN INDUSTRIA MAS CRECIMIENTO PORQUE TENEMOS A LA GENTE IDÓNEA FALTA APOYARNOS Y NO TROPEZARNOS UNOS A OTROS. HECTOR UN ABRAZO TE DESEO LO MEJOR.

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  3. Muchas gracias por la historia por fin conozco algo de mi bisabuelo y tatarabuelo

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